viernes, 23 de abril de 2010

Jacques el fatalista



 ¿CÓMO SE conocieron? Por casualidad, como todo el mundo. ¿Cómo se llamaban? ¿Qué os importa? ¿De dónde venían? Del lugar más cercano. ¿Adónde iban? ¿Sabemos acaso dónde vamos? ¿Qué decían? El amo no decía nada; y Jacques decía que su capitán decía que todo cuanto de bueno y malo nos acontece aquí abajo, escrito estaba allí arriba.
     EL AMO.—¡Gran frase ésa!
     JACQUES.—Mi capitán solía añadir: cada bala que sale de un fusil lleva una etiqueta.
     EL AMO.—Y tenía razón...
      Tras una breve pausa, Jacques exclamó: «¡Que el diablo se lleve a la taberna y al tabernero!».
      EL AMO.—¿Por qué entregáis vuestro prójimo al diablo? Eso no es cristiano.
      JACQUES.—Porque mientras me emborracho con su pésimo vino, me olvido de llevar los caballos a abrevar. Mi padre lo nota; se enfada. Yo sacudo la cabeza; to- ma él un garrote y me frota algo rudamente la espalda. Pasaba un regimiento camino de Fontenoy; me alisto por despecho. Llegamos; comienza la batalla.
      EL AMO.—Y recibes la bala que te correspondía.
      JACQUES.—Lo habéis adivinado; un balazo en la rodilla; y Dios sabe cuántas aventuras, buenas y malas, ha traído ese balazo. Se sostienen unas a otras como los eslabones de una cadena. Sin ese balazo, por ejemplo, creo que no me habría enamorado en la vida, ni sería cojo.
      EL AMO.—¿Así que te enamoraste?
      JACQUES.—¡Y cómo!
      EL AMO.—¿A causa del balazo?
      JACQUES.—Del balazo.
      EL AMO.—Nunca me dijiste nada
      JACQUES.—En efecto.
      EL AMO.—¿Y por qué?
      JACQUES.—Porque no hubiese podido decirlo ni un poco antes ni un poco después.
      EL AMO.—¿Y tú crees que ha llegado ya el momen- to de contarme tus amoríos?
      JACQUES.—¡Quién sabe!
      EL AMO.—Por si acaso, empieza de una vez...
      Jacques comenzó la historia de sus amores. Era la hora de la siesta y la atmósfera, plomiza; su amo se durmió. La noche los sorprendió en medio de la campiña; se habían extraviado. Y ya tenemos al amo, terriblemente enojado, descargando severos latigazos sobre su criado, y al pobre diablo comentando a cada golpe: «También éste, al parecer, estaba escrito en las alturas...».
      Como podéis apreciar, querido lector, voy por buen camino, y si quisiera podría haceros esperar un año, dos años, tres años, antes de contaros los amores de Jacques, separándolo de su amo y haciéndoles correr a cada uno de ellos las aventuras que me pluguiera. ¿Qué me impe- diría casar al amo y hacerle cornudo? ¿O embarcar a Jac- ques rumbo a las islas? ¿Llevar hasta allí a su amo? ¿De- volverlos a Francia, ambos en el mismo navío? ¡Qué fácil es escribir cuentos! Pero los libraré de ello a uno y a otro, a cambio de una mala noche; y a vos, a cambio de este retraso.
      Amaneció un nuevo día. Y ya los tenéis de nuevo montados en sus bestias y siguiendo su camino. —¿Y
adónde iban? Es la segunda vez que me hacéis esa pre- gunta, y por segunda vez os respondo: ¿Qué os importa?

Denis Diderot, Jacques el fatalista.


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