jueves, 9 de septiembre de 2010

Informe para una academia








Excelentísimos señores académicos:

 Me habéis hecho el honor de pedirme que presente a la Academia un informe sobre mi simiesca vida anterior.
 Lamento no poder complaceros por completo, pues casi cinco años me separan ya de la simiedad. Ese período, breve quizá si se lo mide por el calendario, es interminablemente largo cuando, como yo, se ha recorrido al galope, acompañado a trechos por gente importante, consejos, aplausos y música orquestal; pero en realidad solo, pues todo ese acompañamiento estaba –para seguir con la misma imagen– del otro lado de la barrera. Si me hubiera aferrado obstinadamente a mis orígenes, a mis recuerdos de juventud, me hubiera sido imposible conseguir lo que he conseguido. La disciplina estricta que me impuse consistió precisamente en no permitirme ser obstinado. Yo, mono libre, acepté ese yugo; pero por eso mismo los recuerdos se me fueron borrando cada vez más. Si bien, de haberlo querido los hombres, yo hubiera podido retornar libremente, al principio, por la inmensa puerta que el cielo forma sobre la tierra, ésta fue estrechándose más y más a medida que mi evolución avanzaba como a golpes de látigo; cuanto más recluido, mejor me sentía en el mundo de los hombres; la borrasca que, procedente de mi pasado, soplaba tras de mí, se ha ido calmando: hoy es tan sólo una brisa que me refresca los talones. Y el lejano agujero a través del cual ésta me llega, y por el cual llegué yo un día, se ha achicado tanto que, de tener fuerza y voluntad suficientes para volver corriendo hasta él, me desollaría vivo si quisiera atravesarlo. Hablando con franqueza –por más que me agrade hablar de estas cosas en sentido metafórico– os digo: vuestra simiedad, señores míos, en la medida en que tuvierais algo semejante en vuestro pasado, no podría estar más lejos de vosotros que lo que de mí está la mía. Sin embargo, le cosquillea los talones a todo aquel que pisó la tierra, tanto al pequeño chimpancé como al gran Aquiles.
 De todos modos, y aunque con muchas limitaciones, tal vez pueda contestar parcialmente vuestra pregunta, cosa que por lo demás haré con sumo placer. Lo primero que aprendí fue a estrechar la mano en señal de solemne acuerdo. Estrecharla mano es un gesto de franqueza. Puedo hoy, en la cúspide de mi carrera, agregar el uso de la palabra a ese primer apretón de manos. Mis palabras no aportarán a la Academia nada esencialmente nuevo, y quedaré muy por debajo de lo que se me pide, que ni con la mejor voluntad puede expresar. De todos modos, en este informe describiré el camino por el cual alguien que fue mono ingresó en el mundo de los humanos y se instaló firmemente en él. Quede claro, además, que ni las menudencias siguientes podría contaros si no estuviese totalmente convencido de mí mismo y si mi posición no se hubiese reafirmado de la forma más sólida en todos los grandes music-halls del mundo civilizado.
Soy oriundo de la Costa de Oro. Para saber cómo fui capturado dependo de informes ajenos. Una expedición de caza de la firma Hagenbeck –con cuyo jefe, por cierto, he vaciado luego no pocas botellas de vino tinto– estaba al acecho, emboscada en los matorrales de la orilla del río, cuando junto con numerosos congéneres corrí una tarde hacia el abrevadero. Dispararon, y yo fui el único que cayó herido, alcanzado por dos tiros.
Uno me dio en la mejilla. La herida fue leve, pero dejó una gran cicatriz pelada y roja, que me valió el nombre repugnante, totalmente inexacto y qué podía haber sido inventado por un mono, de Peter el Rojo, como si sólo esa mancha roja en la mejilla me diferenciara de aquel simio amaestrado llamado Peter, muerto hace poco, cuya reputación era, dicho sea de paso, únicamente local.
