martes, 18 de mayo de 2010

La gramática de la existencia





Las palabras riman, y aunque no exista relación entre ellas, no puede evitar asociarlas. Habitación y tumba, tumba y útero, útero y habitación. Aliento y muerte. O el hecho de que las letras de la palabra «vida» puedan ser redistribuidas para formar la palabra «diablo». (El autor se refiere, por supuesto, a la rima de esas palabras en inglés: •room» (habitación), «tomb» (tumba), «womb» (útero); o en «breath»(aliento) y «death» (muerte). Por otra parte, repara en el hecho de que en inglés las palabras «live» (vivir) y «evil»(mal) están formadas por las mismas letras. -N. de la t.-) Es consciente de que éstos no son más que juegos de colegiales, pero aunque resulte sorprendente, mientras escribe la palabra «colegiales», recuerda cuando tenía ocho o nueve años y la súbita sensación de poder que experimentó cuando descubrió que podía jugar de aquel modo con las palabras; como si por casualidad hubiese encontrado un sendero secreto hacia la verdad: la verdad absoluta, universal e inmutable que se esconde en el centro de la tierra. En su entusiasmo de colegial, por supuesto, había olvidado considerar otras lenguas que no fueran el inglés, la gran torre de Babel de las lenguas que silbaban y bregaban en un mundo ajeno a su vida de colegial. ¿Y cómo era posible que la verdad absoluta e inmutable cambiara de una lengua a otra?
Aun así, el poder de hacer rimar las palabras y de transformarlas no se puede desechar. La sensación mágica continúa aunque no podamos relacionarla con la búsqueda de la verdad; y esa misma magia, esas mismas correspondencias entre palabras están presentes en todas las lenguas, a pesar de que las combinaciones particulares sean diferentes. En el corazón de cada idioma hay una red de rimas, asonancias y significados múltiples, y cada uno de estos fenómenos funciona como una especie de puente que une entre sí a aspectos opuestos y contrastantes del mundo. El lenguaje, por lo tanto, no es una simple lista de objetos distintos a añadir, cuya suma total equivale al mundo. Por el contrario, tal como aparece en el diccionario, el lenguaje es un organismo infinitamente complejo, cuyos elementos —células y tendones, corpúsculos y huesos, dedos y fluidos— están presentes en el mundo de forma simultánea y ninguno de ellos puede existir por sí solo; pues cada palabra es definida por otras, lo que implica que penetrar en cualquier parte del lenguaje es penetrar en su totalidad. El lenguaje, entonces, como una monadología, para utilizar el término de Leibniz. («Porque como todo está lleno, lo que hace que toda materia esté ligada, y como en lo lleno todo movimiento produce algún efecto sobre los cuerpos distantes, a medida de la distancia, de tal manera que cada cuerpo está afectado no solamente por aquellos que le tocan y no sólo se resiente de algún modo por lo que les suceda a éstos, sino que también por medio de ellos se resiente de los que tocan a los primeros, por los cuales es tocado inmediatamente. De donde se sigue que esta comunicación se transmite a cualquier distancia que sea. Y, por consiguiente, todo cuerpo se resiente de todo lo que se haga en el universo; de tal modo que aquel que lo ve todo podría leer en cada uno lo que ocurre en todas las partes, e incluso, lo que ocurre y lo que ocurrirá; advirtiendo en el presente lo que está alejado, tanto según los tiempos como según los lugares... Pero un alma no puede leer en sí misma más que lo que se le representa distintamente, no sabría desplegar de una vez todos sus repliegues porque se extienden al infinito.»)
