miércoles, 7 de octubre de 2009

E. M. Cioran








"La mínima variación atmosférica pone en entredicho mis proyectos, por no decir mis convicciones. Esta forma de dependencia, la más humillante que existe, no deja de deprimirse disipando al mismo tiempo las pocas ilusiones que me quedaban sobre mis posibilidades de ser libre, o, sencillamente, sobre la libertad. ¿De qué sirve pavonearse si se está a merced de lo Húmedo y de lo Seco? Se desearía una esclavitud menos lamentable y dioses de otra ralea".


Mi incapacidad para coincidir con aquel que soy aumenta día tras día el intervalo que me separa de las cosas; a decir verdad, es la causa de que se opere en mí un constante engorde, una generación de intervalos.

En filosofía y en todo, la originalidad se reduce a las definiciones incompletas. Todo punto de vista original es un punto de vista parcial, y voluntariamente insuficiente.

Sensaciones de asesino elegíaco.

Renunciar a todo, incluso al papel de espectador.

Mi humor constantemente sombrío viene de mi incapacidad de trabajar, del espectáculo de mis días desperdiciados, de la atmósfera de remordimientos difusos en que vivo. Soy infiel a la imagen que de mí mismo me he hecho, he traicionado y destruido todas las esperanzas que había depositado en mí.

De nuevo un resfriado. ¡Seis meses al año resfriado! Fenomenología del constipado..., bonito título para una tesis doctoral.
No tengo dolor de cabeza, sino algo mejor: una pesadez constante sobre el cerebro, una nota fúnebre sobre el espíritu.

No creo que haya nadie más intrínsecamente sólo que yo.

Poseo algo más que talento, tengo el instinto de la nostalgia.

La nostalgia..., bálsamo y veneno de mis días. Me disuelvo literalmente en otra parte. Sabe Dios tras qué paraíso ando suspirando. Poseo la melodía, el ritmo del Excluido, y paso el tiempo tarareando mi desconcierto y mi exilio terrenal.

Si el dolor es la esencia de la existencia, ¿cómo explicar que tan pocos consigan librarse y que la búsqueda de la salud sea tan rara? La esencia de la existencia es el apego a la existencia, por así decirlo la existencia misma. Que este cariño lleve en última instancia al dolor, cada cual lo decide sin querer sacar sus consecuencias. En el fondo, el grito de la humanidad es: “¡Antes el dolor que la liberación!”. Es porque el dolor es todavía existencia, mientras que la liberación no es más que una felicidad vacía.

Nadie en Occidente se atreve a hablar como de una evidencia del “abismo del nacimiento”, expresión que encuentro a menudo en los escritos budístas. Sin embargo, el nacimiento más que un abismo es un precipicio.

La inocencia, la inocencia..., no se puede vivir sin inocencia.

Cuando no se cree en el amor, todavía es posible amar, del mismo modo que se puede combatir sin convicciones. Sin embargo, tanto en uno como en el otro caso, algo se ha roto. Un edificio en el que la fisura tiene algo de estilo.

En una época en que era capaz de explosiones líricas, creí saber lo que era la desesperación; pero, a decir verdad, cuando lo he sabido realmente es después de caer en esta triste y fría sequía, en esta horrible vacación de todas mis facultades, en la perfecta nada de mi ser entero.

Desde hace algunos días me atormenta un motete de Bach, “Jesu, meine Freude”, escuchado en Saint-Severin. La música vuelve a contar en mi vida, señal siempre de un imperioso deseo de consuelo.

Es inútil querer deshacerse de una costumbre por la voluntad; es el punto de saturación, el disgusto y la exasperación los que permiten desacostumbrarse. No se vence hasta que no se odia..., después de haber amado.
... Si yo persisto en lo mismo, es porque mi horror por este mundo es insuficiente y para nada sincero.

La tristeza, que ha devenido en mi en un estado permanente, es el gran obstáculo para mi “salud”. Y en tanto que dura y no logro librarme de ella, me deja clavado a las miserias de aquí abajo. Pues tal es la paradoja de la tristeza, que nos hunde en este mundo en la misma medida en que nos separa de él. Se complace tanto en el desgarrón como en el desconsuelo.

En este universo donde la vida está manchada.

