miércoles, 20 de mayo de 2009

Mujeres enamoradas






(...) Gerard le dirigió una penetrante mirada y preguntó:
- ¿Crees que deberíamos destruir esta clase de vida y empezar de nuevo?
- Esta clase de vida, sí. Estoy convencido. Tenemos que aniquilarla o resignarnos a marchitarnos dentro de sus límites. Para nosotros esta vida no es más que una piel que nos oprime. Y esa piel no se dilatará más.
En los ojos de Gerarld bailaba una extraña sonrisita, y una expresión divertida, curiosa y serena. Preguntó:
- ¿Y cómo comenzarías la tarea? ¿Pretendes reformar totalmente el orden de la sociedad?
Birkin había fruncido leve y tensamente el entrecejo. Aquella conversación le desagradaba. Repuso:
- No pretendo nada. Cuando realmente queramos conseguir algo mejor, destruiremos lo viejo. Hasta ese momento, toda propuesta o toda investigación de propuestas no será más que un juego aburrido al que se dedicarán personas que imaginan ser importantes.
La sonrisa comenzó a desaparecer de los ojos de Gerarld, y, dirigiendo una fría mirada a Birkin, dijo:
- ¿Realmente crees que la situación es tan mala?
- Absolutamente mala.
La sonrisa desapareció:
-¿ Desde qué punto de vista?
- Desde todos. Somos unos terribles embusteros. No pensamos más que en mentirnos a nosotros mismos. Tenemos el ideal del mundo perfecto, limpio, recto, satisfactorio. Y a ese fin, cubrimos la tierra de inmundicia. La vida no es más que trabajo constante, vivimos como insectos arrastrándonos en la porquería, con la finalidad de que los mineros puedan tener un pianoforte en la sala de estar, de que tú puedas tener un mayordomo y un automóvil en tu modernizada casa, y de que, como nación, podamos presumir del Ritz, o del imperio, o de Gaby Desly, o de los periódicos dominicales. Es todo muy sórdido.
Gerarld tardó algún tiempo en ajustar su actitud a aquel ataque. Luego preguntó:
- ¿Prefieres que vivamos sin casas, un retorno a la naturaleza?
- No prefiero nada. La gente sólo hace lo que quiere hacer, dentro de lo que es capaz de hacer. Si la gente fuera capaz de hacer algo más, algo nuevo habría.
Gerald meditó de nuevo. No estaba dispuesto a sentirse ofendido por las palabras de Birkin. Preguntó:
- ¿Y no crees que el pianoforte, como tú lo llamas, del minero es un símbolo de algo que realmente existe, de un verdadero deseo de algo más elevado, en la vida del minero?
Birkin aseguró:
-¡Más elevado! Sí. Pasmosas alturas de erectas grandezas. El piano le sitúa a gran altura, en opinión del minero que vive en la casa contigua. El dueño del piano se ve reflejado en la opinión del vecindario, y en el reflejo se ve mucho más alto, gracias al piano, y queda satisfecho. Vive gracias al espectro del reflejo de Borcken, al reflejo de sí en la opinión del prójimo. Y tú haces lo mismo. Si tienes gran importancia para la humanidad, tienes también gran importancia para ti mismo. Ésa es la razón por la que trabajas tan intensamente en tu industria minera. Si puedes sacar algo de carbón para guisar cincomil comidas al día, serás cincomil veces más importante que si te limitaras a guisar sólo tu propia comida.
Riendo, Gerald dijo:
- Supongo que sí, supongo que tengo esa importancia que dices.
- ¿No comprendes que ayudar al prójimo a comer es lo mismo que comer yo? "Yo como, tú comes, él come, nosotros comemos, vosotros comeís, ellos comen" ¿y luego qué? ¿Por qué todos tenemos que conjugar el verbo entero? Yo me contento con la primera persona del singular.
- Hay que comenzar por las necesidades materiales.
Birkin ignoró esta observación. Gerald añadió:
- Y yo tengo que vivir para algo, no somos ganado que con pastar queda satisfecho.
- Pues dime, ¿para qué vives?
En el rostro de Gerald se formó un gesto de desconcierto:
-¿Para qué vivo? Supongo que vivo para trabajar, para producir algo, en la medida en que soy un ser dotado de propósitos. Prescindiendo de esto último, vivo porque vivo.
- ¿Y cuál es tu trabajo? Extraer de la tierra tantas miles de de toneladas de carbón más, todos los días. Y, cuando tengamos todo el carbón que queramos, y todos los muebles forrados de terciopelo, y todos los pianofortes, y cuando todos los conejos hayan sido guisados y comidos, y todos estemos calentitos y con la panza llena, y estemos escuchando el piano tocado por una señorita, ¿qué? ¿qué harás cuando hayas conseguido en una medida decente esas cosas materiales?
Las palabras y el burlón sentido del humor de Birkiin hicieron reír a Gerald, quien a pesar de ello, no dejó de pensar. Repuso:
- Todavía no hemos conseguido todo lo que dices. Hay mucha gente que aún espera el conejo y el fuego con que guisarlo.
Mofándose de Gerald, Birkin dijo:
- En resumen, ¿mientras tú sacas carbón, yo debo cazar el conejo?
- Algo parecido.
Birkin le dirigió una mirada escrutadora. Percibió la dura insensibilidad, revestida de perfecto buen humor, incluso la extraña y resbaladiza malicia de Gerald, trasparentándose por la plausible ética de la productividad. Birkin dijo:
- Gerald, me pareces odioso.
- Ya lo sabía. ¿Por qué?
Inescrutable el rostro, Birkin meditó durante unos instantes. Por fin, dijo:
