miércoles, 30 de marzo de 2011

Hilos





Permanece —¿permanecer?— la carne
herida. Hay cicatriz.

Y la mente —¿la mente?— herida.
¿Herida? No, no hay herida. Si
la hubiese habría sangre. Hay
cicatriz. Tampoco.
Si hubiese cicatriz, sería
evidente. No siempre se ven, dicen.
Ciertas palabras se utilizan
en vez de otras, dicen. Cuando
no hay palabras suficientes.
Mejor cuando no hay
cosa.

La mente acusa sentimientos:
segrega. Hila. La mente, no. No hay.
Sólo hay hilo. Saliva.

La boca seca. No hay saliva. ¿No
la hay? Un hilo forma imagen. La
imagen de un cuerpo. Blanco. Como
todos los que han muerto. No lo he
visto. He visto otros. A ése, no. Pero
forma imagen. El hilo. Algo segrega.

Hambre. Algo dice
hambre. La sacia. ¿Frío?
Algo recuerda la palabra
frío. No la siente. La obvia.

Habrá que levantarse. Aunque sin
saber para qué. Sin saber
tampoco para qué el para qué.
Levantarse y dar vueltas en esta
habitación. O también, cambiar de ha-
bitación. Pero no. Mas seguro es
quedarse aquí, tecleando. Un teclado
es algo conocido. Tienen un
sonido peculiar, las teclas,
cuando se las pulsa.
Quedar en lo reconocible.
—¿Quedar?—Permanecer. Ya dije
permanecer. Ya pregunté. 
Quedar es permanecer
por más tiempo.
Siempre se puede partir.
Partir es dar pasos fuera.
Fuera de la habitación.
De la mente, no. —¿Mente?—
Ya pregunté. Y no hay. Hay hilo.

Partir es dar pasos
fuera de la habitación
con el hilo. El mismo hilo.
La palabra silencio dentro.
Dentro de uno —¿uno?


 Chantal Maillard



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