viernes, 26 de febrero de 2010

Sepa usted que sólo existe la noche.





"Eso pensaba Rosa Schwarzer ayer por la mañana, pero al mismo tiempo, y entrando en violenta colisión con sus convenciones más íntimas, se dijo que el lechón asado podía aguardar, es más, que no estaría ni por casualidad preparado a la hora del almuerzo, y se declaró en huelga de celo, y comenzó a caminar más despacio, a fuego lento. Y a fuego lento subió la sangre a las mejillas cuando decidió que haría una simple ensalada de patatas (después de todo, para ella y para Hans era del todo suficiente), y luego pensó que no, que nada, que no prepararía un solo plato y que, además, la desgracia de Hans era demasiado grande como para estar todavía planeando optimistas ensaladas, y que en definitiva la vida era peor que una estúpida patata, y que se mataría, sí, se mataría sin ya más dilación. Después de todo, allí estaba el maldito asfalto brillando al sol y brindándole la oportunidad de arrojarse bajo las ruedas de algún coche y acabar así, de una vez por todas, con el engorroso asunto del lechón asado, el marido infiel, la ensalada de patatas, los cubiertos y el mantel, el infinito tedio de las mañanas en el museo, la col y las lechugas, el hijo menor al borde de la muerte, los platos humeantes servidos con admirable puntualidad a la hora del almuerzo.
Ya estaba buscando el coche que le segara la vida cuando de pronto cayó en la cuenta de que en realidad algo muy hondo se había roto en ella en las primeras horas de la mañana, de aquella fría y extraña mañana, porque, bien pensado, no dejaba de ser raro que, después de tantos años de no reflexionar acerca de la vida y de las cosas, en las últimas horas no hubiera parado de hacerlo. Y pensó que era en el fondo muy estimulante ver cómo su frágil vitalidad se había ensombrecido de aquella forma tan tétrica pero al mismo tiempo tan peligrosamente atractiva. En otras palabras, su vida, al entrar en el reino de lo oscuro y de la desesperación, se había convertido paradójicamente en algo por fin un poco animado. (...)"

"- Buenas noches -le dijo el hombre, con exquisita y sorprendente amabilidad. Tenía unos treinta años y era bastante guapo y  parecía triste.
- Querrá decir buenos días -le dijo ella.
- Sepa usted que sólo existe la noche. (...)"

" - ¿Y por qué bebe tanto? -le preguntó inmediatamente ella.
Tras una casi interminable reflexión, tras darle muchas vueltas al asunto, el hombre respondió:
- Porque la realidad es desagradable.
- ¡Qué gracioso! -le dijo-. ¿Y acaso no lo es también la irrealidad, amigo?"

"(...)Acosado tenazmente por el círculo de hvulaquianos, acabó confesando que, como era un aficionado a la literatura, en cierta ocasión se había atrevido a traducir por su cuenta al Walter Benjamin de Infancia en Berlín, y les ofreció a modo de pantalla, para que no indagaran más en sus posibles trabajos literarios, su versión al umberthiano del libro, una versión que empezaba así: "Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como  quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje."

"Nunca dejaste que leyera tus papeles (le dijo Yhma), y por eso yo siempre he vivido con cierta ignorancia acerca se aquello sobre lo que tú realmente escribías. Pero debo decirte que siempre, ¿me oyes?, siempre me he preguntado cuál debe ser la historia que subyace debajo de todas las historias que has contado en tus novelas.
Es triste (dijo Anatol desviándose de la cuestión), pero cada vez se glorifica menos al arte y más al artista creador; cada vez se prefiere más al artista que a la obra. Es triste, créeme.
Pero no has contestado a mi pregunta (insistió Yhma). ¿Cuál puede ser esa historia que debes estar repitiendo continuamente en tus novelas?
En el fondo, muy en el fondo (le contestó entonces Anatol simulando una confesión muy íntima y dolorosa), yo vengo repitiendo desde siempre la historia de alguien que se jura vivir en su propio país disfrazado de forastero hasta que le reconozcan."

"Mi abuela continúa furiosa, e insiste en que es indignante que diga que fui pobre en la infancia. Y yo, en vista de que se enfada tanto, le digo que la historia del viento que robó el dinero ya no la contaré nunca más por ahí (ya tenía ganas, después de todo, de olvidarme de ella) pero que, eso sí, es conveniente que sepa que hasta ahora esa historia siempre me resultó muy útil para justificar ante la gente mi miedo a salir de casa. Eso la calma notablemente. Me dice que podría habérselo dicho antes.
- Porque todo el mundo -y ahí remato la faena- sabe que yo no soy de las que salen por gusto fuera de casa. Pero siempre andan preguntándome a qué se debe esto. Me lo preguntan por qué aún no tengo novio o por qué fumo tanto. Porque a mí me preguntan de todo, no sé por qué. De todo. Y yo parra todo tengo respuesta. O la tenía, porque como ahora he renunciado a la historia del billete que voló, ya veremos qué les cuento. Pero en fin, renuncio a esa historia que, por otra parte, yo creo que encerraba una idea muy melancólica que servía para explicarlo todo."

Enrique Vila-Matas, Suicidios ejemplares.


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