miércoles, 16 de junio de 2010

La misantropía nos vuelve siempre medio locos.






"El primer día me comporté como un auténtico niñito mimado y melindroso. Me enseñaron el dormitorio que tendría que compartir con los otros, es decir, con Kraus, Schacht y Schilinski. El cuarto de la cuadrilla, como quien dice. Allí estaban todos: mis compañeros, el señor director, que me miraba con furia, la señorita. Yo no hice más que arrojarme a los pies de la joven y exclamar: “¡No! ¡Dormir en esta habitación me es imposible! No puedo respirar aquí dentro. Preferiría pasar la noche en la calle.” Y al hablar me aferré firmemente a las piernas de la señorita. Ella pareció irritarse y me ordenó levantarme. Yo le dije: “No me levantaré si antes no me promete asignarme un lugar digno para dormir. Se lo ruego, señorita, se lo imploro: instáleme en otro sitio, aunque sea un agujero, pero aquí no. Aquí no puedo quedarme. Por cierto que no quiero ofender a mis compañeros, y si ya lo he hecho, lo siento de veras, pero dormir de número cuatro junto a tres personas, y en un espacio tan angosto... ¡No, señorita! ¡Es imposible!” Ya empezaba ella a sonreír, y al notarlo añadí rápidamente, abrazándola aún con mayor fuerza: “Seré un alumno ejemplar, se lo prometo. Me anticiparé a todas sus órdenes; nunca, nunca tendrá que lamentarse de mi conducta.” Fräulein Benjamenta pregunto: “¿De veras? ¿No tendré que quejarme nunca?” “No, le aseguro que no, señorita”, repliqué yo. Intercambió una significativa mirada con su hermano, el señor director, y me dijo: “Antes que nada levántate del suelo. Ya está bien de lloriqueos y garatusas. Y ven conmigo. Por mí puedes dormir en otro sitio.” Me condujo al cuartito que ocupo actualmente, me lo enseñó y preguntó: “¿Te gusta esta habitación?” Yo tuve la osadía de responderle: “Es estrecha. En casa había cortinas en las ventanas y el sol brillaba en las habitaciones. Aquí sólo hay un camastro angosto y un lavabo. En casa los cuartos estaban totalmente amueblados. Pero no se enfade, Fräulein Benjamenta. Me gusta, y se lo agradezco. En casa todo era mucho más fino, acogedor y elegante, pero esto también es muy simpático. Disculpe que le haga comparaciones con mi casa y Dios sabe cuántas cosas más. Pero encuentro realmente encantador este cuartito. Cierto es qué esa ventana de ahí arriba, en lo alto de la pared, apenas se puede llamar ventana, y que el conjunto tiene, decididamente, cierto aire de ratonera o de perrera. Pero me gusta. Soy un sinvergüenza y un ingrato al hablarle así, ¿verdad? Acaso lo mejor sería quitarme otra vez este cuartito, que en verdad aprecio muchísimo, y ordenarme taxativamente dormir con los otros. Seguro que mis compañeros se han de sentir ofendidos. Y usted, señorita, está enfadada. Sí, lo veo y me pone muy triste.” Ella me dijo: “Eres un tontuelo, y ahora, a callar”, al tiempo que sonreía. ¡Qué absurdo fue todo lo del primer día! Me avergoncé, y aún hoy me avergüenzo al pensar en mi insolente comportamiento. Aquella primera noche tuve sueños muy agitados. Soñé con la maestra. Y en cuanto al cuartito, ahora me encantaría poder compartirlo con dos o tres personas más. La misantropía nos vuelve siempre medio locos.


