jueves, 18 de junio de 2009

La señora Dalloway II





"Al dejar el broche sobre la mesa, sintió un súbito espasmo, como si, mientras meditaba, las heladas garras hubieran tenido ocasión de clavarse en ella. Todavía no era vieja. Acababa de entrar en su quincuagésimo segundo año. Le quedaban meses y meses de aquel año, intactos. ¡Junio, julio, agosto! Todos ellos casi enteros, y, como si quisiera atrapar la gota que cae, Clarissa (acercándose a la mesa de vestirse) se sumió en el mismísimo corazón del momento, lo dejó clavado, allí, el momento de esta mañana de junio en la que había la presión de todas las otras mañanas, viendo el espejo, la mesilla, y todos los frascos, concentrando todo su ser en un punto (mientras miraba el espejo), viendo la delicada cara rosada de la mujer que aquella misma noche daría una fiesta, de Clarissa Dalloway, de sí misma.
¡Cuántos millones de veces había visto su rostro y siempre con la misma imperceptible contracción! Oprimía los labios, cuando se miraba al espejo. Lo hacía para dar a su cara aquella forma puntiaguda. Así era ella: puntiaguda, aguzada, definida. Así era ella, cuando un esfuerzo, una invitación a ser ella misma, juntaba las diferentes partes—sólo ella sabía cuán diferentes, cuán incompatibles—, y quedaban componiendo ante el mundo un centro, un diamante, una mujer que estaba sentada en su sala de estar y constituía un punto de convergencia, un esplendor sin duda en algunas vidas aburridas, quizás un refugio para los solitarios; había ayudado a gente joven que le estaba agradecida. Había intentado ser siempre la misma, no mostrar jamás ni un signo de sus otras facetas, deficiencias, celos, vanidades, sospechas, cual esta de Lady Bruton que no la había invitado a almorzar; lo cual, pensó (peinándose por fin), ¡era de una bajeza sin nombre! Bueno, ¿y dónde estaba el vestido?
Sus vestidos de noche colgaban en el armario. Clarissa hundió la mano en aquella suavidad, descolgó cuidadosamente el vestido verde y lo llevó a la ventana. Estaba rasgado. Alguien le había pisado el borde de la falda. En la fiesta de la embajada había notado que el vestido cedía en la parte de los pliegues. A la luz artificial el verde brillaba, pero ahora, al sol, perdía su color. Lo arreglaría ella misma. Las criadas tenían demasiado trabajo. Se lo pondría esta noche. Cogería las sedas, las tijeras, el —¿qué?—el dedal, naturalmente,
y bajaría a la sala de estar, porque también tenía que escribir, y vigilar para que todo estuviera más o menos en orden.
Es raro, pensó deteniéndose en lo alto de la escalera y reuniendo aquella forma de diamante, aquella persona unida, es raro el modo en que la dueña de una casa conoce el instante por el que la casa pasa, su humor del momento. Leves sonidos se elevaban en espiral por el hueco de la escalera: el murmullo de un paño mojado, un martilleo, golpes con la mano, cierta sonoridad cuando la puerta principal se abría, tintineo de la plata sobre una bandeja. Plata limpia para la fiesta. Todo era para la fiesta."


