miércoles, 8 de julio de 2009

La lentitud




"¿Por qué habrá desaparecido el placer de la lentitud? Ay, ¿dónde estarán los paseantes de antaño? ¿Dónde estarán esos héroes holgazanes de las canciones populares, esos vagabundos que vagan de molino en molino y duermen al raso? ¿Habrán desaparecido con los caminos rurales, los prados y los claros, junto con la naturaleza? Un proverbio checo define la dulce ociosidad mediante una metáfora: contemplar las ventanas de Dios. Los que contemplan las ventanas de Dios no se aburren; son felices. En nuestro mundo, la ociosidad se ha convertido en desocupación, lo cual es muy distinto: el desocupado está frustrado, se aburre, busca constantemente el movimiento que le falta.
Miro por el retrovisor: siempre el mismo coche que no consigue adelantarme por culpa del tráfico en sentido contrario. Al lado del conductor va una mujer; ¿por qué el hombre no le cuenta algo gracioso?, ¿por qué no descansa una mano en su rodilla? En lugar de eso, maldice al automovilista que, delante de él, no avanza lo bastante rápido; tampoco la mujer piensa en tocar al conductor con la mano, conduce mentalmente con él, y ella también me maldice."

"Hay un vínculo secreto entre la lentitud y la memoria, entre la velocidad y el olvido. Evoquemos una situación de lo más trivial: un hombre camina por la calle. De pronto, quiere recordar algo, pero el recuerdo se le escapa. En ese momento, mecánicamente, afloja el paso. Por el contrario, alguien que intenta olvidar un incidente penoso que acaba de ocurrirle acelera el paso sin darse cuenta, como si quisiera alejarse rápido de lo que, en el tiempo, se encuentra aún demasiado cercano a él.
En la matemática existencial, esta experiencia adquiere la forma de dos ecuaciones elementales: el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria; el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido"...

..."Ahora bien, prefiero invertir esta afirmación y decir: nuestra época está obsesionada por el deseo de olvidar y, para realizar ese deseo, se entrega al demonio de la velocidad; acelera el paso porque quiere que comprendamos que ya no desea que la recordemos; que está harta de sí misma; asqueada de sí misma; que quiere apagar la temblorosa llamita de la memoria".