El segundo tiro me alcanzó debajo de la cadera. Fue una herida grave, y por su culpa aún hoy renqueo un poco. No hace mucho leí en un artículo escrito por alguna de esas sabandijas que arremeten contra mí desde los periódicos, que mi naturaleza simiesca no ha sido reprimida del todo, y como prueba de ello alega que cuando recibo visitas me bajo los pantalones para mostrar la señal dejada por la bala. A ese sinvergüenza deberían arrancarle a tiros, uno por uno, cada dedo de la mano con que escribe. Yo puedo quitarme los pantalones ante quien me dé la gana: nada verán sino un pelaje cuidado y la cicatriz dejada por él –utilizaré un término preciso y que no se preste a equívocos– injurioso disparo. Todo está a la luz del día: no hay nada que ocultar. Tratándose de la verdad, toda persona generosa deja a un lado los modales. En cambio, distinto sería si el escritorzuelo en cuestión se quitase los pantalones al recibir visitas. Doy fe de su sensatez admitiendo que no lo hace, ¡pero que no me fastidie más con sus gazmoñerías!
Tras dichos disparos desperté –y aquí comienzan a surgir lentamente mis propios recuerdos– en una jaula, en el entrepuente del barco de Hagenbeck. No era una jaula con rejas a los cuatro costados, eran más bien tres rejas clavadas a un cajón. El cuarto lado formaba, pues, parte del cajón mismo. El lugar era demasiado bajo para estar de pie en él y demasiado estrecho para estar sentado. Por eso me acurrucaba doblando las rodillas, que me temblaban sin cesar. Como probablemente no quería ver a nadie, prefería permanecer en la oscuridad: me volvía hacia el lado de las tablas y dejaba que los barrotes de hierro se me incrustaran en el lomo. Dicen que es conveniente enjaular así a los animales salvajes en los primeros tiempos de cautiverio, y hoy, según mi experiencia, no puedo negar que, desde el punto de vista humano, es cierto.
 Pero entonces no pensaba en todo esto. Por primera vez en mi vida me encontraba sin salida. Directamente ante mí estaba el cajón con sus tablas sólidamente ensambladas. Había, sin embargo, una rendija entre las tablas. Acogí este descubrimiento con el aullido dichoso de la ignorancia. Pero esa rendija era tan estrecha que no podía ni sacar la cola por ella, y ni con toda mi fuerza simiesca me era posible ensancharla.
Como después me contaron, debí de resultar excepcionalmente silencioso, y por ello dedujeron que o moriría pronto o, de sobrevivir a la crisis de los primeros tiempos, sería luego muy apto para el amaestramiento. Sobreviví. Mis primeras ocupaciones en la nueva vida fueron sollozar sordamente, espulgarme hasta el dolor, lamer hasta el hastío un coco, golpearme la cabeza contra las tablas del cajón y enseñar los dientes cuando alguien se acercaba. Y en medio de todo, una sola idea: no hay salida. Naturalmente, hoy sólo puedo transcribir lo que entonces sentía como mono con palabras humanas, y por eso mismo lo desvirtúo. Pero aunque ya no pueda captar la vieja verdad simiesca, no cabe duda de que subyace en el sentido de mi descripción.
Hasta entonces había tenido un sinfín de salidas, y ya no me quedaba ninguna. Estaba encallado. Si me hubieran clavado, no hubiera disminuido por ello mi libertad de acción. ¿Por qué? Aunque te rasques hasta hacer sangrar el pellejo entre los dedos de los pies, no encontrarás respuesta. Aunque te aprietes la espalda contra los barrotes de la jaula hasta que casi se parta en dos, no encontrarás respuesta. No tenía salida, pero tenía que encontrar una: sin ella no podía vivir. Siempre contra esa pared, hubiera acabado reventado. Pero como en el circo Hagenbeck a los monos les toca estar encajonados, pues bien, dejé de ser mono. Fue una asociación de ideas clara y hermosa que debió, en cierto modo, ocurrírseme en la barriga, ya que los monos piensan con la barriga.
