sábado, 4 de septiembre de 2010

Algunos encuentros con Beckett






"Para adivinar a ese hombre separado que es Beckett, habría que insistir en la expresión "mantenerse apartado", divisa tácita de todos sus instantes, en la soledad y pertinacia subterránea que ella supone, en la esencia de un ser fuera de todo que prosigue un trabajo implacable y sin fin. El budismo dice de quien busca la iluminación, que debe obstinarse tanto como "el ratón que roe un féretro". El verdadero escritor realiza un esfuerzo semejante. Es un destructor que aumenta la existencia, que la enriquece minándola.

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"El tiempo que debemos pasar en la tierra es demasiado corto para que podamos ocuparnos de algo más que de nosotros mismos". Estas palabras de un poeta se aplica a todo aquel que rechace lo extrínseco, lo accidental, lo otro. Beckett o el arte inigualado de ser uno mismo. Sin embargo, ningún orgullo aparente en él, ningún estigma inherente a la conciencia de ser único: si la palabra urbanidad no existiese habría que inventarla para él. Cosa apenas verosímil e incluso monstruosa: no habla mal de nadie, ignora la función higiénica de la malevolencia, sus virtudes saludables, su calidad de purgativo. Nunca le he oído vituperar a nadie, amigo o enemigo. Es ésa una forma de superioridad por la que le compadezco y a causa de la cual debe inconscientemente sufrir. Si a mí me impidieran maldecir a la gente, ¡qué trastornos y tormentos, qué complicaciones en perspectiva!.

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No vive en el tiempo sino paralelamente al tiempo. Por eso nunca se me ha ocurrido preguntarle lo que pensaba de algún acontecimiento particular. Es uno de esos seres que permiten concebir la historia como una dimensión de la cual el hombre puede prescindir.

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Si fuese como sus personajes, si no hubiese conocido el menor éxito, sería exactamente el mismo. Da la impresión de no desear en absoluto afirmarse, de ser tan ajeno a la idea de triunfo como a la de fracaso. "Qué difícil es descifrarle, qué personaje...", me digo cada vez que pienso en él. En el caso improbable de que no escondiese ningún secreto, seguiría pareciéndome Impenetrable.
Yo procedo de un rincón de Europa donde los excesos, la confusión, la confidencia, la confesión inmediata, no solicitada, impúdica, son de rigor, donde se sabe todo de todos, donde la vida social se reduce a un confesionario público, donde el secreto precisamente es inimaginable y la locuacidad raya en el delirio.
Ello bastaría para explicar por qué he sufrido la fascinación de este hombre sobrenaturalmente discreto.

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Pero la urbanidad no excluye la exasperación. Durante una cena en casa de unos amigos, acuciado por preguntas inútilmente técnicas sobre su persona y su obra, se refugió en un mutismo completo y acabó volviéndonos la espalda, o casi. Antes de que la cena acabase, se levantó de repente y se fue, concentrado y sombrío, como se puede estarlo antes de una operación o de un apaleamiento.

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El text francés Sans se titula en ingles Lessness, vocablo creado por Beckett, al igual que su equivalente alemán Losigkeit.
La palabra Lessness (tan insondable como el Ungrud  de Boehme) me hechizó de tal manera que una noche le dije a Beckett que no me acostaría sin haberle encontrado un equivalente honorable en francés... Habíamos estado examinando todas las formas posibles sugeridas por sans y moindre. Ninguna nos había parecido acercarse al inagotable Lessness, mezcla de privación y de infinito, vacuidad sinónimo de apoteosis. Nos separamos aquella noche decepcionados. Yo continué en casa dándole vueltas al probre sans. Justo cuando me disponía a capitular se me ocurrió buscar en dirección del término latino sine. Al día siguiente escribía a Beckett que sinéité me parecía la palabra buscada. Me respondió que también el había pensado en ella, quizás en el mismo momento que yo. Sin embargo, debimos reconocer que nuestro hallazgo no era tal. Decidimos abandonar la búsqueda, concluyendo que no había sustantivo en francés capaz de expresar la ausencia de sí mismo, la ausencia en estado puro, y que había que resignarse a la miseria metafísica de una preposición.

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Con los escritores que no tienen nada que decir, que no poseen un mundo propio, sólo se habla de literatura. Con él raramente, de hecho casi nunca. Cualquier tema cotidiano (dificultades materiales, problemas de todo tipo) le interesa más, en la conversación, por supuesto. En cualquier caso, lo que no tolera son las preguntas como: ¿cree usted que tal obra va a quedar, que este o aquel escritor merece el lugar que ocupa?, ¿quién, de X o Y, sobrevivirá, cuál de los dos es más grande? Las evaluaciones de ese tipo le exasperan y deprimen. "¿A qué viene eso?", me dijo tras una cena particularmente penosa en la que la discusión degeneró en una grotesca versión del juicio final. El evita hablar de sus libros y de sus obras de teatro; no le interesan los obstáculos superados sino los futuros: se identifica totalmente con lo que está escribiendo en cada momento. Si se le pregunta por una de sus obras de teatro, no hablará del fondo, de la significación, sino de la interpretación, de la que imagina hasta los mínimos detalles, cada minuto de la representación, cada segundo casi. No olvidaré fácilmente el brío con el que me explicó un día las exigencias que debe satisfacer la actriz que quiera interpretar Not I, donde una voz jadeante domina sola el espacio y acaba sustituyéndolo. ¡Qué brillo en los ojos cuando veía esa boca ínfima y sin embargo invasora, omnipresente! Parecía estar asistiendo a su última metamorfosis, al supremo hundimiento de Pitia... (...)

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Desde nuestro primer encuentro, comprendí que Beckett había llegado ante lo extremo, que quizás había comenzado por ahí, por lo imposible, por lo excepcional, por el impasse. Y lo admirable en él es que no se ha movido de allí, que, habiendo llegado de entrada ante el muro, persevera con el mismo valor que siempre ha demostrado: ¡la situación límite como punto de partida, el final como advenimiento! De ahí el sentimiento de que su mundo, ese mundo crispado, agonizante, podría continuar indefinidamente, incluso después de que el nuestro desapareciese.
No soy un admirador de la filosofía de Wittgenstein, pero me apasiona el personaje, Todo lo que leo sobre él me conmueve. Más de una vez he encontrado rasgos comunes entre él y Beckett. Dos apariciones misteriosas, dos fenómenos que nos agrada sean tan desconcertantes, tan inescrutables. En los dos la misma distancia respecto a los seres y a las cosas, la misma inflexibilidad, la misma tentación del silencio, de la repudiación final del verbo, la misma voluntad de toparse con fronteras jamás presentidas. En otra época les hubiese fascinado el desierto. Sabemos hoy que Wittgenstein pensó seriamente en entrar en un convento. En cuanto a Beckett, es fácil imaginarlo hace algunos siglos en una celda totalmente desnuda, sin la mínima decoración, ni siquiera un crucifijo. Quien piense que divago recuerde la mirada lejana, enigmática, "inhumana" que tiene en algunas fotos.


E. M. Cioran, Ensayo sobre el pensamiento reaccionario y otros textos.


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