miércoles, 10 de febrero de 2010

La inmortalidad II




"Ay, los rusos...
Cuando yo vivía aún en Praga, se contaba allí esta anécdota sobre el alma rusa. Un checo seduce con arrebatadora rapidez a una rusa. Después del coito la rusa le dice con infinito desprecio: «Mi cuerpo ha sido tuyo. ¡Mi alma no lo será nunca!».
Una historia preciosa. Bettina le escribió a Goethe cuarenta y nueve cartas. La palabra alma aparece en ellas cincuenta veces, la palabra corazón ciento diecinueve veces. Es muy infrecuente que emplee la palabra corazón en sentido anatómico literal («me latía el corazón»), con mayor frecuencia la utiliza como sinécdoque referida al pecho («quisiera estrecharte contra mi corazón»), pero en la aplastante mayoría de los casos significa lo mismo que la palabra alma: un yo que siente.
Pienso, luego existo es el comentario de un intelectual que subestima el dolor de muelas. Siento, luego existo es una verdad que posee una validez mucho más general y se refiere a todo lo vivo. Mi yo no se diferencia esencialmente del de ustedes por lo que piensa. Gente hay mucha, ideas pocas: todos pensamos aproximadamente lo mismo y las ideas nos las traspasamos, las pedimos prestadas, las robamos. Pero cuando alguien me pisa un pie, el dolor sólo lo siento yo. La base del yo no es el pensamiento, sino el sufrimiento, que es el más básico de todos los sentimientos. En el sufrimiento, ni siquiera un gato puede dudar de su intransferible yo. En un sufrimiento fuerte, el mundo desaparece y cada uno de nosotros está a solas consigo mismo. El sufrimiento es la universidad del egocentrismo. «¿No me desprecia?», pregunta Hipólito al príncipe Míshkin. «¿Por qué? ¿Acaso porque ha sufrido y sufre más que nosotros?» «No, porque no soy digno de mi sufrimiento.» No soy digno de mi sufrimiento. Una gran frase. De ella se deriva que el sufrimiento no sólo es la base del yo, su única prueba ontológica indudable, sino que es también de todos los sentimientos el que merece mayor respeto: el valor de todos los valores. Por eso Míshkin admira a todas las mujeres que sufren. Cuando por primera vez ve la fotografía de Nastasia Filíppovna, dice: «Esta mujer ha debido de sufrir mucho». Con esas palabras quedó claro desde el comienzo, antes aun de que hayamos podido verla en el escenario de la novela, que Nastasia Filíppovna está por encima de todas las demás. «Yo no soy nada, pero usted, usted ha sufrido», dice Míshkin subyugado a Nastasia en el capítulo quince de la primera parte, y desde ese momento está perdido.
Dije que Míshkin admiraba a todas las mujeres que sufren, pero también podría darle la vuelta a mi afirmación: en cuanto le gustaba una mujer, se la imaginaba sufriendo. Y como era incapaz de mantener en silencio lo que pensaba, enseguida se lo decía. Aquél era, por lo demás, un magnífico método de seducción (¡lástima que Míshkin supiese sacar tan poco provecho de él!), porque, si le decimos a una mujer «usted ha sufrido mucho», es como si le hablásemos a su alma, la acariciásemos, la hiciésemos elevarse. Cualquier mujer está dispuesta a decirnos en semejante momento: «¡Aunque todavía no es tuyo mi cuerpo, mi alma ya te pertenece!».
Bajo la mirada de Míshkin el alma crece y crece, parece una enorme seta, alta como un edificio de cinco plantas, parece un globo de gas, dispuesto a elevarse en cualquier momento con su tripulación de navegantes hacia el cielo. Se produce el fenómeno que denomino hipertrofia del alma."

"Hacía ya unos veinticinco años que había ido con Paul a los Alpes en la gran moto. Paul amaba el mar, y las montañas le eran ajenas. Ella quería ganarlo para su mundo; quería que lo maravillase la visión de los árboles y los prados. La moto estaba junto al borde de la carretera y Paul decía:
—El prado no es más que un campo de sufrimientos. A cada instante en medio de ese hermoso verdor muere alguna criatura, las hormigas se comen vivas a las lombrices, los pájaros están al acecho en lo alto, viendo si pasa una comadreja o un ratón. ¿Ves ese gato negro que está inmóvil en medio de la hierba? No hace más que esperar a que se le presente la oportunidad de matar. Me resulta antipático ese respeto ingenuo por la naturaleza. ¿Crees que el ciervo siente menos terror en las fauces del tigre del que sentirías tú? La gente ha inventado que el animal no tiene la misma capacidad de sufrimiento que el hombre, porque de otro modo no podría soportar la idea de que está rodeada por una naturaleza que es un horror y nada más que un horror."