Herr Benjamenta es un gigante, y nosotros, los alumnos, somos como enanos junto a ese gigante, que anda siempre algo malhumorado. En su condición de guía y gobernante de una cuadrilla de seres tan minúsculos e insignificantes como nosotros, los muchachos, se halla, por naturaleza, condenado al mal humor, ya que dominarnos es una tarea que jamás, realmente jamás podrá considerarse digna de sus fuerzas. No, cosas muy distintas podría hacer Herr Benjamenta. Frente a una ocupación tan mezquina como es la de educarnos, un Hércules semejante no puede hacer otra cosa que dormirse, es decir, hundir la nariz, rezongando, en sus periódicos. ¿En qué pensaría este hombre cuando decidió fundar el Instituto? En cierto sentido me da lástima, y este sentimiento acrecienta todavía más el respeto que me inspira su persona. Entre él y yo se produjo además, al iniciarse mi estancia aquí —la mañana del segundo día, me parece— una escena breve, pero muy violenta. Entré en su despacho, pero no tuve tiempo de abrir la boca. “Vuelve a salir. A ver si eres capaz de entrar como una persona decente”, me dijo en tono severo. Yo salí y llamé a la puerta, detalle que había olvidado por completo. “¡Adelante!”, oí gritar, y entré y permanecí de pie. “¿Y la reverencia? ¿Qué se dice al entrar en mi despacho?” Me incliné y le dije con voz lastimera: “Buenos días, señor director.” Ahora estoy tan bien adiestrado que este “Buenos días, señor director” me sale como si nada. Por entonces odiaba esa manera sumisa y cortés de comportarse: aún tenía poco claras las ideas. Lo que entonces me parecía obtuso y ridículo, me parece hoy bello y de buen tono. “¡Habla más fuerte, granuja!”, exclamó Herr Benjamenta. Y tuve que repetir cinco veces el “Buenos días, señor director”. Sólo después me preguntó qué quería. Yo, que había montado en cólera, le dije: “Aquí no se aprende nada y no quiero quedarme. Por favor, devuélvame el dinero, que me iré al diablo. ¿Dónde están los maestros? ¿Hay acaso algún plan de estudios, alguna idea? No, nada de nada. Yo me largo. Nadie, sea quien sea, me impedirá abandonar este lugar de oscuridad y de tinieblas. Vengo de una familia demasiado distinguida para dejarme torturar y embrutecer por los reglamentos más que idiotas de esta casa. Claro que no quiero volver junto a papá y mamá, eso nunca; más bien pienso irme por calles y plazas y venderme como esclavo. Lo cual no le hace daño a nadie.” Tal fue mi discurso. Hoy día me parto de risa al recordar aquel estúpido comportamiento. Pero entonces me tomé todo aquello terriblemente en serio. El señor director guardó silencio. Yo me disponía a lanzarle a la cara algún soez insulto cuando él, sosegadamente, me dijo: “El dinero ingresado ya no se devuelve. En cuanto a tu necia idea de que aquí no puedes aprender nada, te equivocas, pues sí puedes hacerlo. Aprende, ante todo, a conocer a quienes te rodean. Tus compañeros merecen que al menos hagas el intento de conocerlos. Habla con ellos. Mi consejo es: tómatelo con calma. Con mucha calma.” Dijo este “con mucha calma” como si estuviera absorto en pensamientos profundos, que no me concernieran para nada. Tenía los ojos bajos, como para darme a entender lo buenas y tiernas que eran sus intenciones. Tras haberme dado claras pruebas de ausencia de ánimo, volvió a callarse. ¿Qué podía hacer yo? Ya estaba otra vez Herr Benjamenta enfrascado en su periódico. Tuve la sensación de que, a lo lejos, me amenazaba una tormenta atroz e incomprensible. Me incliné profundamente, casi hasta tocar el suelo, ante quien no me prestaba ya atención alguna, dije el “Adiós, señor director” reglamentario, di un taconazo, me cuadré y di media vuelta, o mejor dicho, no: busqué a tientas el pomo de la puerta y, con la mirada puesta en la cara del señor director, me deslicé fuera sin volverme. Así terminó un conato de revolución. Desde entonces no han vuelto a producirse escenas subversivas. ¡Y Dios sabe si me han llovido palizas! Palizas dadas por él, ese hombre en el que sospecho un corazón realmente grande, y yo sin pestañear ni decir ni pío, sin sentirme siquiera ofendido. Solamente muy dolido, y no por mí, sino por él, por el señor director. La verdad es que siempre pienso en él, en ambos: él y la señorita, y en la forma como vegetan con nosotros, los muchachos. ¿Qué harán todo el tiempo en esa casa? ¿En qué se ocuparán? ¿Serán pobres? ¿Serán los Benjamenta pobres? Aquí hay “aposentos interiores”. Hasta ahora nunca he estado en ellos. Kraus sí, porque gracias a su lealtad es el preferido. Pero se niega a dar información sobre los aposentos del director. Cuando le interrogo al respecto, se limita a mirarme con ojos saltones y guarda silencio. Oh, Kraus sí que sabe callarse. Si yo fuera un señor, lo tomaría en el acto a mi servicio. Aunque quizá algún día logre penetrar en esos aposentos interiores. ¿Qué verán entonces mis ojos? ¿Nada extraordinario, tal vez? Oh, sí, sí. Estoy seguro de que aquí dentro, en algún sitio, hay cosas maravillosas."

Robert Walser, Jakob Von Guten (Pdf)



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