viernes, 1 de octubre de 2010

No sé, no puedo, no quiero, ya veremos









"Las maneras de este hombre eran muy sencillas. Hablaba poco. Generalmente expresaba sus ideas con frases cortas y sentenciosas dichas en voz baja. Desde la Revolución, que era la época en que empezó a atraer las miradas de todos, tartamudeaba de un modo fatigoso en cuanto tenía que hablar largo rato o sostener una discusión. Este atropellamiento en el hablar, la incoherencia de sus palabras, la excesiva abundancia de términos en que ahogaba su pensamiento, su aparente falta de lógica, atribuidos a defecto de educación, eran afectados, y quedarán suficientemente explicados por ciertos acontecimientos de esta historia. Por otra parte, cuatro frases, exactas como formulas algebraicas, le servían habitualmente para abarcar y resolver todas la dificultades de la vida y del comercio: “No sé, no puedo, no quiero, ya veremos”.
Nunca decía sí o no, ni escribía nada. Si se le hablaba, escuchaba fríamente, se cogía la barbilla con la mano derecha mientras apoyaba el codo derecho sobre el revés de la mano izquierda, y ser formaba sobre toda cuestión opiniones de las que nadie le podía sacar. Y cuando, tras una pormenorizada conversación, su adversario le había confiado el secreto de sus pretensiones creyendo que le había convencido, entonces él le respondía:
-No puedo decidir nada sin haber consultado con mi mujer.
Su mujer, a quien él había reducido a un ilotismo completo, era en cuestiones de negocios su escudo más cómodo. No iba nunca a casa de nadie, no quería ni invitar a comer él ni que le inviara; no hacía nunca ruido, parecía economizarlo todo, hasta el movimiento. Jamás molestaba a los demás por su constante respeto a la propiedad.”

Honoré de Balzac, Eugénine Grandet.



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