jueves, 16 de julio de 2009

El doble


“Se le erizó el cabello y se desplomó exánime del horror que sentía. ¿Y cómo no?. El Señor Goliadkin. Había reconocido enteramente a su amigo nocturno. Su amigo nocturno no era otro que él mismo, el propio Señor Goliadkin, otro Señor Goliadkin, pero absolutamente idéntico a él… En una palabra, su doble”. (Ibd Dostoievski).-


Capítulo I


Faltaba poco para las ocho de la mañana cuando Yakov
Petrovich Goliadkin, funcionario con la baja categoría de
consejero titular, se despertó después de un largo sueño,
bostezó, se desperezó y al fin abrió los ojos de par en par.
Durante unos instantes, sin embargo, permaneció inmóvil en la
cama como si no estuviese aún seguro de estar despierto o de
seguir durmiendo, de si lo que acontecía en torno suyo era, en
efecto, parte de la realidad o sólo prolongación de sus
alborotados sueños. Pronto, no obstante, los sentidos del señor
Goliadkin empezaron a registrar con mayor claridad y precisión
sus impresiones cotidianas y habituales. Familiarmente le
miraban las paredes verdosas de su pequeña habitación,
cubiertas de hollín y mugre, la cómoda de caoba legítima, las
sillas de caoba de imitación, la mesa pintada de rojo, el diván
tapizado de hule rojizo salpicado de repulsivas flores verdes y,
por último, el traje que se había quitado a toda prisa la noche
antes y había arrojado al buen tuntún en el diván. Finalmente, el
día otoñal, gris, opaco y sucio, le atisbaba por la grasienta
ventana con tan mal humor y mueca tan torcida que el señor
Goliadkin ya no podía de modo alguno dudar que se hallaba no
en un remoto país de maravillas, sino en la ciudad de
Petersburgo, en la capital, en la calle Shestilavochnaya, en el
cuarto piso de una vasta casa de vecindad, en su propio
domicilio. Una vez hecho descubrimiento tan importante, el señor
Goliadkin cerró estremecido los ojos como añorando el reciente
sueño y deseando volver a captarlo siquiera por un instante. Pero
un momento después saltó de la cama, probablemente por haber
dado al cabo con la idea en torno a la cual venían girando sus
dispersos y agitados pensamientos. Después de saltar de la cama
fue corriendo a mirarse en un espejito redondo que tenía sobre la
cómoda. Aunque la imagen soñolienta, miope y medio calva que
en él se reflejó tenía tan poco de particular que, a primera vista,
apenas llamaría la atención, su dueño pareció quedar plenamente
satisfecho de lo que vio en el espejo.
—Tendría gracia —dijo a media voz el señor Goliadkin— que
no estuviese hoy como Dios manda, que me hubiese ocurrido
algo fuera de lo común, por ejemplo, que me hubiera salido un
grano o algo desagradable por el estilo. Sin embargo, de
momento no tengo mala cara. Por ahora todo va bien.
Gozoso de que todo fuera bien, el señor Goliadkin volvió el
espejo a su sitio y, no obstante estar descalzo y llevar la ropa en
que de ordinario dormía, corrió a la ventana y se puso a buscar
algo en el patio con gran interés. Al parecer lo que buscaba
también le satisfizo por completo, pues su rostro brilló con una
sonrisa de contento. Seguidamente —pero echando primero un
vistazo al cuchitril que tras el tabique ocupaba su criado
Petrushka y cerciorándose de que éste no estaba allí— fue de
puntillas a la mesa, abrió con llave uno de los cajones, rebuscó
en el último rincón, sacó de debajo de unos papeles amarillentos
y otra basura por el estilo una cartera verde muy raída, la abrió
con cuidado y miró con cautela y deleite en el más recóndito de
sus compartimentos. Probablemente el paquete de billetes
verdes, azules, rojos y multicolores que contenía miró también al
señor Goliadkin con afabilidad y aprobación. Con cara radiante,
éste puso la cartera abierta en la mesa y se restregó vigorosamente
las manos en señal de profunda satisfacción. Sacó por
fin su reconfortante fajo de billetes y, por centésima vez desde la
víspera, se puso a contarlos, frotando minuciosamente cada uno
de ellos entre el índice y el pulgar.
—¡Setecientos cincuenta rublos en billetes! —dijo al cabo con
voz que parecía un murmullo—. ¡Setecientos cincuenta rublos!...
¡Notable suma! ¡Agradable suma! —prosiguió con voz trémula y
algo debilitada por el gozo, apretujando entre sus manos el fajo y
sonriendo con intención—. ¡Una suma muy agradable! ¡Agradable
para cualquiera! ¡A ver quién no la juzga así! Con una suma
como ésta puede uno ir muy lejos...


Fiódor Mijáilovich Dostoyevski


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