"Era ya de noche; Agnes atravesó con las luces encendidas la frontera suiza y se encontró en la autopista francesa, que siempre le había dado miedo; los disciplinados suizos respetaban las reglas de la circulación, mientras que los franceses, agitando la cabeza con breves movimientos horizontales, expresaban su indignación con aquellos que pretendían negarle a la gente su derecho a la velocidad y convertían el viaje por las carreteras en una orgiástica fiesta de los derechos humanos.
Sintió hambre y comenzó a fijarse si había en la autopista algún restaurante o motel en el que pudiera cenar. Por la izquierda la adelantaron haciendo un tremendo ruido tres grandes motos; a la luz de los faros se veía a los pilotos con una indumentaria que recordaba las escafandras de los astronautas y les daba un aspecto de seres extraterrestres e inhumanos.
En ese preciso momento se inclinaba sobre nuestra mesa en el restaurante el camarero para retirar los platos vacíos de los entrantes y yo le contaba a Avenarius:
—Precisamente la misma mañana en que empecé con la tercera parte de mi novela, oí en la radio una noticia que no puedo olvidar. Una chica salió por la noche a la carretera y se sentó de espaldas a la dirección en la que avanzaban los coches. Estaba sentada, con la cabeza apoyada en las rodillas y esperaba la muerte. El conductor del primer coche giró el volante en el último momento y se mató con su mujer y sus dos hijos. El segundo coche también terminó en la cuneta. Y después del segundo, un tercero. A la chica no le pasó nada. Se levantó, se fue y ya nadie pudo nunca averiguar quién era.
Avenarius dijo:
—¿Y qué razón crees que puede impulsar a una mujer joven a sentarse de noche en la carretera para que la destrocen los coches?
—No sé —dije—. Pero apostaría a que la razón era desproporcionadamente pequeña. Para ser más preciso diría que vista desde fuera nos parecería insignificante y completamente irrazonable.
—¿Por qué? —preguntó Avenarius.
Me encogí de hombros:
—No soy capaz de imaginar para un suicidio tan terrible ninguna razón importante, como sería, por ejemplo, una enfermedad incurable o la muerte de la persona más querida. ¡En semejante caso nadie elegiría este final horroroso, que lleva a la muerte a otras personas! Sólo una razón nada razonable puede conducir a un horror tan irracional. En todos los idiomas que tienen su origen en el latín, la palabra razón (ratio, raison, reason) significa en primer lugar la capacidad de razonar. De modo que la razón se entiende siempre como algo racional. Una razón cuya racionalidad no sea evidente parece incapaz de causar un efecto. Pero en alemán razón, en tanto que causa, se dice Grund, que es una palabra que nada tiene en común con el latín ratio y significa originalmente terreno y luego base. Desde el punto de vista del latín ratio, el comportamiento de la chica sentada en la carretera aparece como absurdo, desproporcionado, sin razón, y sin embargo tiene su razón, es decir su base, su Grund. En lo más profundo de cada uno de nosotros está inscrita una razón semejante, un Grund, que es la causa permanente de nuestros actos, que es el terreno sobre el que se levanta nuestro desuno. Trato de captar el Grund oculto en el fondo de cada uno de mis personajes y estoy cada vez más convencido de que tiene el cariz de una metáfora.
—Tu idea se me escapa —dijo Avenarius.
—Es una pena. Es la idea más importante que jamás se me ha ocurrido.
En ese momento se acercaba el camarero con un pato. Olía estupendamente y logró que olvidáramos por completo la conversación anterior.
Al cabo de un rato Avenarius rompió el silencio:
—¿Sobre qué estás escribiendo ahora?
—Es algo que no se puede contar.
—Qué pena.
—De pena nada. Es una ventaja. La época actual se lanza sobre todo lo que alguna vez fue escrito para convertirlo en películas, programas de televisión o imágenes dibujadas. Pero como la esencia de la novela consiste precisamente sólo en lo que no se puede decir más que mediante la novela, en cualquier adaptación no queda más que lo inesencial. Si un loco que todavía sigue escribiéndolas quiere hoy salvar sus novelas, tiene que escribirlas de tal modo que no se puedan adaptar o, dicho de otro modo, que no se puedan contar.
El no estaba de acuerdo:
Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas. ¡Puedo contar con el mayor placer, en cuanto me lo pidas, desde el principio hasta el final!
—Yo soy como tú y tampoco permito que nadie se meta con Alejandro Dumas —dije—. Pero lamento que casi todas las novelas que alguna vez se han escrito sean demasiado obedientes a la regla de la unidad de la acción. Quiero decir con eso que su base es una única cadena de actos y acontecimientos unidos por una relación causal. Esas novelas se parecen a una calle estrecha por la que alguien hace correr a latigazos a los personajes. La tensión dramática es la, verdadera maldición de la novela, porque lo convierte todo, incluidas las páginas más hermosas, incluidas las escenas y las observaciones más sorprendentes, en meros escalones que conducen al desenlace final, en el que está concentrado el sentido de todo lo que antecedía. La novela se consume en el fuego de su propia tensión como un fardo de paja.
—Al oírte —dijo con cautela el profesor Avenarius—, me temo que tu novela sea aburrida.
—¿Acaso todo lo que no sea una loca carrera en pos de un desenlace final es aburrido? Cuando masticas este magnífico muslo, ¿te aburres? ¿Tienes prisa por llegar al final? Al contrario, quieres que el pato penetre dentro de ti lo más lentamente posible y que su sabor no se acabe nunca. Una novela no debe parecerse a una carrera de bicicletas, sino a un banquete con muchos platos. Yo tengo ya unas ganas tremendas de empezar la sexta parte. En la novela aparecerá un personaje completamente nuevo. Y al final de esa parte se irá tal como vino y no quedará de él ni huella. No es la causa de nada y no producirá efecto alguno. Y eso es precisamente lo que me gusta. Será una novela dentro de la novela y la historia erótica más triste que jamás haya escrito. Hasta tú te vas a poner triste.
Avenarius permaneció un momento en silencio sin saber qué hacer y luego me preguntó amablemente:
—¿Y cómo se va a llamar esa novela tuya?
La insoportable levedad del ser.
—Creo que eso ya lo escribió alguien.
—¡Yo! Pero me equivoqué con el título. Tenía que haber sido para la novela que estoy escribiendo ahora.
Después nos callamos y nos concentramos en el sabor del vino y el pato."
 
Milan Kundera, La inmortalidad (pdf)

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