Temo que no comprendan bien lo que yo entiendo por «salida». Empleo la palabra en su sentido más literal y común. Deliberadamente no digo libertad. No hablo de esa gran sensación de libertad en todos los planos. De mono probablemente la conocí y he visto hombres que la añoran. En lo que a mí se refiere, ni entonces ni ahora pedí libertad. Con la libertad, dicho sea de paso, uno se engaña a menudo entre los hombres, ya que si el sentimiento de libertad es uno de los más sublimes, igualmente sublimes son los correspondientes engaños. En los teatros de variedades, antes de salir a escena, solía ver parejas de artistas evolucionando en los trapecios, muy alto, junto al techo. Se lanzaban, se columpiaban, saltaban, volaban el uno a los brazos del Otro, se llevaban el uno al otro sujetos del pelo con los dientes. «También esto –pensé– es libertad para el hombre: ¡el movimiento soberano!» ¡Oh escarnio de la Naturaleza! Ningún edificio quedaría en pie bajo las carcajadas que semejante espectáculo provocaría entre la simiedad.
 No, yo no quería libertad. Quería únicamente una salida: a derecha, a izquierda, a donde fuera. No pretendía más. Aunque la salida fuese tan sólo un engaño: como la pretensión era pequeña, el engaño no sería mayor. ¡Avanzar, avanzar! Con tal de no detenerse con los brazos en alto, apretados contra las tablas de un cajón.
Hoy lo veo claro: si no hubiera tenido una gran tranquilidad interior, no hubiera podido escapar jamás. En realidad, todo lo que he llegado a ser se lo debo posiblemente a esa gran tranquilidad que me invadió, en los primeros días de cautiverio en el barco. Y, a su vez, debo esa tranquilidad a la tripulación.
 Era buena gente, a pesar de todo. Hoy recuerdo todavía con placer el fuerte sonido de sus pasos, que oía en medio de mi sopor. Solían hacerlo todo con gran lentitud. Si alguno necesitaba frotarse los ojos, levantaba la mano como un peso muerto. Sus bromas eran groseras, pero cordiales. A sus risas se mezclaba siempre una tos que, aunque sonaba peligrosa, no significaba nada. Tenían continuamente en la boca algo que escupir y les daba igual dónde lo escupían. Se quejaban siempre de que mis pulgas les saltaban encima, pero nunca llegaron a enfadarse conmigo por esa razón; sabían que las pulgas se multiplicaban en mi pelaje y que son saltarinas. Con esto se daban por satisfechos. Cuando no tenían trabajo algunos de ellos se sentaban a veces en semicírculo frente a mí, hablándose apenas, gruñéndose el uno al otro, fumando en pipa tendidos sobre los cajones, palmeándose la rodilla a mi menor movimiento, y alguno, de vez en cuando, cogía una varita y con ella me hacía cosquillas donde me gustaba. Si me invitaran hoy a realizar un viaje en ese barco, declinaría la invitación; pero he de admitir que los recuerdos que en el entrepuente me asaltarían no serían todos desagradables.
La tranquilidad que obtuve en medio de aquella gente me preservó, ante todo, de cualquier intento de fuga. Creo que ya entonces presentía que, para seguir viviendo, tenía que encontrar una salida, pero que dicha salida no la hallaría en la fuga. No sé ahora si la fuga era posible, pero creo que sí: un mono siempre puede fugarse. Con mis dientes actuales he de tener cuidado incluso para cascar una nuez, pero entonces, poco a poco, hubiera podido roer de parte a parte el cerrojo de la puerta. No lo hice. ¿Qué hubiera ganado con ello? Apenas hubiese asomado la cabeza, me hubieran cazado de nuevo y encerrado en una jaula peor; o bien hubiera podido huir hacia los otros animales, hacia las serpientes gigantes, por ejemplo, que estaban frente a mí, para exhalar en su abrazo el último suspiro; o, de haber logrado llegar hasta el puente superior y saltar sobre la borda, tras mecerme unos instantes sobre las olas me habría ahogado. Actos suicidas todos ellos. No razonaba tan humanamente entonces, pero bajo la influencia de mi medio ambiente actué como si hubiese razonado.
No razonaba, pero observaba con toda tranquilidad a aquellos hombres que veía ir y venir. Siempre las mismas caras, los mismos gestos; a menudo me parecían un único hombre. Pero ese hombre, o esos hombres, se movían sin trabas. Un alto designio comenzó a tomar forma en mí. Nadie me prometía que, de llegar a ser como ellos, mi jaula sería abierta. No se hacen tales promesas para esperanzas que parecen inalcanzables; pero si se alcanzan, aparecen esas promesas después, justamente allí donde antes se las había buscado en vano. Ahora bien, nada había en aquellos hombres que de por sí me atrajera especialmente. Si fuera partidario de esa libertad a la que antes aludía, hubiera preferido sin duda el océano a esa salida que veía reflejarse en la turbia mirada de aquellos hombres. Había venido observándolos en todas sus actitudes, ya mucho antes de haber pensado en estas cosas, y, desde luego, sólo estas observaciones acumuladas me empujaron en aquella dirección.
