
“-¿Le gustan a usted las canciones de la calle? -preguntó de súbito Raskólnikov, dirigiéndose a un viandante, un hombre ya maduro, que había estado escuchando a su lado y tenía el aspecto de mirón desocupado.
El hombre le contempló de manera extraña, muy sorprendido.
-A mi me gustan -prosiguió Raskólnikov, pero como si no se refiriera a las canciones de la calle-; me gusta oir cantar al son del organillo en un atardecer frío, oscuro y húmedo de otoño. Ha de ser húmedo, cuando toda la gente de la calle tiene cara de enfermo, palida y verdosa; o mejor aún, cuando cae nieve mojada, completamente vertical, sin que sople el viento, ¿sabe?, y a través de la nieve brillan las farolas de gas…
-No sé… Usted perdone… -tartamudeó el viandante, asustado tanto por la pregunta como por el aspecto de Raskólnikov, y pasó al otro lado de la calle.”
Fedor Dostoyevski, Crimen y castigo
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