martes, 17 de agosto de 2010

Nacimos con suerte






"- ¿Cómo te sientes, pez? -preguntó en voz alta-. Yo me siento bien y mi mano izquierda va mejor y tengo comida para una noche y un día. Sigue tirando del bote, pez.
No se sentía realmente bien, porque el dolor que le causaba el sedal en la espalda había rebasado casi el dolor y pasado a un entumecimiento que le parecía sospechoso. "Pero he pasado cosas peores -pensó-. Mi mano sólo está un poco rozada y el calambre ha desaparecido de la otra. Mis piernas están perfectamente. Y además ahora te llevo ventaja en la cuestión del sustento."
Ahora era de noche, pues en septiembre se hace de noche rápidamente después  de la puesta de sol. Se echó contra la madera gastada de la proa y reposó todo lo posible. Habían salido las primeras estrellas. No conocía el nombre de Venus, pero la vio y sabía que pronto estarían todas a la vista y que tendría consigo todas sus amigas lejanas.
-El pez es también mi amigo -dijo en voz alta-. Jamás he visto un pez así, ni he oído hablar de él. Pero tengo que matarlo. Me alegro que no tengamos que tratar de matar a las estrellas.
"Imagínate que cada día tuviera uno que tratar de matar la luna -pensó-. La luna se escapa. Pero ¡imagínate que tuviera uno que tratar diariamente de matar el sol! Nacimos con suerte", pensó.
Luego sintió pena por el gran pez que no tenía nada que comer y si decisión de matarlo no se aflojó por eso un instante. "Podría alimentar a mucha gente -pensó-. Pero ¿serán dignos de comerlo? No, desde luego que no. No hay persona digna de comérselo, a juzgar por su comportamiento y su gran dignidad."
"No comprendo estas cosas -pensó-. Pero es bueno que no tengamos que tratar de matar el sol o la luna o las estrellas. Basta con vivir del mar y matar a nuestros verdaderos hermanos."

Ernest Hemingway, El viejo y el mar (Pdf)..





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