Este tiempo que pasa, que se deshilacha ante mi mirada, y que no lleno con nada como no sea con mi remordimiento..., el remordimiento de no hacer nada. La desgarradora consciencia de mi inutilidad es mi único contenido positivo. El trasfondo de mi remordimiento..., una mezcla de miedo y vergüenza.

El empeño de Lucrecio por demostrar que el alma es mortal, el encono de Lutero contra la libertad..., habría que buscar qué razones hay por debajo. Voluntad de autodestrucción, apetito de humillación. Adoro toda forma de violencia contra uno mismo.

Oído en el mercado. Dos viejas marujas en el momento en que están despidiéndose, una de ellas dice a la otra: “Para estar tranquila, no hay que salirse de la vida normal”.

No se acerca a la esencia del Tiempo más que quien sabe desperdiciarlo. El hombre sin utilidad alguna.

Diferir el encuentro con lo irreparable.

Todo lo que pienso, todo lo que escribo está impregnado de una terrible monotonía. No sabría ser de otra forma: la idea de que hemos sido todos proyectados a un universo fallido vuelve a mí como una obsesión.

“Aunque todas las montañas estuvieran en los libros, y todos los lagos en el tintero, y todos los árboles en las plumas, nada de esto sería suficiente para describir todo el dolor del mundo” (Jakob Böhme).

Estoy sólo en la terraza, extasiado al sol; de golpe, la idea de que todo acaba sobre la tierra, en plena podredumbre, me deja helado. La muerte es inadmisible.
La inconveniencia de morir...

Mi fuerza consiste en no haber encontrado respuesta a nada.

Llevo exactamente tres meses volviendo a posponer sucesivamente para el día siguiente el comienzo de un trabajo preciso. Pero es que realmente no puedo empezar. He desaprendido a escribir, y todas las palabras me rehuyen. Estoy fuera de las lenguas, de todas las lenguas.

Entrar en el sueño como en un matadero.

No tiene límites la experiencia propia del horror. Caer cada vez más bajo..., en el infinito negativo del alma.

A mis ojos, toda soledad es demasiado pequeña, incluso la de la Vacío, incluso la de Dios. Qué terrible exigencia se ha insinuado en mis nostalgias.

Obtenía una gran vanidad de la ventaja de ser desconocido.

2 de septiembre. A las 4 de la madrugada. Imposible dormir.. Todo me sienta mal. ¡Mi cuerpo! Acabo de salir de la terraza: me parece que es la primera vez que contemplo de ese modo las estrellas, sin nostalgia ni esperanza alguna. Sensación absoluta de no querer pensar, por miedo sin duda a reflexionar sobre el drama que viven mis huesos, prestos seguramente a romperse para siempre con el nuevo día.

Siempre he estado, en lo que llevo vivido, enamorado del mal tiempo. Las nubes me tranquilizan; cuando, al levantarme, las veo pasar desde mi cama me siento con fuerzas para afrontar la jornada. Nunca he podido acostumbrarme al sol; carezco de la suficiente luz en mi interior como para poder llegar a un acuerdo con él. No hace otra cosa que despertarme, que remover mis tinieblas. Diez días soleados me ponen en un estado cercano a la locura.

Todo me invita a abandonar la partida, pero no quiero, me he empeñado.

Una piedad delirante: puedo imaginarme hasta los sufrimientos de un mineral.

Todo el “misterio” de la vida reside en tenerle apego, en esa obnubilación casi milagrosa que nos impide discernir nuestra precariedad de nuestras ilusiones.



Emil Mihai Cioran







Sobre cioran

[...]
«¿Cómo era su vida cotidiana?, ¿qué le gustaba hacer?

»Le gustaba mucho andar. Andar representaba una especie de terapia para él. Tenía accesos súbitos de depresión, de angustia, y la única forma de salir de ellos era escribir, leer o pasear a cualquier hora del día o de la noche. Le gustaba pasear por el parque de Luxemburgo. [...] Yo, de noche, no lo acompañaba. Me quedaba durmiendo en casa. Después de cenar, se ponía el abrigo y decía: "hasta mañana"».

SIMONE BOUÉ


Documental sobre Cioran: "Un siècle d'écrivains"(megaupload)




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