lunes, 1 de febrero de 2010

Experimento de Libet


 

Benjamin Libet (Chicago, Illinois, 12 de abril de 1916 - 23 de julio de 2007) es un neurólogo estadounidense. Posee reconocidos estudios y publicaciones en el área de filosofía, desarrollado en la Universidad de California. Es además, un científico pionero en el campo de la conciencia.
En los años 1970, Libet estuvo involucrado en los entudios de la actividad neural y la "sensación de umbral". Estas investigaciones iniciales determinaron cuánta activación en sitios específicos es requerida para desencadenar sensaciones artificiales (somática), confiando en procedimientos psicofísicos rutinarios. Esta investigación cayó entonces en un trabajo sobre la conciencia humana; su más famoso y controversial experimento demuestra que procesos eléctricos inconscientes (llamados potencial preparación) predecían decisiones conscientes de realizar actos por voluntad propia, así como actos espontáneos, implicando que los procesos neurológicos inconscientes precedían y potencialmente causaban actos por propia voluntad que son en retrospectiva sentidos en ser motivados conscientemente por el sujeto. (Wikipedia)



"(...)Benjamin Libet, fallecido el 23 de julio de 2007, había nacido en 1916 y era un investigador del Departamento de Fisiología de la Universidad de California en San Francisco. En la década de los 70 del siglo pasado, Libet y su grupo habían investigado los denominados umbrales de sensación; en concreto, el grado de activación que se precisaba en determinadas zonas del cerebro para provocar artificialmente excitaciones somáticas. Estos estudios le fueron conduciendo al campo de la conciencia y al diseño del experimento que le ha dado fama.
Libet y colaboradores se apoyaban en el descubrimiento por parte de Hans Helmut Kornhuber y Lüder Deecke en 19656 de lo que ellos habían denominado en alemán “Bereitschaftspotential”: “readiness potential”, en inglés, o potencial de preparación o disposición (PD), en castellano. El PD es un cambio eléctrico en determinadas áreas cerebrales que precede a la ejecución de una acción futura.
Diseñaron un experimento dirigido a conocer la relación temporal que existía entre el PD, la conciencia de la decisión de actuar y la ejecución del movimiento7. La pregunta a la que intentaban responder era la siguiente: ¿cuándo aparece el deseo consciente o la intención (de llevar a cabo una acción)?8
Para responder a la pregunta había que medir en qué momento preciso se generaban los PD, la conciencia del deseo de hacer un movimiento y la activación de los músculos efectores, de modo que permitiera secuenciarlos. Y para ello diseñaron un paradigma de exploración experimental. Los sujetos debían llevar a cabo un movimiento de la articulación de la muñeca en el momento en que sintieran el impulso de hacerlo. Para resolver el problema de la medición, los investigadores utilizaron un reloj, mucho más rápido que los normales, en el que un punto recorría la esfera entera en 2,6 segundos (unas veinticinco veces más rápido de lo normal). El sujeto podía señalar cuál era la posición del punto en el preciso momento en que era consciente del deseo de mover la articulación examinada.
Para comprobar la precisión del informe de los sujetos, llevaron a cabo unas pruebas. En ellas, el individuo se encontraba relajado y no realizaba ningún movimiento voluntario, sino que recibía un débil estímulo en la piel de una de sus manos. El estímulo era repetido al azar en diversas ocasiones y el sujeto debía señalar en qué momento, según el reloj diseñado, era consciente de aquél. La diferencia con respecto al tiempo real, que los observadores conocían, tenía un error tan sólo de unos 50 milisegundos.
Las personas sobre las que se realizó el experimento eran valorados mediante electroencefalograma con un electrodo situado en el cuero cabelludo, bien en la línea media del vértex craneal, bien en el lado izquierdo (sobre el hemisferio cerebral contrario a la mano que ejecutaba el movimiento, que es la que controla los movimientos d el lado derecho del cuerpo), es decir, aproximadamente sobre las cortezas motora y premotora que controlan los movimientos de la mano correspondiente. Los músculos activados de la extremidad eran examinados mediante un electromiograma. El momento en el que éstos se activaban se consideraba el tiempo exacto en la realización del movimiento voluntario.
