lunes, 30 de noviembre de 2009

El idiota




Tercera parte

Uno



"A cada momento oímos quejas de que no tenemos hombres prácticos; de que sí tenemos, pongamos por ejemplo, muchos políticos y también muchos generales; de que hoy día se pueden encontrar cuantos directores de empresa se busquen, pero no hombres prácticos. Al menos el mundo se queja de que no los hay. Es más, se dice que no hay personal competente en algunas lineas férreas; al parecer, es de todo punto imposible crear un cuerpo administrativo más o menos aceptable en una compañía naviera. Se oye hablar de choques de trenes o del hundimiento de un puente en una línea férrea recién inaugurada; se lee que otro tren casi de vio obligado a invernar en una ventisquero; debía llegar a su destino en unas cuantas horas y permaneció enterrado en la nieve cinco días. En otro lugar, según cuentan, hay centenares y centenares de toneladas de mercancías que se echan a perder durante dos o tres meses antes de ser despachadas; y en otro sitio(aunque cuesta trabajo creerlo) un administrador, o sea,, un inspector cualquiera, ha “administrado” un puñetazo en la nariz al empleado de un comerciante que insistía en que diese salida a su mercancía; individuo que luego trató de disculpar su acción “administrativa” diciendo que había estado “un poco acalorado”. Hay, por lo visto, tantos cargos en la administración pública que hasta da grima pensar en ellos: todo el mundo es funcionario, ha sido funcionario o se propone ser funcionario. ¿Entonces por qué con tantos materiales no es posible formar una administración como Dios manda para una compañía naviera?


A ello se da a veces un explicación sumamente sencilla; tan sencilla que es difícil creer en ella. Es cierto -se dice- que aquí en Rusia todo el mundo es o ha sido funcionario, cosa que dura ya doscientos años según el modelo alemán más puro y que se trasmite de abuelos a nietos; pero lo que ocurre es que nuestros funcionarios son los más imprácticos del mundo. Las cosas han llegado al extremo de que hasta hace poco tiempo una mente abstracta y una falta de sentido practico han sido consideradas por los funcionarios mismos como las virtudes y recomendaciones más preciadas. Pero de hecho, no es de los funcionarios de quienes queríamos hablar, sino de los hombres prácticos. Y en cuanto a eso no hay duda alguna: la timidez y la carencia absoluta de iniciativa personal se han considerado entre nosotros desde tiempo atrás como el distintivo principal y más certero de un hombre práctico; y los son todavía. ¿Pero por qué acusarnos únicamente a nosotros mismos, suponiendo que en ello se vea motivo de acusación? En todas partes, por todo el universo y desde el principio de los siglos, la falta de originalidad ha sido considerada como la característica principal y la mejor recomendación del hombre de negocios, del hombre sensato y práctico; al menos el 99% de los hombres (como mínimo) han sido siempre de esa opinión, y sólo un 1% ha visto y ve todavía las cosas de otro modo.


Los inventores y los genios han sido siempre considerados como imbéciles al comienzo ( y muy a menudo al final) de sus carreras respectivas; ésta es una perogrullada ya bien conocida de todos. Si, por ejemplo, durante varias décadas todo el mundo ha depositado su dinero en una caja de ahorros municipal y en ella se han invertido millones al 4%, es evidente que cuando esa caja de ahorros deja de existir y todo el mundo tiene que apelar a su propia iniciativa, la mayor parte de esos millones se perderá irremisiblemente en especulaciones bursátiles y entre las manos de estafadores; y, por supuesto, de acuerdo con las exigencias de la moralidad y el decoro. Sí, señor, moralidad. Porque si hasta ahora una desconfianza moral y una decorosa falta de originalidad han sido entre nosotros, según el criterio general, las cualidades inequívocas del hombre sensato y respetable, sería demasiado indecoroso, por no decir que impúdico, cambiar las cosas así tan de repente. ¿Qué madre, por ejemplo, que ame tiernamente a su criatura no se asustaría y caería enferma de temor al ver a su hijo o a su hija salirse, siquiera una sólo una pulgada, del sendero trillado? “¡No, más vale que viva feliz y cómodo, aunque sea sin originalidad!”, será lo que piensa toda madre cuando mece a su rorro. Y también nuestras niñeras, desde tiempo inmemorial, duermen a sus criaturas repitiendo y canturreando “¡Vestido de oro, llegarás a general!” O sea que hasta para nuestras niñeras el grado de general es estimado en Rusia como el colmo de la fortuna y, por lo tanto, ha sido siempre el ideal más extendido de lo que en nuestro país se considera como una deleitosa y apacible felicidad. Y, hablando el planta, ¿quién que hubiera aprobado medianamente sus exámenes y servido en la administración durante treinta cinco no habría podido por fin llegar a general y acumular una suma de consideración en la caja de ahorros?. De este modo, casi sin esfuerzo, un ruso alcanza el nivel de hombre sensato y práctico. A decir verdad, en nuestro país el único hombre que no puede llegar a general es el hombre original o, dicho de otro modo, el hombre insatisfecho. Quizá haya en ello un error, pero en términos generales parece ser así, y nuestra sociedad tiene absoluta razón en definir de ese modo su ideal del hombre práctico.


Sin embargo, hemos divagado en demasía. Lo que pretendíamos era sólo facilitar algunas aclaraciones acerca de la familia Yepachin, ya de nosotros conocida. Estas gentes, o al menos los miembros más reflexivos de esta familia, padecían constantemente de un atributo común a casi todos ellos, diametralmente contrario a las virtudes a que venimos refiriéndonos hasta aquí. Sin comprender claramente por qué (ya que es difícil comprenderlo), sospechaban a veces que las cosas no sucedían en su familia como sucedían en otras. En otras familias reinaba una calma chicha, en la suya todo se volvían tormentas; otras gentes seguían la vía trazada, ellos se descarrilaban a cada instante. Otros son siempre moralmente tímidos; ellos no.(...)"


F.M. Dostoyevski, El idiota. (pdf)




No hay comentarios:

Publicar un comentario