 ¡Era tan fácil imitar a la gente! Escupir pude ya en los primeros días. Nos escupíamos entonces mutuamente a la cara, con la diferencia de que yo me lamía luego hasta dejarla limpia y ellos no. Pronto fumé en pipa como un viejo, y cuando metía el pulgar en la cazoleta, se desternillaban de risa. Pero durante mucho tiempo no noté diferencia alguna entre la pipa cargada y la vacía.
Nada me dio tanto trabajo como la botella de aguardiente. Me torturaba el olor y, a pesar de mi buena voluntad, pasaron semanas antes de que lograra vencer esa repugnancia. Lo increíble es que la tripulación tomó más en serio esas luchas interiores que cualquier otra cosa mía. En mis recuerdos tampoco diferencio a esa gente, pero había uno que venía siempre, solo o acompañado, de día, de noche, a las horas más diversas, y, deteniéndose ante mí con la botella vacía, me daba lecciones. No me comprendía; quería descifrar el enigma de mi naturaleza. Descorchaba lentamente la botella, luego me miraba para saber si yo había comprendido. Confieso que yo le miraba siempre con una atención tensa y frenética. Ningún maestro de hombre encontrará en el mundo entero mejor aprendiz de hombre. Cuando había descorchado la botella, se la llevaba a la boca; yo la seguía con la mirada. Asentía satisfecho y posaba la botella en sus labios. Yo, entusiasmado con mi paulatina comprensión, chillaba, rascándome frenéticamente. Él, contento, empinaba la botella y bebía un trago. Yo, impaciente y desesperado por emularlo, me ensuciaba en la jaula, lo que le divertía enormemente. Después apartaba de sí la botella con gesto teatral y volvía a acercarla a sus labios, y luego, exageradamente echado hacia atrás, la vaciaba de un trago. Yo, extenuado por el intenso deseo, permanecía colgado débilmente de la reja, mientras él, dando con esto por terminada la lección teórica, se frotaba la barriga sonriendo satisfecho.
Sólo entonces comenzaba la clase práctica. ¿No me había dejado ya la teórica totalmente extenuado? Sí, totalmente extenuado; pero a pesar de ello cogía la botella lo mejor que podía; la descorchaba temblando; el lograrlo me iba dando nuevas fuerzas; levantaba la botella de manera casi idéntica a la de mi maestro; la posaba en los labios y... la tiraba al suelo con asco; con asco, aunque estaba vacía y sólo el olor la llenaba. Para dolor de mi maestro y para mayor dolor mío; ni a él ni a mí mismo nos resarcía de ello el hecho de que, después de arrojar la botella, no me olvidara de frotarme la barriga, ostentando al mismo tiempo una amplia sonrisa.
Así transcurría la lección con demasiada frecuencia, y en honor de mi maestro quiero hacer constar que nunca se enfadaba conmigo, pero sí que, a veces, con la pipa encendida me tocaba el pelaje hasta que comenzaba a arder lentamente, en algún punto que yo difícilmente alcanzaba; entonces lo apagaba él mismo con su mano enorme y bondadosa. No se enfadaba conmigo, pues reconocía que ambos luchábamos en el mismo bando, contra mi naturaleza simiesca, y que era yo quien llevaba la peor parte.