"En el lenguaje corriente, la noción de hedonismo designa una inclinación amoral hacia la vida gozosa, cuando no viciosa. Es inexacto, por supuesto: Epicuro, el primer gran teórico del placer, comprendió la vida dichosa de un modo en extremo escéptico: siente placer aquel que no sufre. Así pues, es el sufrimiento la noción fundamental del hedonismo: se es feliz en la medida en que no se sufre; y, como los placeres traen muchas veces más desgracia que felicidad, Epicuro sólo recomienda placeres prudentes y modestos. La sabiduría epicúrea tiene un trasfondo melancólico: arrojado a la miseria del mundo, el hombre comprueba que el único valor evidente y seguro es el placer que él mismo puede sentir, por pequeño que sea: un sorbo de agua fresca, una mirada hacia el cielo (hacia las ventanas de Dios), una caricia.
Modestos o no, los placeres pertenecen tan sólo al que los siente, y un filósofo, con razón, podría reprocharle al hedonismo su fundamento egoísta. No obstante, a mi entender, el talón de Aquiles del hedonismo no es el egoísmo, sino su carácter (¡oh, ojalá me equivoque!) desesperadamente utópico: en efecto, dudo que el ideal hedonista pueda realizarse; temo que la vida que nos recomienda no sea compatible con la naturaleza humana.
El siglo XVIII, en su arte, arrancó los placeres de las brumas de las prohibiciones morales; dio lugar a la actitud que llamamos libertina y que emana de los cuadros de Fragonard, de Watteau, de las páginas de Sade, de Crébillon hijo o de Duelos. Por eso mi joven amigo Vincent adora ese siglo y, si pudiera, llevaría en la solapa una insignia con el perfil del marqués de Sade. Comparto su admiración, pero añado (sin ser realmente escuchado) que la verdadera grandeza de ese arte no consiste en una propaganda cualquiera del hedonismo, sino en su análisis. Por eso considero Las amistades peligrosas de Choderlos de Lacios como una de las más grandes novelas de todos los tiempos.
Sus personajes no se ocupan de otra cosa que de la conquista del placer. No obstante, poco a poco el lector comprende que les tienta más la conquista que el placer. Que no es el deseo de placer, sino el deseo de vencer el que lleva la batuta. Lo que en un principio parece un juego alegremente obsceno se convierte imperceptiblemente en una lucha a vida o muerte. Pero ¿qué tiene en común la lucha con el hedonismo? Escribió Epicuro: «El hombre sabio no busca actividad alguna relacionada con la lucha».
La forma epistolar de Las amistades peligrosas no es un simple procedimiento técnico que pudiera ser reemplazado por otro. Esta forma es elocuente en sí misma y nos dice que todo lo que han vivido los personajes lo han vivido para contarlo, transmitirlo, comunicarlo, confesarlo, escribirlo. En semejante mundo en el que todo se cuenta, el arma más fácilmente accesible y a la vez más mortal es la divulgación. Valmont, el protagonista de la novela, dirige a la mujer a la que ha seducido una carta de ruptura que acabará con ella; ahora bien, es su amiga, la marquesa de Merteuil, la que se la ha dictado palabra por palabra. Más tarde, la misma Merteuil, por venganza, enseña una carta confidencial de Valmont a su rival; éste le retará a un duelo en el que Valmont perderá la vida. Después de su muerte, se divulgará la correspondencia íntima entre él y Merteuil, y la marquesa acabará sus días despreciada, acosada y desterrada.
Nada en esta novela permanece en exclusivo secreto entre dos seres; todo el mundo parece encontrarse en el interior de una concha sonora donde cada palabra apenas susurrada resuena, ampliada, en múltiples e interminables ecos. Cuando era pequeño me decían que, si me acercaba una concha a la oreja, oiría el murmullo inmemorial del mar.
Así es como en el mundo laclosiano cualquier palabra pronunciada sigue siendo audible para siempre. ¿Es eso el siglo XVIII? ¿Es eso el paraíso del placer? ¿O es que el hombre, sin darse cuenta, vive desde siempre en semejante concha resonante? En todo caso, una concha resonante no es el mundo de Epicuro, quien ordena a sus discípulos: «¡Vivirás oculto!»."