La prueba se realizó en dos situaciones distintas. En unas ocasiones se medía la conciencia del deseo antes de haber dado la instrucción de “dejar al impulso llegar por sí mismo, espontáneamente” y en otras ocasiones, después de las explicaciones. Por lo tanto, en el primer caso cabía una cierta planificación, mientras que en el otro se trataba de decisiones no planeadas.
Para los sujetos en los que los movimientos eran espontáneos, sin una vaga planificación del momento de actuar, el inicio del PD era 550 milisegundos antes de la activación del músculo. Por su parte, la conciencia del deseo de actuar se daba sólo 200 milisegundos antes de la activación del músculo. Este valor era el mismo cuando los sujetos afirmaban haber planificado el movimiento sólo de un modo vago. Si corregimos con 50 milisegundos el error del informe de los sujetos, teniendo en cuenta el experimento de los estímulos en la piel, la conciencia del deseo de mover se da 150 milisegundos antes de la activación del músculo. Por lo tanto, resultaba claro que los procesos cerebrales que preparaban el movimiento voluntario comenzaban 400 milisegundos antes de la voluntad consciente de actuar. Para los grupos en que se daba una planificación, el PD comenzaba unos 1050 milisegundos antes de la activación de los músculos, pero la conciencia del deseo de actuar era, como en los otros, unos 200 milisegundos anterior a la activación del músculo. Pensaron que la fuente del PD obtenido era el área motora suplementaria de la corteza premotora, que se encuentra situada próxima a la línea media, junto al vértex craneal9. Libet y colaboradores concluyeron que “la secuencia del proceso volitivo ‘para actuar ahora’ puede aplicarse a todos los actos volitivos, independientemente de su espontaneidad o de la historia anterior de deliberaciones conscientes”10.
¿Qué conclusiones se pueden extraer de estos datos experimentales? Es preciso reconocer que, al menos a primera vista, resultan sorprendentes. Lo que uno esperaría es que el área motora suplementaria de la corteza premotora no se activara antes de ser consciente de que decidimos ejecutar un movimiento. Sin embargo, la secuencia temporal parece indicar que el cerebro prepara el movimiento antes de que seamos conscientes de decidirlo.
Antes de pasar a la discusión de algunas interpretaciones de estos experimentos, conviene notar que han recibido algunas críticas, también desde el punto de vista científico11. De todas formas, hay que reconocer que ninguna de ellas parece haber eliminado el consenso general acerca del valor de sus resultados. El mismo Libet respondió a algunas de estas críticas de modo directo12. Incluso, en cierta ocasión, señaló ese consenso acerca de la validez de su experimento, mencionando las revistas que han publicado sus resultados y los testimonios individuales de algunos importantes neurocientíficos, que no sólo los han aceptado, sino que los han alabado sus resultados junto con el ingenio experimental que revelan. A lo que añade este autor a modo de corolario: “Es interesante que la mayor parte de la críticas negativas a nuestros descubrimientos y a sus implicaciones proceda de filósofos y de otros con una experiencia insignificante en la neurociencia experimental del cerebro”13.
Es evidente que, para aquellos que pensaban que el cerebro es una mera máquina causal14, la noticia no causaba ninguna sorpresa. En su opinión, la conciencia no es relevante a la hora de explicar el movimiento. En todo caso, cabría aceptar que es generada por el cerebro como un producto de su actividad, pero sin que tenga capacidad de intervenir causalmente en él. Algunos, como Susan J. Blackmore, han llegado a afirmar: “muchos filósofos y científicos han afirmado que la voluntad libre es una ilusión. A diferencia de ellos, Benjamin Libet ha encontrado un modo de comprobarlo”15.