A pesar de ello, qué triunfo luego, tanto para él como para mí, cuándo cierta noche, ante gran número de espectadores –quizá estaban de fiesta: sonaba un fonógrafo, un oficial circulaba entre los tripulantes–, sin que nadie lo advirtiese cogí una botella de aguardiente que alguien descuidadamente había olvidado junto a mi jaula y, ante el creciente asombro de los presentes, la descorché con toda corrección, me la llevé a los labios y, sin vacilar, sin muecas, como un bebedor empedernido, con los ojos desorbitados y el gaznate palpitante, la vacié de un trago. Tiré la botella, no ya como un desesperado, sino como un artista; pero me olvidé, eso sí, de frotarme la barriga. En cambio, porque no podía hacer otra cosa, porque algo me empujaba a ello, porque mi mente bullía, rompí a gritar: «¡Hola!», con voz humana. Ese grito me hizo entrar de un salto en la comunidad de los hombres, y su eco: «¡Habla!», lo sentí como un beso en mi cuerpo chorreante de sudor. Insisto en que no me seducía imitar a los hombres; los imitaba porque buscaba una salida; por ningún otro motivo. Con ese triunfo, por otra parte, poco había conseguido, pues inmediatamente la voz me falló de nuevo. Sólo pasados unos meses volví a recuperarla. La repugnancia hacia la botella de aguardiente reapareció con más fuerza aún, pero sin duda alguna había encontrado yo de una vez por todas mi camino.
 Cuando en Hamburgo me entregaron al primer amaestrador, en seguida me di cuenta de que ante mí se abrían dos posibilidades: el zoo o el music-hall. No vacilé. Me dije: «Pon todo tu empeño en entrar en el music-hall: ésa es la salida. El zoo no es más que otra jaula; quien entra allí está perdido.»
 Y aprendí, señores míos. ¡Cuando hay que aprender se aprende; se aprende cuando se trata de encontrar una salida! ¡Se aprende sin piedad! Se vigila uno a sí mismo látigo en mano, fustigándose a la menor vacilación. La naturaleza simiesca salió con furia de mí, se alejó de mí dando volteretas, y por ello mi primer maestro casi se volvió mono y tuvo que abandonar las lecciones para ser internado en un sanatorio. Afortunadamente, pronto salió de allí.
Agoté a muchos maestros. Sí, hasta a varios a la vez. Cuando estuve ya más seguro de mi capacidad, cuando el público siguió mis progresos, cuando mi futuro comenzó a sonreírme, yo mismo elegí mis profesores. Los hice sentar en cinco habitaciones sucesivas y aprendí con todos a la vez, saltando sin interrupción de un cuarto a otro.
 ¡Qué progresos! ¡Qué irrupción, desde todos los ángulos, de los rayos del conocimiento en el cerebro que despierta! ¿Por qué negarlo? Esto me hacía dichoso. Pero tampoco puedo negar que no lo sobrevaloraba, ya entonces, ¡y cuánto menos lo sobrevaloro ahora! Con un esfuerzo que hasta hoy no ha vuelto a repetirse, logré tener la cultura media de un europeo. Esto en sí mismo carece de valor, pero es algo, sin embargo, en la medida en que me ayudó a dejar la jaula y a encontrar esta salida especial, esta salida humana. Hay una acertada expresión alemana: «Escurrirse entre los matorrales». Esto fue lo que yo hice: me escurrí entre los matorrales. No me quedaba otro camino, por supuesto, pues siempre supe que no había que elegir la libertad.
Si de una ojeada examino mi evolución y lo que fue su objetivo hasta ahora, ni me lamento de ella, ni me doy por satisfecho. Con las manos en los bolsillos del pantalón, con la botella de vino sobre la mesa, recostado o sentado a medias en la mecedora, miro por la ventana. Si llegan visitas, las recibo debidamente. Mi empresario está sentado en la antecámara; si toco el timbre, acude y escucha lo que tengo que decirle. De noche casi siempre hay función, y obtengo éxitos difícilmente superables. Y si al salir de los banquetes, de las sociedades científicas o de las gratas reuniones entre amigos, llego a casa a horas avanzadas, allí me espera una pequeña y semiamaestrada chimpancé, con quien, a la manera simiesca, lo paso muy bien. De día no quiero verla, pues tiene en la mirada esa locura típica del animal perturbado por el amaestramiento; algo que sólo yo noto, y que no puedo soportar.
En resumen, y a pesar de todo, he logrado lo que me había propuesto. Y no se crea que el esfuerzo no valía la pena. Por lo demás, no es la opinión de los hombres lo que me interesa; yo sólo quiero difundir conocimientos, sólo estoy informando. También a ustedes, excelentísimos señores académicos, me he limitado a informarles.

Franz Kafka, La metamorfosis y otros relatos (Pdf)



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