miércoles, 2 de marzo de 2011

Oblomov








"Cierta mañana, Ilia Illich Oblomov se encontraba tumbado en la cama, en su piso de la calle Gorojavaia. En aquella casa habitaban tantas personas como en una pequeña ciudad provinciana. Se trataba de un hombre de treinta y dos a treinta y tres años, de estatura media y agradable aspecto. Sus ojos, de un gris oscuro, vagaban con expresión abstraída de las paredes al techo y del techo a las paredes, como si estuvieran sumido en un vago ensueño indicador de que nada le turbaba ni inquietaba por el momento. Toda su actitud, igual que los pliegues de su bata, denotaban idéntica beatitud que su rostro. En ocasiones cruzaba por sus ojos algo semejante a una sombra de fatiga o de aburrimiento, pero esto no era bastante para anular la plácida expresión que podía percibirse en todo momento tanto en su rostro como en toda su persona. Sus ojos, la sonrisa de sus labios, todos los movimientos de su cabeza y sus mismas manos delataban un alma serena, noble y cándida. Un observador frío y superficial, seguramente hubiera dicho: "¡O se trata de un pobre espíritu o de un buenazo!" Pero una persona más penetrante y de mirada más profunda, sin duda se hubiera detenido más en la contemplación y al cabo habría sonreído con expresión de titubeo.
Era difícil precisar  de qué color era la tez de Ilia Illich, si rosada o morena. Pero tampoco era pálida, sino más bien de un tono indefinido o, por lo menos, así lo parecía debido a una cierta vejez prematura que se echaba de ver en los músculos de su rostro, poco frecuente para su edad, y que tal vez era debida a la falta de aire puro y de ejercicio, o bien por alguna otra razón. Lo delgado y blanco de su cuello, sus manos pequeñas y regordetas y sus hombros redondos, producían una leve sensación de afeminamiento. Las maneras del joven eran mesuradas y suaves y en ellas se echaba de ver una especie de pereza o languidez no exenta de gracia, aun en los momentos en que Oblomov parecía estar preocupado por alguna cosa. Cuando sucedía esto, se le empañaban los ojos, su frente era surcada por numerosas arrugas y una mezcla de vacilación , melancolía y temor aparecían en su rostro. Pero muy raras veces se concentraba su inquietud en una idea determinada y, mucho más raro aún, le impulsaba a tomar una decisión cualquiera. Por lo común, se expansionaba dejando escapar un suspiro y luego enterraba su inquietud en la apatía y en la somnolencia.
El atavío de Oblomov guardaba perfecta consonancia con sus apacibles facciones y su cuerpo sin nervio. Llevaba puesta una bata persa, una auténtica bata oriental sin la menor influencia europea, sin borlas, terciopelo ni cinturón, y tan amplia que hubiera podido envolverse en ella dos veces. Las mangas de la bata, de perfecto corte asiático, se ensanchaban a partir de las muñecas hasta llegar a los hombros. Aunque, con el uso, la bata había perdido parte de su aspecto primitivo y en algunos lados tenía lustre, seguía conservando su brillante colorido oriental y la tela continuaba siendo tan sólida como cuando fue adquirida.
Aquella bata poseía para Oblomov una serie de cualidades a cuál más valiosa. Era suave y de adaptaba por completo al cuerpo, sometiéndose a cualquier movimiento del mismo como una dócil esclava.
Oblomov no llevaba jamás en casa corbata o chaleco, pues por encima de todo le gustaba la comodidad y las prendas holgadas. Calzaba unas zapatillas grandes, suaves y amplias, que le permitían, cuando se levantaba de la cama, meter los pies en ellas sin necesidad de tener que mirar al suelo.
Permanecer en el techo no era para Ilia Illich una necesidad como, por ejemplo, lo es para el hombre que se encuentra enfermo o tiene sueño, ni tan siquiera una necesidad momentánea como para el hombre fatigado; ni siquiera representaba un placer como para los perezosos. Sencillamente, estar echado era su posición normal. Cuando se hallaba en casa -y hay que decir que siempre estaba en ella-, invariablemente se le podía encontrar tumbado en la misma habitación, en la misma en que le hemos sorprendido ahora, y la cual le servía a la vez de alcoba, despacho y sala de visitas. Disponía de otras tres habitaciones en la casa, pero apenas si alguna que otra vez les echaba un vistazo cuando su criado procedía a limpiar el despacho, lo cual no sucedía ni mucho menos todos los días. En tales habitaciones los muebles estaban cubiertos con fundas y las cortinas corridas permanentemente."

Iván A. Goncharov, Oblomov.



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