martes, 30 de noviembre de 2010

Quimeras







"Bajo un inmenso cielo gris, sobre una inmensa polvorienta llanura sin caminos, sin hierba, sin siquiera un cardo o una ortiga, me encontré con unos hombres que caminaban encorvados.
Cada uno de ellos cargaba sobre la espalda una enorme Quimera, tan pesada como un saco de harina o de carbón o como la impedimenta de un soldado romano.
Pero la bestia monstruosa no era ningún peso inerte; al contrario, envolvía y oprimía al hombre con sus músculos elásticos y poderosos; se aferraba al pecho de su montura con dos grandes garras; y su cabeza fabulosa se levantaba por encima de la cabeza del hombre como uno de esos horribles cascos con que los antiguos guerreros esperaban contribuir al terror de sus enemigos.
Le pregunté a uno de estos hombres adónde iban cargados de este modo. Respondió que él no lo sabía ni ninguno de sus compañeros, pero que sin duda iban a algún lugar porque les impulsaba una necesidad invencible de seguir adelante.
Si algo me sorprendió fue que ninguno de estos viajeros parecía irritado por la feroz bestia colgada de su cuello y pegada a su espalda; uno diría que las consideraban parte ellos mismos. Ninguno de aquellos rostros cansados y serios mostraba el menor signo de desesperación; bajo la sombría bóveda del cielo, con los pies hundidos en el polvo de una tierra tan desolada como el cielo, aquellos hombres seguían adelante con el gesto resignado de los condenados a mantener siempre la esperanza.
Y el cortejo pasó junto a mí y desapareció en la atmósfera del horizonte, donde la redondeada superficie del planeta se oculta a la curiosidad de la mirada humana.
Y por algunos momentos seguí tratando de comprender este misterio; pero pronto una irresistible Indiferencia descendió sobre mí,  y me sentí más abrumado aún que ellos bajo el peso terrible de sus Quimeras."

Charles Baudelaire, Chacun sa chimére.


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