jueves, 26 de agosto de 2010

Un cortejo de ideas triviales.






Es en verdad increíble cuan insignificante y desprovista de interés, viéndola desde afuera, y cuan sorda y obscura, sentida en los adentros, transcurre la vida de la mayor parte de los hombres. No es más que un conjunto de tormentos, de aspiraciones impotentes, la marcha vacilante de un hombre que sueña a través de las cuatro edades de la vida hasta la muerte, con un cortejo de ideas triviales.
Los hombres se parecen a esos relojes a los cuales se les ha dado cuerda y andan sin saber por qué. Cada vez que se engendra un hombre y se le hace venir al mundo, se da cuerda de nuevo al reloj de la vida humana, para que repita una vez más su rancio sonsonete gastado de eterna caja de música, frase por frase, tiempo por tiempo, con variaciones apenas perceptibles.
Cada individuo, cada faz humana, cada vida, no es sino un ensueño más, un efímero ensueño del espíritu infinito de la Naturaleza, de la voluntad de vivir persistente y obstinada. No es sino una imagen fugitiva más, que dibuja al desgaire en su infinita página del espacio y del tiempo, que deja subsistir algunos instantes de una brevedad vertiginosa, y borra en seguida para dejar sitio a otras. Sin embargo (y esto es el aspecto de la vida que más da que pensar y meditar), es preciso que la voluntad de vivir, violenta e impetuosa, pague cada una de esas imágenes fugaces, cada uno de esos vanos caprichos, al precio de profundos dolores sin cuento y de una amarga muerte, largo tiempo temida y que llega al fin. He aquí por qué nos deja de pronto graves el aspecto de un cadáver.

Arthur Schopenhauer, El amor las mujeres y la muerte (Pdf)



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