"Ser elegido es una noción teológica que quiere decir: sin mérito alguno, mediante un veredicto sobrenatural, mediante una voluntad libre, cuando no caprichosa, de Dios, se es elegido para algo excepcional y extraordinario. De esta convicción han sacado los santos la fuerza para soportar los suplicios más atroces. Las nociones teológicas se reflejan, como su propia parodia, en la trivialidad de nuestras vidas; cada uno de nosotros sufre (más o menos) con la bajeza de su vida demasiado corriente y desea huir de ella y elevarse. Cada uno de nosotros ha conocido la ilusión (más o menos fuerte) de ser digno de esa elevación, de estar predestinado y ser elegido para ella.
El sentimiento de haber sido elegido está presente, por ejemplo, en cualquier relación amorosa. Porque el amor, por definición, es un regalo no merecido; ser amado sin mérito es incluso la prueba de un amor verdadero. Si una mujer me dice: te quiero porque eres inteligente, porque eres honrado, porque me compras regalos, porque no vas con mujeres, porque lavas los platos, me decepciona; ese amor tiene todo el aspecto de ser algo interesado. Cuánto más hermoso es oír: estoy loca por ti aunque no seas ni inteligente, ni honrado, aunque seas mentiroso, egoísta y sinvergüenza.
Tal vez sea en la cuna cuando el hombre conoce por primera vez la ilusión de haber sido elegido, gracias a los cuidados maternales que recibe sin mérito y que por ello reivindica aún con mayor energía. La educación debería liberarle de esta ilusión y hacerle comprender que todo en la vida se paga. Pero a veces es demasiado tarde. Sin duda usted habrá visto alguna vez a una niña de unos diez años que, para imponer su voluntad a sus compañeras, de golpe, sin argumentos, dice en voz alta con inexplicable orgullo: «Porque te lo digo yo»; o «porque lo quiero yo». Se siente elegida. Pero un día dirá «porque lo quiero yo» y el mundo a su alrededor estallará en una carcajada. ¿Qué puede hacer el que se siente elegido para probar su elección, para creerse a sí mismo y hacer creer a los demás que no pertenece a la común vulgaridad?
En este punto es cuando la época basada en la invención de la fotografía acude en su ayuda con sus stars, sus bailarines, sus celebridades, cuya imagen, proyectada en una inmensa pantalla, es visible de lejos para todos, admirada por todos, y para todos inaccesible. Mediante una fijación adoradora por la gente famosa, el que se considera elegido manifiesta públicamente su pertenencia a lo extraordinario así como su distancia con respecto al vulgo, o sea, concretamente, con respecto a vecinos, colegas, compañeros con los que él está obligado (ella está obligada) a convivir.
Así pues, la gente famosa se ha convertido en una institución pública, al igual que las instalaciones sanitarias, la seguridad social, los seguros, los manicomios. Sin embargo, sólo es útil si permanece inaccesible. Cuando alguien quiere confirmar su condición de elegido mediante una relación directa, personal, con alguien célebre, corre el riesgo de ser rechazado como lo fue la periodista enamorada de Kissinger. Este rechazo, en el lenguaje teológico, se llama caída. Por eso la periodista enamorada de Kissinger habla en su libro explícitamente, y con razón, de su amor «trágico», porque una caída, por mucho que Goujard se lo tome a broma, es trágica por definición.
Hasta el momento en que comprendió que estaba enamorada de Berck, Immaculata había vivido la vida de la mayoría de las mujeres: algunas bodas, algunos divorcios, algunos amantes que le brindaban una decepción tan constante como apacible y casi placentera. El último de ellos la quiere especialmente; ella lo soporta mejor que a los demás no sólo porque es sumiso, sino también porque es útil: es un cámara que, cuando ella empezó a trabajar en la televisión, la ayudó mucho. Es un poco mayor que ella, pero parece un eterno estudiante postrado en adoración ante ella; la encuentra la más guapa, la más inteligente y (sobre todo) la más sensible de todas.
La sensibilidad de su bienamada es para él como un paisaje de pintor romántico alemán: sembrado de árboles con formas inimaginablemente retorcidas, y, sobre él, un cielo lejano y azul, la morada de Dios; cada vez que entra en ese paisaje, siente el irresistible deseo de caer de rodillas y permanecer allí como ante un milagro divino."

"Y es que todos los gestos, además de su función práctica, poseen un significado que va más allá de la intención de aquellos que los ejecutan; el gesto de alguien en traje de baño que se tira al agua es de alegría, pese a la eventual tristeza del que se zambulle. Cuando alguien se tira al agua vestido es muy distinto: sólo se tira vestido al agua el que quiere ahogarse; y el que quiere ahogarse no se tira de cabeza; se deja caer: así lo requiere el idioma inmemorial de los gestos. Por eso Immaculata, aunque sea una excelente nadadora, no ha podido, con su hermoso vestido, tirarse al agua más que de una manera lamentable.
Sin razón razonable alguna se encuentra ahora en el agua; está allí, sometida a su gesto, cuyo significado llena poco a poco su alma; se siente vivir su suicidio, su ahogo, y todo lo que haga a partir de ese momento no será sino baile, una pantomima mediante la cual su gesto trágico prolongará su mudo discurso:"


Milan Kundera, La lentitud.

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