jueves, 15 de julio de 2010

Olvido y memoria










Recuerdo los encuentros que teníamos, veinte años después del bachillerato, los alumnos de mi clase en el colegio: J. se dirigió a mí alegremente:
-Aún te veo decirle al profesor de matemáticas: "¡Señor profesor, váyase a la mierda!".
Ahora bien, siempre me ha repugnado la fonética checa de la palabra "mierda" y estaba absolutamente seguro de no haber dicho eso nunca. Pero todo el mundo a nuestro alrededor se puso a reír, simulando acordarse de mi hermosa proclama. Al comprender que no convencería a nadie con desmentirlo, sonreí con modestia y sin protestar, porque, lo añado para mi vergüenza, me gustó verme transformado en un héroe escupiendo la palabrota a la cara del maldito profesor.
Cualquiera ha vivido historias como ésta. Cuando alguien cita algo que has dicho en una conversación, nunca te reconoces en ello; en el mejor de los casos, tu comentario ha sigo brutalmente simplificado, a veces pervertido (cuando toman en serio tu ironía) y muchas veces no corresponde a nada de lo que habrías podido decir o pensar. No debes sorprenderte ni indignarte, porque es la evidencia de las evidencias: el hombre queda separado del pasado (incluso del pasado de hace unos segundos) por dos fuerzas que se ponen inmediatamente en funcionamiento y cooperan: la fuerza del olvido (que borra) y la fuerza de la memoria (que transforma).
Es la evidencia de las evidencias, pero es difícil de admitir porque, cuando la pensamos hasta el final, ¿qué ocurre con los testimonios sobre los que descansa la historiografía?, ¿qué ocurre con las certezas del pasado y qué ocurre con la propia Historia, a la que nos referimos todos los días con credulidad, cándida y espontáneamente? Tras la frágil linde de lo incontestable (no cabe duda de que Napoleón perdió la batalla de Waterloo), se extiende un espacio infinito, el espacio aproximativo de lo inventado, simplificado, exagerado, de lo mal entendido, un espacio infinito de no verdades que copulan, se multiplican como ratas y quedan inmortalizadas.

Milan Kundera, El Telón (Pdf).




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