Ahora bien, no es ésta la postura de Libet: “La suposición –afirma– de que una naturaleza determinista del mundo físico observable (en la medida en que pueda ser verdadera) puede dar cuenta de las funciones y eventos conscientes subjetivos es una creencia especulativa, no una proposición probada científicamente” 16. Por su parte, el no determinismo, es decir, “la idea de que la voluntad consciente, en ocasiones, ejerce efectos que no están de acuerdo con la leyes físicas conocidas, es, por supuesto, también una creencia especulativa no probada”17.
De todos modos, Libet afirma que debemos reconocer la experiencia casi universal de que actuamos libremente, lo que proporciona una especie de evidencia prima facie de la tesis de que la voluntad consciente controla de modo causal algunos procesos cerebrales. Para justificar esta impresión, frente al dato aparentemente contrario que proporcionan sus experimentos, Libet sostiene que, aun una vez que el cerebro ha preparado el acto, todavía queda tiempo para ejercer un veto consciente que pueda detener el proceso evitando la acción muscular. De hecho los sujetos del experimento descrito explicaban que a veces aparecía un deseo consciente de actuar, pero que lo suprimían o vetaban. Hay que tener en cuenta que, en ausencia de señal eléctrica en el músculo, no se iniciaba la grabación del PD que había precedido al veto, de modo que no se grabó ningún PD de acciones vetadas18. De este modo, cabría suponer que hubo PD, pero que algo detuvo el curso de la acción. Libet asegura haber mostrado que es posible ejercer el veto en el intervalo de 100 o 200 milisegundos que precede a la ejecución del movimiento19.
Una objeción que se puede dirigir a esta tesis es que el acto de conciencia también necesita una preparación cerebral y que ésta puede ser inconsciente20. A esto Libet replica distinguiendo entre el acto de conciencia y su contenido: el acto de conciencia puede ser preparado, sin que por esta razón debamos admmitir que su contenido concreto lo sea21.
La tesis de Libet presupone, por tanto, que la conciencia puede ejercer un influjo causal sobre el cerebro. Pero ¿qué es la conciencia? Libet sostiene la posibilidad de que sea una propiedad emergente de determinados procesos del cerebro, cuyo funcionamiento responde a leyes propias, que no pueden ser reducidas a las leyes de las partes. En este punto, se apoya en la propuesta de Sperry, para quien los atributos de la conciencia, entendida como propiedad emergente, podían no ser perceptibles en las actividades neurales del sistema en que emerge, es decir, en el cerebro22. Es más, aunque este autor, como señala el mismo Libet, creía en un primer momento que el sistema obedecía a las leyes deterministas de la física, en sus últimos años aceptó que la mente consciente pue da controlar algunas funciones neuronales independientemente de las leyes físicas23. Libet ofrece su propia versión de esta teoría, proponiendo la existencia de un “campo mental consciente” (conscious mental field), capaz de unificar la experiencia generada por múltiples unidades neuronales. “Éste estaría también en condiciones de influir sobre ciertas actividades neuronales y de formar una base para la voluntad consciente”24.
El “campo mental consciente” sería un nuevo aspecto de la naturaleza. No sería “físico”, en el sentido de que no se puede acceder a él directamente con medio físicos externos, sino por medio de experiencia subjetiva interna. Esto no significa que no quepa una prueba experimental indirecta de su existencia. Es más, Libet propone incluso un experimento para obtenerla25.
Una vez expuestos los experimentos de Libet y colaboradores y la interpretación que da de ellos, puede ser conveniente enmarcar ambas en un contexto filosófico más amplio, que permita valorarlas adecuadamente. No se trata de ser exhaustivos, ni, por supuesto, de zanjar una cuestión compleja, sujeta a control experimental, y que, de hecho, se encuentra todavía sometida a debate. Sin embargo, es claro que estos experimentos y sus interpretaciones giran en torno a cuestiones que han sido abordadas por el pensamiento humano mucho antes de que lo fueran por la neurobiología experimental. En concreto, este debate suscita, al menos, dos problemas.(...)"




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