martes, 22 de junio de 2010

Y a veces cuanto más real, más inverosímil







"-¡No, no los ferrocarriles, señor mío! -protestó Lebedev, que empezaba a desbarrar y sentía al mismo tiempo un deleite infinito-. Los ferrocarriles no serán los únicos en envenenar "los manantiales de la vida", sino que el conjunto de todo eso es lo maldito; el espíritu entero de los últimos siglos, científico y práctico, es quizá, en efecto, lo que sea maldito.
-¿Seguramente maldito, o sólo "quizá"? En este caso es importante saberlo -preguntó Yevgeni Pavlovich.
-¡Maldito, maldito, seguramente maldito! - replicó Lebedev con vehemencia.
-No se enfurezca, Lebedev. Está usted mucho mejor por la mañana -observó Ptitsyn sonriendo.
-¡Pero mucho más franco cuando llega la noche! -replicó acalorado Lebedev, volviéndose hacia él-. Más sincero, más preciso, más honrado, más respetable. Y aun cuando de ese modo me expongo a los ataques de usted, no me importa un comino. Les reto a todos ustedes, a todos los ateos; ¿cómo van ustedes a salvar al mundo y dónde van a encontrar la vía adecuada para hacerlo, ustedes todos, los hombres de ciencia, los de la industria, los de las asociaciones cooperativas, los del salario justo y todo lo demás? ¿cómo van a hacerlo? ¿Con el crédito? ¿Qué es el crédito? ¿Adónde les llevará a ustedes el crédito?
-¡Vaya, vaya! ¡Pues sí que hace usted preguntas! -opinó Yevgeni Pavlovich.
-A mi parecer, el que no se interese por tales cuestiones no es más que un holgazán aristocrático.
-Eso llevará al menos a la solidaridad universal y al equilibrio de los intereses -observó Ptitsyn.
-¡Y eso es todo! ¡Eso es todo! ¿sin aceptar ninguna base moral, salvo la satisfacción del egoísmo personal y de la necesidad material? ¡La paz universal, la felicidad universal... por necesidad! ¿Puedo preguntarle, señor mío,si es así como debo interpretar lo que usted dice?
-Pero la necesidad universal de vivir, comer y beber, y la convicción absoluta de que tales necesidades no pueden ser satisfechas sin la asociación universal y la solidaridad de intereses es, a mi modo de ver, una idea lo bastante sólida para servir de fundamento al "manantial de la vida" en los siglos venideros de la humanidad -alegó Ganya, esta vez seriamente.
-La necesidad de comer y beber no es más que el instinto de conservación...
-¿Pero por qué no habría de ser bastante el instinto de conservación? Al fin y al cabo, el instinto de conservación es la ley normal de la humanidad...
-¿Quién le ha dicho a usted eso? -gritó de pronto Yevgeni Pavlovich-. Cierto que es una ley, pero no es ni más ni menos normal que la ley de la destrucción, y quizá de la autodestrucción. ¿Es que únicamente la autoconservación es la ley normal de la humanidad? (...)
-¿Los ferrocarriles? -gritó Kolya.
-No de las vías de comunicación, mi joven e impetuoso señorito, sino de la tendencia entera de la que los ferrocarriles pueden servir, por así decirlo, de expresión artística. ¡Van de prisa, rugen rechinan, y todo ello, según dicen, en pro de la felicidad humana! "La gente se está volviendo demasiado ruidosa y comercial; hay demasiada poca calma espiritual", ha dicho cierto pensador apartado del mundo. Y otro pensador que está siempre de la ceca a la meca le responde triunfalmente: "Puede ser, pero el ruido de los vagones que traen pan a la humanidad hambrienta vale quizá másque la calma espiritual"; y se aleja de él muy pagado de sí mismo. ¡Pero yo, el abominable Lebedev, no creo en esos vagones que traen pan a la humanidad! Porque los vagones que traen pan a toda la humanidad sin fundamento moral para hacerlo pueden excluír fríamente a una parte considerable de la humanidad, lo que ya ha ocurrido...
-¿Esos vagones de usted pueden excluir fríamente?... -interrumpió alguien.
-Eso ha ocurrido ya -repitió Lebedev sin dignarse a hacer caso a la pregunta-. Ya hemos tenido a Malthus, el amigo de la humanidad. Pero un amigo de la humanidad cuyos principios morales son vacilantes es un destructor de la humanidad, un antropófago, sin contar su vanidad; porque si se hiere la vanidad de uno de estos innumerables amigos de la humanidad, no tendrá empacho en pegar fuego a los cuatro costados del universo por mezquina venganza, como, por otra parte y hablando sinceramente, haría cualquiera de nosotros, como lo haría yo mismo, el más vil de todos, porque yo sería el primero en traer leña y echar a correr. ¡Pero no se trata de eso!.
-Pero, vamos a ver, ¿de qué se trata entonces?
-¡Nos está aburriendo!
-De lo que se trata es de una anécdota de hace mucho tiempo; porque me veo en la necesidad de contarles a ustedes una anecdota de los siglos pasados. En nuestro tiempo, en nuestra patria, que espero, señores, amen tanto como yo, porque por mi parte estoy dispuesto hasta a derramar por ella mi última gota de sangre...
-¡Adelante con el cuento! ¡Adelante!
-En nuestra patria, como en Europa, azotaban a la humanidad épocas de hambre general y espantosa, que según los cálculos y según mi propio recuerdo, ocurren sólo una vez cada cuarto de siglo, o, dicho de otro modo, cada veinticuatro años. No garantizo que ésa sea la cifra exacta, pero no ocurren relativamente muy a menudo.
-¿Relativamente a qué?
-Relativamente al diglo XII y a los que le preceden y le siguien inmediatamente. Porque entonces, como declaran y aseguran autores, el hambre general que afectaba a toda la humanidad ocurría cada dos o, cuando más, cada tres años, por lo que en tales condiciones los hombres recurrían incluso al canibalismo, aunque lo mantuvieran en secreto. Uno de esos parásitos, cercano a la vejez, declaró espontaneamente y sin ser forzado a ello que durante su larga y miserable vida había matado y comido por sí mismo y en el más profundo secreto a sesenta monjes y a varios niños seglares -unos seis, pero no más, o sea, muy pocos en comparación con el número de religiosos que había consumido-. En cuanto a seglares adultos, por lo visto, parecía no haberlos utilizado nunca para ese fin.
-¡Eso es imposible! -gritó el presidente mismo, el general, casi con voz indignada-. Yo señores, hablo y discuto con él a menudo, y siempre sobre cosas como ésa, pero lo más frecuente es que saque a colación esos absurdos que hacen daño a los oídos, y en los que no hay ni pizca de verdad.
-¡General! Recuerde usted el sitio de Kars. Y ustedes, caballeros, sepan que mi anécdota es la pura verdad. Por lo que a mí me toca, diré que casi toda realidad, aunque responda a leyes inmutables, es casi siempre increíble e inverosímil. Y a veces cuanto más real, más inverosímil."

F.M. Dostoyevski, El idiota. (pdf) 



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