"Dio media vuelta; recorrió la calle, pensando en encontrar un lugar en el que sentarse, hasta que llegara el momento de ir a Lincoln's Inn, al despacho de los señores Hooper y Grateley. ¿A dónde iría? Poco importaba. Calle arriba, y luego hacia Regent's Park. Al chocar sus botas contra el pavimento decían "poco importa", porque era temprano, todavía muy temprano.
Era una espléndida mañana. Como el pulso de un corazón perfecto la vida latía directamente en las calles. No había vacilaciones, no había dudas. Deslizándose, con una leve inclinación de su trayectoria, con exactitud, puntualmente, en silencio, allí, precisamente en el momento oportuno, el automóvil se detuvo ante la puerta. La muchacha, con medias de seda, con plumas, evanescente, pero no muy atractiva para él (que ya había gozado su buen momento), descendió. Admirables mayordomos, leonados perros chinos, salones de losas trapezoidales blancas y negras, blancas cortinas agitadas por el viento, vio Peter por la puerta abierta, y lo que vio mereció su aprobación. A fin de cuentas, Londres era un gran logro, a su manera; la temporada social; la civilización. Por pertenecer a una respetable familia angloindia que, por lo menos durante tres generaciones, había administrado los asuntos de un continente (es raro, pensó, que esto suscite en mí tanta emoción, si tenemos en cuenta que no me gusta la India, ni el imperio, ni el ejército), había ciertos momentos en que la civilización, incluso esa clase de civilización, le era tan querida como si fuese una posesión personal, momentos en los que estaba orgulloso de Inglaterra, de los mayordomos, de los perros chinos, de las muchachas en la seguridad de la riqueza. Es ridículo, pensó, pero así es. Y los médicos y los hombres de negocios y las competentes mujeres, yendo cada cual a sus asuntos, puntuales, atentos, robustos, le parecían totalmente admirables, buenas gentes a las que podía confiar la propia vida, compañeros en el arte de vivir, dispuestos a ayudarle a uno. Realmente, entre una cosa y otra, el espectáculo era muy tolerable; se sentaría a la sombra y fumaría."
"A fin de cuentas, no iba a casarse con Hugh. Tenía una idea perfectamente clara de lo que quería. Sus emociones estaban todas en la superficie. Por debajo de ellas, Clarissa era muy aguda, juzgaba mejor que Sally el modo de ser de la gente, por ejemplo, y además era hondamente femenina; estaba dotada de este extraordinario don, don de mujer, consistente en crear un mundo suyo doquiera estuviera. Entraba en una estancia; estaba en pie, cual a menudo Peter Walsh la había visto, bajo el dintel de una puerta, con mucha gente a su alrededor. Pero era a Clarissa a quien uno recordaba. Y no era llamativa; en modo alguno era hermosa; nada pintoresco había en ella; nunca decía nada destacadamente inteligente; sin embargo, allí estaba ella; allí estaba."

