viernes, 16 de abril de 2010

Anna Karenina




“Stepan Arkadich recibía y leía un periódico no demasiado liberal, pero de una orientación que era la de la mayoría. Y a pesar de que, en realidad no le interesaban ni la ciencia, ni el arte, ni la política, apoyaba con firmeza las opiniones que tanto la mayoría como su periódico profesaban sobre estos temas y sólo las cambiaba cuando la mayoría lo hacía, o mejor dicho, no las cambiaba, sino que ellas mismas se cambiaban en su mente sin que él se apercibiera de ello.
Stepan Arkadich no había escogido sus ideas u opiniones políticas, sino que unas y otras se le habían venido por sí mismas; como tampoco había escogido la forma de su sombrero o de su levita, sino que adoptaba las que estaban de moda. Y para quien, como él, vivía en una sociedad conocida, en la que se requería cierta actividad mental por lo común en la edad madura, tener opiniones era tan indispensable como usar sombrero. Si había motivo para preferir las ideas liberales o las conservadoras -que muchos miembros de su círculo también sostenían- no era por que creyese que el liberalismo era más racional, sino porque estaba más conforme con su estilo de vida. El partido liberal decía que en Rusia todo iba mal y, en efecto, Stepan Arkadich tenía muchas deudas y, ciertamente carecía de dinero suficiente. El partido liberal mantenía que el matrimonio era una institución trasnochada y que era menester ponerla al día, y, en efecto, la vida de familia procuraba a Stepan Arkadich pocas satisfacciones y le obligaba a mentir y disimular, lo que repugnaba a su carácter. El partido liberal decía, o, mejor dicho, daba a entender, que la religión no es más que una rienda para frenar al elemento bárbaro de la población, y, efectivamente, Stepan Arkadich no podía aguantar la más breve función religiosa sin que le doliesen las rodillas, ni podía comprender el porqué de esas palabras terribles y altisonantes acerca del otro mundo, cuando era tan divertido vivir en éste.”

“- Sí, todas la muchachas, pero ella no.
Stepan Arkadich sonrío. Conocía muy bien el sentimiento de Lyovin, a saber: que para él todas las muchachas del mundo se dividían en dos clases: una clase incluía a todas la muchachas del mundo, salvo ella, y esas muchachas tenían todas la debilidades humanas, y eran, además, muy ordinarias; la otra clase la constituía ella sola, no tenía la menor flaqueza y era superior al resto de la humanidad”.

“Una sensación desagradable oprimió el corazón de Anna cuando vio aquella mirada insistente y cansina, como si hubiese esperado que fuera diferente. Lo que le chocó fue la impresión de descontento consigo misma que tuvo al encontrar a su marido. Era una impresión conocida, que venía de antiguo, análoga a la sensación de hipocresía que experimentaba en las relaciones con él. Pero aunque antes no había hecho caso de esa sensación, ahora sí se percataba de ella clara y penosamente.”

“ El sosiego y la suficiencia de de Vronski chocaron aquí con la fría compostura de Aleksei Aleksandrovich como el hierro con la piedra.”

“- ¿Por qué no le gusta el marido? ¡Un hombre tan distinguido! -dijo la embajadora-. Mi marido dice que estadistas como él hay pocos en Europa.
- Y lo mismo me dice mi propio marido, pero no le creo -replicó la princesa Myagkaya-. Si nuestros maridos no nos dijeran nada, veríamos las cosas tal como son. Aleksei Aleksandrovich, a mi parecer, es sencillamente tonto. Lo dicho en voz baja... ¿pero verdad que eso lo aclara todo? Antes, cuando me dijeron que lo tuviera por listo, estuve buscando su listeza por todas partes y, al no encontrarla, creí que la tonta era yo. Pero tan pronto como me dije: es tonto, aunque en voz baja, todo quedó claro, ¿verdad?
- ¡Pero qué pícara está usted hoy!
- En absoluto. No veo otra explicación. Uno de nosotros dos es tonto, y, como usted sabe, nadie dice eso de sí mismo.”

“- Amor... -repitió ella despacio, con voz interna, y de improvisto, al tiempo que desenganchaba el encaje, agregó-: Me disgusta esa palabra porque para mí significa demasiado, mucho más de que usted se pueda figurar -y le miró fijamente-. ¡Hasta la vista!.”

"Ese niño, con su inocente visión de la vida, era la brújula que les señalaba cuánto se habían desviado de aquello que sabían, pero que no querían saber."

León Tolstoi, Anna Karenina.



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