miércoles, 18 de noviembre de 2009

UN HOMBRE PERDIDO






Al salir, me perdí. Enseguida fue demasiado tarde para retroceder. Me hallaba en medio de una planicie. Y por todas partes circulaban grandes ruedas. Su tamaño era cien veces el mío. Y otras eran aún más grandes. Casi sin mirarlas, cuando se acercaban yo bisbieaba suavemente, como para mí mismo: “Rueda, no me
aplastes... Rueda, te lo suplico, no me aplastes... Rueda, por favor, no me aplastes.” Llegaban levantando un viento potente y volvían a partir. Yo temblaba. Desde hace meses así: “Rueda, no me aplastes... Rueda, esta vez tampoco me aplastes.” ¡Y nadie interviene! ¡Y nada puede detener esto! Permaneceré allí hasta mi muerte.


Henri Michaux, Antología poética (pdf).





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