- Me gustaría saber si tienes conciencia de odiarme. ¿Me has detestado conscientemente alguna vez?, ¿me has odiado con odio místico? En ciertos momentos extraños, te odio de manera sublime.
Gerald quedó un tanto sorprendido, incluso desconcertado. No sabía qué contestar. Dijo:
- Es posible que en algunas ocasiones te odie. Pero no me doy cuenta. Bueno, quiero decir que no tengo aguda conciencia de odiarte.
- Tanto peor.
Gerald le miró con curiosidad. Realmente no comprendía lo que Birkin había querido decir. Le preguntó:
-¿Tanto peor dices?
Hubo un silencio entre los dos hombres mientras el tren proseguía su avance. La cara de Birkin revelaba una irritada tensión, un seco fruncimiento en el entrecejo, agudo y difícil. Gerald le observaba cautamente, con cuidado, calculadamente, ya que no acertaba a adivinar qué pensaba.
De repente, Birkin fijó la mirada recta y avasalladoramente en lo ojos del otro, y le preguntó:
-¿Cuál crees que es la finalidad y el objeto de tu vida, Gerald?
Una vez más, Gerald quedó sorprendido. No sabía que pretendía su amigo. ¿Se burlaba de él o no? Con humor levemente irónico, contestó:
- En este instante, así, de buenas a primeras, no lo sé.
Con atenta y directa seriedad, Birkin le preguntó:
- ¿Crees que el amor es cuanto hay en la vida y la última finalidad de la vida? (The be-all and the end-all, Macbeth, Shakespeare.)
- Gerald guardó silencio unos intantes. Por fin, dijo:
- No lo sé. Por el momento, no ha sido así.
- ¿ Cómo ha sido tu vida por el momento?
- Bueno, pues averiguar por mí mismo lo que son las cosas, vivir experiencias, y hacer lo preciso para que las cosas marchen.
Birkin frunció el entrecejo, que quedó como si fuera de duro acero, y dijo:
- Creo que se necesita una sola actividad realmente pura. Se podría decir que uno ama una sola actividad pura. Pero amar, no amo de veras a nadie. No ahora.
Gerald le preguntó:
- ¿Has amado de veras alguna vez a alguien?
- Sí y no.
- ¿No de una manera absoluta?
- Absoluta, absoluta, no.
Gerald dijo:
- Yo tampoco.
- ¿ Y quieres amar así?
Gerald dirijió una larga y chispeante mirada, una mirada casi de sorna, a los ojos de Birkin, y repuso:
- No lo sé.
- Pues yo sí. Yo quiero amar.
- ¿De veras?
- Sí. Y con el carácter absoluto del amor.
Después de repetir estas palabras de Birkin, Gerald esperó unos instantes y añadió:
- ¿Amar a una mujer solamente?
- Sí, a una mujer solamente.
Pero Gerald, al oír estas palabras, tuvo la impresión de que Birkin no las hubiera dicho llevado por la seguridad, sino sólo con el fin de ser insistente. Dijo:
- No creo que una mujer, y únicamente una mujer, baste para colmar mi vida.
-¿ No consideras que el amor entre una mujer y tú puede ser el núcleo central de tu vida, el centro?
Mientras contemplaba a Birkin, Gerald achicó los ojos en una sonrisa extraña y peligrosa. Dijo:
- Nunca lo he sentido así.
- ¿No? en ese caso, ¿cuál es el centro del vivir para ti?
- No lo sé. Ésa es la razón por la que quiero que alguien me la diga. En cuanto sé, mi vida carece de centro. Mi vivir está artificialmente conformado por el mecanismo social.
Birkin meditó estas palabras, y lo hizo con una expresión tal que parecía quisiera cascar algo, algo duro. Dijo:
- Comprendo. No hay centro. Los viejos ideales han muerto, no queda nada de ellos. A mi juicio, sólo queda ésa perfecta unión con una mujer, una especie de matrimonio absoluto, y nada más. (...)
Birkin le preguntó:
- ¿Crees que es un asunto difícil?
- Si tenemos que construir nuestra vida basándonos en una mujer, sólo en una mujer, sí, creo que es un asunto difícil. Por lo menos no creo que jamás pueda construir mi vida de esa manera.
Birkin le miro casi enojado:
- Eres un incrédulo nato.
Gerald repuso:
-Sólo puedo pensar así.
Y volvió a mirar a Birkin, casi burlonamente, con sus ojos azules, viriles, penetrantemente luminosos. En esos intantes, los ojos de Birkin estaban llenos de ira. Pero su expresión rápidamente se tornó preocupada, dubitativa, y luego llena de cálido y recio afecto y también de risa.
Frunciendo el entrcejo dijo:
- Es un asunto que me preocupa mucho, Gerald.
Gerald sonrió, dejando al descubierto los dientes, en una sonrisa viril, rápida de soldado, y dijo:
- Ya lo veo.
Gerald quedó inconscientemente subyugado por Birkin. Quería estar cerca de él, quería hallarse en su esfera de influencia. Había en Birkin algo muy afín a él. Pero Gerald salvando está afinidad, poco caso le hacía. Gerald consideraba que estaba en posesión de verdades más sólidas y más duraderas que las de Birkin. Se sentía mayor, con más conocimiento. Lo que le gustaba en su amigo era la simpatía rápidamente cambiante que de él emanaba, la cálida brillanez en su expresión. Gerald gozaba con aquel apasionante juego de palabras, aquel rápido intercambio de sentimientos. Sin embargo, en ningún momento prestaba atención al contenido de esas palabras, por cuanto tenía de certeza de que él sabía más que Birkin.
Y a Birkin le constaba. Le constaba que Gerald quería tenerle afecto sin tomarle en serio. Y eso lo inducía a tornarse duro y frío. Mientras el tren proseguía su avance, Birkin contemplo el paisaje, y Gerald desapareció de su mente, y llegó a no significar nada para él. (...)