Los juegos de palabras que practicaba A. en sus épocas de colegial, no eran tanto una búsqueda de la verdad sino una búsqueda del mundo que aparece en el lenguaje. El lenguaje no es equivalente a la verdad; es nuestro modo de existir en el mundo. Jugar con las palabras es examinar la forma en que funciona la mente, el reflejo de una partícula del mundo tal como la percibe la mente. Del mismo modo, el mundo no es simplemente la suma de cosas que existen en él, la red infinitamente compleja en que estas cosas se conectan entre sí. Como en los significados de las palabras, los objetos cobran significado sólo en su relación con otros objetos. «Dos caras son parecidas —escribe Pascal—, y aunque ninguna de las dos sea graciosa por sí misma, su similitud nos hace reír.» Las caras riman a los ojos, así como las palabras riman al oído. Para llevar estas conclusiones un poco más lejos, A. cree que es posible que los hechos de la vida también rimen. Un joven alquila una habitación en París y luego descubre que su padre había estado escondido en aquella habitación durante la guerra. Si estos dos hechos tuvieran que considerarse por separado, habría poco que decir con respecto a cualquiera de ellos; pero la rima que crean al ser relacionados modifica la realidad de ambos. Al igual que cuando se aproximan dos objetos físicos desprenden fuerzas electromagnéticas que no sólo afectan la estructura molecular de cada uno de ellos, sino también el espacio que los separa, alterando de ese modo el mismo ambiente, dos (o más) hechos que rimen establecen una conexión en el mundo y añaden una sinapsis más a recorrer en el extenso «plenum» de la experiencia. Estas conexiones son muy comunes en los trabajos literarios (para volver a aquella idea) pero uno tiende a no verlas en el mundo, pues el mundo es demasiado grande y la vida de uno demasiado pequeña. Es sólo en esos raros momentos en que uno cree vislumbrar una rima en la vida, cuando la mente puede saltar fuera de sí misma y servir como puente para cosas que están más allá del tiempo y del espacio, más allá de la vista y de la memoria. Pero en todo esto hay algo más que rima. La gramática de la existencia incluye todas las figuras del lenguaje mismo: comparación, metáfora, metonimia, sinécdoque; de modo que cada cosa que encontramos en el mundo es, en realidad, muchas cosas que a su vez dan lugar a otras muchas más, dependiendo de qué tengan cerca, en qué estén contenidas o de dónde surjan. A menudo falta el segundo término de comparación, porque ha sido olvidado, está enterrado en el inconsciente o por alguna razón resulta imposible de localizar. «El pasado se oculta —escribe Proust en un párrafo importante de su novela—, fuera de [los] dominios y [del] alcance [de nuestra inteligencia], en un objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que no sospechamos. Y del azar depende que nos encontremos con ese objeto antes de que nos llegue la muerte, o que no lo encontremos nunca.» Todo el mundo ha experimentado de una forma u otra las extrañas sensaciones del olvido, la misteriosa fuerza de un término perdido.
—Entré en aquella habitación —dirá un hombre—, y me invadió una curiosísima sensación, como si hubiese estado allí antes, aunque no podía recordarlo. Como en los experimentos con perros de Pavlov (que, simplificándolos al máximo, demuestran la forma en que la mente establece relaciones entre dos objetos distintos: al final el primer objeto se olvida y por ende se convierte en otro) ha ocurrido algo, aunque no podríamos decir qué es. Quizá lo que A. se empeña en demostrar es que de un tiempo a esta parte él no ha olvidado ninguno de los dos términos y que siempre que su vista o su mente parecen detenerse, descubre otra conexión, otro puente que lo llevará a un nuevo territorio. E incluso en la soledad de su habitación, el mundo ha estado precipitándose sobre él a una velocidad desconcertante, como si de repente todo convergiera en él y le ocurriera al mismo tiempo. Coincidencia: encontrarse con; ocupar el mismo lugar en el tiempo y el espacio. La mente, por lo tanto, como aquello que contiene algo más que su propia entidad. Como en la frase de san Agustín: «Pero ¿cuál es la parte de sí que no contiene en sí misma?»

Paul Auster, La invención de la soledad. (Pdf)



No hay comentarios:

Publicar un comentario