jueves, 20 de mayo de 2010

El sol no sale para todos






Este verano, los socios de un gimnasio neoyorquino bastante selecto se pusieron a cubierto cuando reverberó el retumbo que suele preceder a la separación de una falla mientras realizaban sus ejercicios matinales. No obstante, el temor a un terremoto pronto se disipó al descubrirse que la única separación se había producido en uno de mis hombros, que me había hecho picadillo cuando intentaba impresionar al bombón de ojos almendrados que hacía flexiones en la colchoneta contigua. Deseoso de captar su atención, me había propuesto levantar en dos tiempos una barra equivalente en pero a un par de Steinways cuando de pronto mi columna vertebral adoptó la forma de una banda Möbius, y buena parte de mi cartílago se separó audiblemente. Emitiendo un sonido idéntico al grito de un hombre arrojado desde lo alto del edificio Chrysler, me sacaron de allí hecho un cuadro y tuve que quedarme en casa todo el mes de julio. Para aprovechar el reposo impuesto, busqué solaz en las grandes obras literarias, un lista obligatoria que tenía la intención de leer desde hacía unos cuarenta años. Eludiendo arbitrariamente a Tucídides, a los chicos Karamazov, los diálogos de Platón y las magdalenas de Proust, ataqué la Divina Comedia de Dante en formato de bolsillo, esperando poder recrearme en retablos de pecadoras de trenzas negras, como recién salidas del catálogo de Victoria´s Secret, que ondularan semidesnudas y envueltas en azufre y cadenas. Por desgracia, el autor, obsesionado con las grandes dudas, enseguida me arrancó del vaporoso sueño erótico, y me encontré deambulando por el averno, donde el personaje más lascivo que difundiera el color local era Virgilio. Dado que yo también tengo algo de poeta, me maravilló la brillantez con que Dante había estructurado este universo subterráneo con apenas unos cuantos desiertos para los malhechores de esta vida, reuniendo a cobardes y bellacos de diversa calaña, y asignando a cada uno su correspondiente nivel de eterno sufrimiento. Sólo al terminar el libro caí en la cuenta de que se había omitido toda mención a los contratistas de obras, y con la psique vibrando aún como unos platillos por el recuerdo de unas reformas emprendidas unos años antes, sucumbí sin remedio a la nostalgia.
Todo empezó con la adquisición de una pequeña casa de piedra rojiza en el Upper West Side de Manhattan. La señorita Wilpong, de la inmobiliaria Mengele, nos aseguró que era la mejor compra de nuestra vida, y todo por un módico precio, no mayor que el de un bombardero no detectable por radares. La vivienda, afirmaba, estaba “lista para ocupar”, y quizá lo estuviera para lo Juke, la famosa familia usafa como modelo en los anales de criminología, o para una caravana de gitanos.
Es todo un reto -dijo mi mujer, estableciendo el récord femenino de eufemismo en pista cubierta-. Será divertidísimo reformarla.
Esquivando unas tablas sueltas en el suelo, procuré no caer en el abatimiento y comparé su encanto con el de la abadía de Carfax.
Imagina que tiramos esta pared y hacemos una gran cocina al estilo California -declamó mi cotilla-. Hay espacio para un despacho, y cada niña dispondría de su propia habitación. Bastará con unas pequeñas obras de fontanería para tener baños independientes, y seguro que incluso podrás instalar esa sala de juegos que siempre has deseado, para aligerar tus momentos más filosóficos con una partidita en la máquina del millón.
Mientras mi querida esposa, en su megalomanía arquetectónica, daba rienda suelta a la fantasía, el billetero empezó a agitarse en mi bolsillo del pecho como una platija prendida del anzuelo. Al imaginar la dilapidación de todo cuanto había administrado cuidadosamente durante años de trabajo com redactor de paregéricos al servicio de la funeraria Scheerson Brothers, me vi en la necesidad de discrepar elevando la voz hasta el registro más alto del flautín.
¿De verdad crees que necesitamos esta casa? -Pregunté, rogando por que sus súbitos anhelos de propiedad remitiesen como un petit mal.
Lo que más me gusta es que no tiene ascensor -ronroneó mi media naranja-. ¿Te das cuenta de lo bien que le irá a tu corazón subir y bajar esos cinco pisos?
A menos que recurriese al desfalco, los medios para afrontar esta nueva empresa no estaban a mi alcance, y tuve que hacer malabarismos para conseguir una hipoteca, ya que al principio los banqueros, escépticos, no quisieron saber nada de mí, pero luego se ablandaron al descubrir una laguna en las leyes contra la usura. El siguiente paso fue elegir al contratista adecuado, y mientras llegaban los presupuestos no pude por menos de advertir que la mayoría de las cantidades indicadas eran más propias de la restauración del Taj Mahal. Al final, opté por un presupuesto sospechosamente sensato procedente de la ofician de un tal Max Arbogast, alias Chic Arbogast, alias Chanchull Arbogast: un ectomorfo pequeño y pálido con los ojos relucientes de un usurpador de minas en un western de los estudios Republic.
Cuando nos citamos en la casa, una voz interior me dijo que me encontraba ante alguien que, en efecto, sería capaz de volar una mina de plata mientras los ingenuos culis se deslomaban dentro en lugar de reclamar sus salarios Mi mujer adobada por la untuosa química de Arbogast, era todo interés, y se apoyó en mí a la vez que sucumbía a su visión a lo Coleridge de la metamosfosis que podía operarse gracias al genio del contratista. Nuestros sueños, nos aseguró, se verían realizados en el plazo de seis meses, y ofreció a su primogénito como sacrificio humano si el presupuesto superaba al final al presupuesto inicial. (…)

