viernes, 30 de abril de 2010

Cuatro tablones





Domingo, 19 de julio de de 1910 (...). 

Este soltero, con sus ropas exiguas, su arte de orar, sus huesos persistentes, su temida vivienda de alquiler, su existencia hecha en general de remiendos, promovida ahora nuevamente después de tanto tiempo, lo mantiene todo entre sus brazos y siempre tiene que perder dos cosas, cuando agarra alguna otra cosita al azar. Naturalmente, ahí está la verdad, la verdad que en ningún otro aspecto se muestra con mayor nitidez. Porque el que realmente se nos presenta como el ciudadano más perfecto, es decir, el que navega por el mar en un barco, con espuma delante y una estela detrás, es decir con grandes influjos en su entorno, tan distinto al hombre que está sobre las olas con sus cuatro tablones que, además, entrechocan y se hunden los unos a los otros, ...él, ese señor ciudadano, no corre menos peligro. Porque él y su propiedad no son una sola cosa, sino dos, y quien destroza el lazo que las une, le destroza también a él. Nosotros y nuestros conocidos somos sin duda irreconocibles en este aspecto, porque quedamos totalmente ocultos; a mí, por ejemplo, me oculta ahora mi profesión, mis sufrimientos imaginarios o reales, mis aficiones literarias, etc. Pero yo, precisamente, siento que llego al fondo con demasiada frecuencia y con demasiada intensidad para que, ni siquiera a medias, pueda sentirme satisfecho. Y me basta con sentir es fondo ininterrumpidamente durante un solo cuarto de hora, y ya el mundo ponzoñoso fluye en mi boca como el agua en la boca del que se ahoga.

Franz Kafka, Diarios (1910-1923).


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