Anochecía. Acababan de cruzar Bedford. Birkin contemplaba el paisaje y se sentía invadido por una especie de desesperanza. Siempre experimentaba esta sensación cuando se acercaban a Londres. El desgrado que la humanidad, como masa humana, inspiraba en él cási equevalía a una enfermedad.

Where the quiet coloured end of the evening smiles
miles and miles...

Birkin murmuraba para sí estas palabras, como un condenado a muerte, Gerald, que era hombre sutilmente alerta, con todos sus sentidos muy despiertos, se inclinó hacia delante y preguntó, sonriente:
-¿ Qué dices?
Birkin le miró, se echó a reír y repitió:

Where the quiet coloured end of the evening smiles
miles and miles...
Over pastures where the something something sheep
half sleep...

(donde el fin de la tarde de sereno colorido sonríe/millas y millas/sobre pastos en que algo y algo corderos/medio dormidos...) Robert Browning, love mong the ruins.


Gerald también contemplo el paisaje. Y Birkin, que por alguna razón se sentía cansado y aburrido, le dijo:
- Cuando el tren penetra en Londres siempre me siento hundido. Siento desesperación y desesperanza, como si hubiera llegado el fin del mundo.
- ¡Vaya, hombre! ¿Y te asusta el fin del mundo?
Birkin se encogió lentamente de hombros:
- No lo sé. Bueno, en realidad sí, en los momentos en que parece inminente, pero no ha comenzado todavía. Sucede que la gente me desagrada. Me desagrada de mala manera.
En los ojos de Gerald apareció una alegre sonrisa:
- ¿De veras?
Y contempló analíticamente a Birkin.
Pocos minutos después, el tren entraba en los lamentables barrios extremos de Londres. Todos los pasajeros estaban alerta, prestos a escapar. Por fin se encontraron bajo el gran arco de la estación, a la tremenda sombra de la ciudad. Birkin se encerró totalmente en sí mismo. Había llegado.
Los dos compartieron un taxi. Birkin, sentado en aquella menuda celda que avanzaba velozmente, dijo, con la vista fija en la calle, grande y horrenda:
- ¿No tienes la impresión de ser un condenado?
Riendo Gerald repuso:
- No.
Birkin comentó:
- Realmente esto es la muerte.

D.H, Lawrence, Mujeres enamoradas.


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