Empecé a tomar conciencia de que habíamos puesto nuestro destino en manos de cenutrios se la peor especie tres meses más tarde, cuando, horas después de tomar posesión de nuestro domicilio en construcción, intente usar la ducha. En atención a nuestra súplica de rapidez, los mirmidones de Arbogast habían desintegrado en protones el cuarto de baño original y fabricado apresuradamente un sustituto. Tomando como modelo la larga brecha en el casco del Titanic, habían decorado y transformado todo el cuarto de baño en un reino submarino, para cuando mi mujer o yo tratáramos de abrir el grifo. Para remate, las tuberías habían sido calibradas meticulosamente con el fin de producir una presión de agua de intensidad calórica tal que el desdichado situado bajo la alcachofa quedase reducido al estado de una langosta thermidor. Cuando, entre alaridos, de un brinco superé la mampara de cristal cilindrado de la ducha, se me aseguró en varias lenguas bálticas que todo se rectificaría con la prevista llegada, desde Tánger, de una pieza de fontanería último modelo, cosa que sucedería en cuanto ciertos exiliados políticos pudiesen salir clandestinamente de la kasbah.
En contraste, el dormitorio no cumplió nuestro acelerado plazo de realización debido a un brote de dengue en Machu Picchu. Por lo visto, no podía iniciarse en serio el trabajo de nuestros aposentos hasta que recibiesen unos cargamentos vitales de wengé y bulinga que, no se sabía muy bien cómo, habían sido entregados por error a una pareja en Laponia con nuestro mismo apellido. Por suerte, colocaron un tosco catre en el suelo, bajo unos desconchones de escayola, y después de una noche atormentado por el polvo de amianto y los rugidos de Huracán Inés procedentes de un inodoro cuya cisterna perdía agua, me sumí en un trance hipnagógico. Éste se vio interrumpido al despuntar el día por un batallón de artesanos que, al son de la Balada de Casey Jones, venían a demoler una pilastra con sus picos. (…)
Para que los albañiles no me considerasen un blanco fácil y empezasen a cruzar sonrisas de complicidad a mi costa, insistí en que, antes de dar el visto bueno a cualquier nuevo coste, tendría que estudiar los matices de la relación riesgo-recompensa, una fórmula que yo dominaba tan bien como la mecánica cuántica. Dado que varios paquetes de acciones al alza habían desaparecido sin dejar rastro en el Triángulo de las Bermudas, por fin dije al capataz e la obra que no aflojaría un solo centavo más por un sistema de alarma antirrobo, pero cuando llegó la noche, me quedé paralizado en la cama oyendo lo que, concluí, era un maniaco homicida desatornillando la puerta de la entrada. Con el corazón resonando como el bombardero de Dredsde, llamé a Arbogast por teléfono y le di luz verde para que instalara un juego de carísimos detectores de movimiento tibetanos de alta tecnología.

Conforme transcurrían los meses, la fecha de finalización de la obra, ya aplazada media docena de veces, seguía alejándose como un pack de seis cervezas en el desierto. Las coartadas se sucedían hasta el infinito como Las mil y una noche. Varios enlucidores contrajeron el mal de las vacas locas y después el barco que transportaba las cajas de jade y lapislázuli para revestir la habitación de la niñera naufragó frente a la costa de Auckland a causa de un tsunami; por último, un vital dispositivo motorizado, imprescindible para levantar el televisor de un baúl colocado a los pies de la cama, sólo podían fabricarlo artesanalmente unos duendes que trabajaban únicamente a la luz de la luna. La cantidad microscópica de trabajo que sí se realizaba era una calamidad, como tuve ocasión de comprobar en medio de un animado intercambio entre un aspirante a Nobel y yo en nuestro flamante despacho, en el curso del cual cedió el suelo, lo que al potencial laureado le costó dos incisivos y a mí me brindó el honor de financiar una indemnización récord.
Cuando planteé abiertamente mi desencanto a Arbogast por los incrementos en el presupuesto inicial, comparables a la inflación alemana de los años veinte, lo achacó a “mi exigencia psicótica de cambios”. (…)
Esa noche, cuando un leve crujido activó el detector de movimiento de la planta baja, me levanté de la cama de un brinco y me quedé inclinado como una lancha que surca las olas a toda velocidad. Convencido de que distinguía los sonidos de un licántropo en plena salivación subiendo a saltos por la escalera, busqué entre las cajas sin desembalar algún objeto de plata con el que defender mi familia. Presa del pánico, pisé las gafas y, acto seguido, choqué de cara contra un delfín de pórfido que Arbogast había importado para completar el baño de la criada. A causa del golpe, me zumbó el oído medio como si hubiesen golpeado junto a mi oreja un inmenso gong, y fui además recompensado con una vista panorámica de la aurora boreal. Creo que fue entonces cuando el techo se desplomó sobre mi esposa. Al parecer, la pilastra que Arbogast había eliminado para instalar el sistema de seguridad era un elemento de carga, y una serie de bloques de hormigón había elegido ese momento para abdicar.
A la mañana siguiente me encontraron acurrucado en el suelo sollozando rítmicamente. A mi esposa se la llevó una mujer ataviada con un traje austero y un sombrero de hombre, a la que mi mujer le repetía una y otra vez algo así como que siempre había dependido de la amabilidad de los desconocidos. Al final, vendimos la casa por cuatro perras, y, encima, ninguna de ellas tenía pedigrí. (…) En cuanto a Arbogast, cuenta la leyenda que, durante unas reformas, mientras intentaban apropiarse de una cara repisa de chimenea georgiana y sustituirla por una copia de cerámica, se las ingenió para quedarse atrapado en el tiro. Ignoro si al final fue consumido por las llamas. Lo busqué en el inferno de Dante, pero imagino que esos clásicos no se actualizan.

Woody Allen, Pura Anarquía.


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