jueves, 8 de octubre de 2009

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero II





¡Vista a la derecha!


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La señora S., una mujer inteligente de sesenta años, ha sufrido un grave ataque que afecta a las partes posteriores y más profundas del hemisferio cerebral derecho. Conserva plenamente la inteligencia... y el humor.
A veces se queja a las enfermeras de que no le han puesto el postre o el café en la bandeja. Cuando las enfermeras le explican: «Pero, señora S., lo tiene ahí, a la izquierda», parece no entender lo que le dicen, y no mira a la izquierda. Si tiene la cabeza ligeramente girada, de manera que resulte visible el postre para la mitad derecha intacta del campo visual, dice: «Vaya, pero si está ahí... pues antes no estaba». La señora S. ha perdido totalmente la noción de «izquierda», tanto por lo que se refiere al mundo como a su propio cuerpo. Se queja a veces de que las raciones son demasiado pequeñas, pero esto se debe a que sólo come de la mitad derecha del plato... no cae en la cuenta de que pueda haber también una mitad izquierda. A veces se pinta los labios y se maquilla la mitad derecha de la cara, olvidándose por completo de la izquierda: es casi imposible tratar estos problemas porque no hay modo de atraer su atención hacia ellos («Hemidesatención», ver Battersby 1956) y no tiene ni idea de que existan. Lo sabe intelectualmente, y puede comprenderlo, y reírse; pero le es imposible saberlo de una forma directa.
Al saberlo intelectualmente, al saberlo por deducción, ha elaborado estrategias para resolverlo. No puede mirar a la izquierda, directamente, no puede girar a la izquierda, así que lo que hace es girar a la derecha... y hacer un círculo completo. Por eso solicitó, y se le facilitó, una silla de ruedas giratoria. Y ahora, si no puede encontrar algo que sabe que debería estar, gira a la derecha, haciendo un círculo, hasta que lo ve. Este procedimiento le parece notablemente práctico si no puede hallar el café o el postre. Si la ración le parece demasiado pequeña, se gira a la derecha, mirando en esa misma dirección, hasta que se hace visible la mitad que faltaba, entonces se la come, o se come más bien la mitad, y siente menos hambre que antes. Pero si aún tiene hambre, o piensa en el asunto y se da cuenta de que quizás haya visto sólo la mitad de la mitad perdida, realiza una segunda rotación hasta que ve el cuarto restante, y lo bisecciona de nuevo también. Suele bastar con esto (si echamos cuentas, se habrá comido ya las siete octavas partes de su ración) pero si lo considera necesario, si se siente particularmente hambrienta u obsesionada, da una tercera vuelta y se asegura otra dieciseisava parte de la ración (dejando en el plato, desde luego, el dieciseisavo restante, el de la izquierda).
—Es absurdo —dice—. Es como la flecha de Zenón... nunca acabo de llegar. Puede parecer raro, pero ¿qué otra cosa puedo hacer, dadas las circunstancias?
En principio da la impresión de que le sería muchísimo más fácil girar el plato que girarse ella. La señora S. está de acuerdo en eso, y lo ha intentado... o intentó intentarlo, por lo menos. Pero le resulta absurdamente difícil, no es algo que se produzca de modo natural, mientras que girar en la silla lo es, porque su mirada, la atención, los impulsos y movimientos espontáneos, están así dirigidos todos, exclusiva e instintivamente, hacia la derecha.
A la señora S. le resultaban particularmente desagradables las burlas de que la hacían objeto cuando aparecía con sólo la mitad de la cara maquillada, el lado izquierdo absurdamente vacío de carmín y de colorete.
—Yo miro en el espejo —decía— y pinto todo lo que veo.
¿No sería posible, nos preguntamos, que tuviese un «espejo» con el que pudiese ver el lado izquierdo de la cara por la derecha? Es decir, tal como la vería otra persona situada delante de ella. Probamos un sistema de video, con la cámara y el monitor enfocados hacia ella y los resultados fueron chocantes y extraños. Utilizando como «espejo» la pantalla de video, veía el lado izquierdo de la cara a la derecha, una experiencia desconcertante hasta para una persona normal (como muy bien sabe todo el que haya intentado afeitarse utilizando una pantalla de video), y doblemente desconcertante, inquietante, para ella, porque para la señora S. el lado izquierdo de su rostro y de su cuerpo, el que veía ahora, no le transmitía ninguna sensación, no tenía para ella existencia, debido al ataque.
—¡Quítenme eso de ahí! —gritó, muy alterada y desconcertada, así que no investigamos más por esa vía. Es una lástima porque, como plantea también R. L. Gregory, esas formas de retroacción videográfica podrían ser muy fructíferas para estos pacientes con hemidesatención y extinción del hemicampo izquierdo. El asunto es tan desconcertante físicamente, metafísicamente incluso, que sólo la experimentación nos puede guiar.
Postdata
Los ordenadores y los juegos informáticos (no asequibles en 1976, cuando yo trataba a la señora S. ) pueden ser también de incalculable valor para pacientes con olvido unilateral en el control de la mitad «perdida», o para enseñarles a hacerlo por sí solos; yo he hecho recientemente (1986) un corto sobre este asunto.
En la primera edición de este libro no pude aludir a una obra muy importante que se publicó casi simultáneamente: Principies of Behavioral Neurology (Filadelfia, 1985), del que es compilador M. Marsel Mesulam. No puedo evitar la tentación de incluir aquí la elocuente formulación del «olvido» que hace Mesulam:
Cuando el olvido es grave, el paciente puede actuar casi como si hubiese dejado de existir súbitamente en cualquier forma significativa una mitad del universo... Los pacientes con olvido unilateral actúan no sólo como si no pasase nada en realidad en el hemiespacio izquierdo, sino también como si no pudiese esperarse que fuese a suceder algo importante allí.



Oliver Sacks
, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. (Pdf)

oliversacks.com




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