"Sin embargo, cosa rara, Clarissa era una de las personas más profundamente escépticas que Peter había conocido, y posiblemente (esta era una teoría que Peter utilizaba para explicarse a Clarissa, tan transparente en algunos aspectos, tan inescrutable en otros), posiblemente Clarissa se decía: Si somos una raza condenada, encadenada a un buque que se hunde (de muchacha, sus lecturas favoritas fueron obras de Huxley y Tyndall, a quienes gustaban las metáforas náuticas), como sea que todo no es más que una broma pesada, hagamos lo que podamos; mitiguemos los sufrimientos de nuestros compañeros de prisión (Huxley otra vez); decoremos el calabozo con flores y almohadones; seamos todo lo decentes que podamos. Estos villanos, los Dioses, no se saldrán íntegramente con la suya. Sí, porque Clarissa pensaba que los Dioses, que nunca perdían una oportunidad de dañar, frustrar y estropear el humano vivir, quedaban seriamente chasqueados si, a pesar de todo, una se comportaba como una señora. Esta fase comenzó inmediatamente después de la muerte de Sylvia, aquel horrible asunto. Presenciar como un árbol al caer mataba a la propia hermana (por culpa de Justin Parry, de su negligencia) ante sus propios ojos, a su hermana, una muchacha en la flor de la juventud, la mejor dotada de todas ellas según decía siempre Clarissa, bastaba para amargar el carácter a cualquiera. Más tarde, Clarissa quizá no fue tan tajante; creía que los Dioses no existían, que a nadie cabía culpar; y, por ello, formuló la atea doctrina de hacer el bien por el bien.
Desde luego gozaba intensamente de la vida. Estaba hecha para gozar (a pesar de que, evidentemente, tenía sus reservas; de todos modos, Peter pensaba que incluso él, después de tantos años, sólo podía trazar un esbozo de Clarissa). Y no había amargura en ella; carecía de aquel sentido de la virtud moral que tan repelente es en las buenas mujeres. Le gustaba prácticamente todo. Si uno paseaba con ella por Hyde Park, ahora era una parterre de tulipanes, ahora un niño en un cochecito, ahora un pequeño drama que Clarissa improvisaba en un instante. (Muy probablemente, hubiera hablado a aquella pareja de enamorados, si hubiese creído que eran desdichados.) Tenía un sentido del humor realmente exquisito, pero necesitaba gente, siempre gente, para que diera frutos, con el inevitable resultado de desperdiciar miserablemente el tiempo almorzando, cenando, dando sin cesar aquellas fiestas, diciendo tonterías, frases en la que no creía, con lo que se le embotaba la mente y perdía discernimiento. Sentada a la cabecera de la mesa, se tomaba infinitas molestias para halagar a cualquier viejo loco que pudiera ser útil a Dalloway-conocían a los más horribles latosos de Europa-, o bien llegaba Elizabeth, y todo quedaba subordinado a ésta. La última vez que Peter la vio, Elizabeth estudiaba secundaria, se encontraba en la etapa de la inexpresividad, y era una muchacha de ojos redondos y cara pálida, que en nada recordaba a su madre, una criatura estólida, silenciosa, que lo daba todo por supuesto, dejaba que su madre la mimara y luego decía: "¿Puedo irme, ahora?"; y Clarissa explicaba, con aquella mezcla de diversión y orgullo que también Dalloway parecía suscitar en ella: "Se va a jugar al hockey." Y ahora Elizabeth seguramente se sentía ajena; pensaba que él era un viejo loco, y se reía de los amigos de su madre. En fin, igual daba. La compensación de hacerse viejo, pensaba Peter Walsh al salir de Regent's Park, con el sombrero en la mano, estribaba sencillamente en lo siguiente: las pasiones siguen tan fuertes como siempre, pero uno ha adquirido-¡al fin!- la capacidad que da el supremo aroma a la existencia, la capacidad de dominar la experiencia, de darle la vuelta, lentamente, a la luz.
Se trataba de una terrible confesión (volvió a ponerse el sombrero), pero lo cierto era que ahora, a los cincuenta y tres años, uno había casi dejado de necesitar a la gente. La vida en sí misma, cada uno de sus momentos, cada gota, aquí, este instante ahora, al sol, en Regent's Park, era suficiente. Demasiado, en realidad. Toda un vida no bastaba, era demasiado corta para, ahora que uno había adquirido la capacidad de hacerlo, extraer todo el aroma; para sacar cada onza de placer, cada matiz de significado; y ambos eran mucho más sólidos de lo que solían, mucho menos personales. Ya era imposible que Peter volviera a sufrir tanto como Clarissa le había hecho sufrir. Pasaba horas seguidas (¡gracias a Dios, tales cosas se podían decir sin que nadie las oyera!), horas y días seguidos, sin pensar en Daisy.
Teniendo en cuenta los sufrimientos, la tortura y la extraordinaria pasión de aquellos tiempos, ¿cabía decir que estuviera ahora enamorado de Daisy? Era una cosa totalmente diferente-mucho más agradable-, y la verdad consistía desde luego, en que ahora ella estaba enamorada de él . Y esto quizá fuera la razón por la que, en el momento en que el barco zarpó, Peter sintió un extraordinario alivio, y deseó sobre todo quedarse solo; le irritó encontrar en la cabina los testimonios de las pequeñas atenciones de Daisy, los cigarros, las notas, la alfombra para el viaje. Si la gente fuera honrada, todos dirían lo mismo; después de los cincuenta, uno no necesita a los demás; uno no tiene ganas de seguir diciendo a las mujeres que son hermosas; esto es lo que dirían casi todos los hombres de cincuenta años, si fueran sinceros, pensó Peter Walsh."

Virginia Woolf, La señora Dalloway.  (pdf.)


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