martes, 11 de enero de 2011

Entre la vida y yo hay un vidrio tenue




Todo me cansa, hasta lo que no me cansa.
Mi alegría es tan dolorosa como mi dolor.
Quién me diera ser un niño poniendo barcos de papel
en un estanque de la quinta, con un dosel rústico
de redes de parral poniendo ajedreces de luz y sombra verde
en los reflejos sombríos de la poca agua.
Entre la vida y yo hay un vidrio tenue.
Por más nítidamente que yo vea y comprenda la vida, no la puedo tocar.
¿Razonar mi tristeza? ¿Para qué, si el raciocinio es un esfuerzo?
Y quien está triste no puede esforzarse.
Ni siquiera abdico de aquellos gestos banales de la vida
de los que yo tanto querría abdicar.
Abdicar es un esfuerzo, y yo no poseo el alma con que esforzarme.
¡Cuántas veces me aflige no ser el accionador de aquel coche,
el conductor de aquel tren! ¡Cualquier banal otro supuesto
cuya vida, por no ser mía, deliciosamente me penetra
para que yo la quiera y se me finge ajena!
Yo no tendría el horror a la vida como a una Cosa.
La noción de la vida como un Todo no me aplastaría los hombros del pensamiento.
Mis sueños son un refugio estúpido, como un paraguas contra un rayo.
Soy tan inerte, tan pobrecito, tan falto de gestos y de actos...
Por más que por mí me interne, todos los atajos de mi sueño
van a dar a claridades de angustia.
Incluso yo, el que sueña tanto, tengo intervalos en los que el sueño me huye.
Entonces las cosas me parecen nítidas.
Se desvanece la neblina en la que me cerco.
Y todas las aristas visibles hieren la carne de mi alma.
Todas las durezas miradas me duele saberlas durezas.
Todos los pesos visibles de objetos me pesan por dentro del alma.
La (mi) vida es como si me golpeasen con ella.

Fernando Pessoa



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