viernes, 22 de mayo de 2009

Carta al padre.





"Me preguntaste una vez por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestar, en parte, justamente por el miedo que te tengo, y en parte porque en los fundamentos de ese miedo entran demasiados detalles como para que pueda mantenerlos reunidosen el curso de una conversación."

"Creías que era, más o menos, así: durante tu vida entera trabajaste duramente, sacrificando todo a tus hijos, en especial a mí. Por lo tanto, yo he vivido cómodamente, he tenido absoluta libertad para estudiar lo que se me dio la gana, no he tenido que preocuparme por el sustento, por nada, por lo tanto, y en cambio de eso, tú no pedías gratitud (tú conoces como agradecen los hijos) pero esperabas por lo menos algún acercamiento, alguna señal de simpatía; por el contrario, yo siempre me he apartado de ti, metido en mi cuarto, con mis libros, con amigos insensatos, con mis ideas descabelladas; jamás hablé francamente contigo, en el templo jamás me acerqué a ti, en Franzenbad no fui jamás a visitarte, tampoco he conocido el sentimiento de familia, ni me ocupé del negocio ni de tus otros asuntos, te endosé la fábrica y te abandoné luego, apoyé a Otila en su terquedad, y mientras que por ti no muevo ni un dedo (si siquiera te traigo una entrada para el teatro), no hay cosa que no haga por mis amigos."

"Todavía años más tarde me perseguía la visión aterradora de ese hombre gigantesco, mi padre, esa última instancia, que podía, casi sin motivo, venir de noche a sacarme de la cama y llevarme al balcón, a tal punto yo no era nada para él.
Aquello fue entonces solamente un breve comienzo, pero esa sensación de nulidad que con frecuencia me domina (en otro sentido, sin duda, también una sensación noble y fértil), se debe en gran parte a tu influencia."

"Bastaba con estar contento por cualquier causa, absorbido por ella, llegar a casa y expresarla, para que la respuesta fuese un suspiro irónico, un meneo de cabeza, un golpeteo de los dedos sobre la mesa: "Yo vi cosas mejores", o "me conmueves con tus preocupaciones", o "no tengo una cabeza tan descansada", "trata de comprar algo con eso" o "qué acontecimiento"."

"Compáranos a los dos: yo, para decirlo buenamente, un Lówy con cierto fondo de los Kafka, a quien sin embargo no impulsa esa voluntad de vivir, de comerciar y de conquistar típica de los Kafka, sino un aguijón de los Lówy, que actúa en otra dirección, más secreto, más tímido, y que con frecuencia cesa por completo. Tú, en cambio, un verdadero Kafka en cuanto a fuerza, salud, apetito, volumen de voz, cualidades oratorias, autosatisfacción, superioridad humana, perseverancia, presencia de ánimo, conocimiento de los hombres y cierta amplitud de miras..."

"Por esa razón el mundo quedó para mí dividido en tres partes: una donde vivía yo, el esclavo, bajo leyes inventadas exclusivamente para mí, y a las que, además, no sabía porqué, no podía adaptarme por entero; luego, un segundo mundo, infinitamente distinto del mío, en el que vivías tú, ocupado en gobernar, impartir órdenes y enfadarte por su incumplimiento; y, finalmente, un tercer mundo donde vivía la demás gente, feliz y libre de órdenes y de obediencia. Yo me hallaba siempre en una vergonzosa situación: o bien obedeciendo tus órdenes, lo cual implicaba una afrenta, ya que sólo tenían vigencia para mí, o bien adoptando una actitud obstinada, lo que también era ignominioso, ya que era imposible mantenerse obstinado frente a ti, o bien no podía obedecerte porque no poseía, simplemente, ni tu fuerza, ni tu apetito, ni tu habilidad, a pesar de que tu exigías eso como algo que se da por sobreentendido; y ésta era sin duda la vergüenza mayor."

"Y además, sin poder alegar nada en contrario, ya que contigo resulta imposible iniciar una conversación tranquila si no estás de acuerdo de antemano con el asunto que se tratará o, simplemente, si no parte de ti. Tu temperamento dominante no lo permite. En los últimos años eso lo explicabas atribuyéndolo a tu nerviosidad cardíaca, pero yo no puedo decir que alguna vez haya sido esencialmente distinto; cuanto más, esa nerviosidad cardíaca es para ti un pretexto para ejercer tu dominación, ya que tomarla en cuenta obliga al otro a ahogar forzosamente el último intento de contradicción."


"Si quería escapar de ti, también debía hacerlo de la familia, y hasta de mi madre. En ella, era siempre posible encontrar protección, pero tan sólo en relación contigo. Te amaba demasiado, demasiada era su fidelidad hacia ti como para que, en la lucha del hijo, ella pudiese constituir, en forma duradera, un poder espiritual independiente. Reconocerlo fue una intuición correcta del niño, porque, a través de los años, mi madre se unió cada vez más a ti..."

"Si comenzaba a hacer algo que no fuera de tu gusto y tú me amenazabas con el fracaso, el respeto por tu opinión era tan grande en mí, que el fracaso, aunque fuese mucho más tarde, era irremediable.
Perdí la confianza en mis actos. Yo era inconstante, indeciso. A medida que fui creciendo aumentó el material que podías señalar como testimonio de mi inutilidad; poco a poco, en ciertos aspectos, comenzaste a tener razón."

"Cuántas veces tuvo que repetirse esta escena y otras semejantes, y cuán poco, en realidad, has logrado con ello. Creo que esto se debe a que el grado de ira y de enojo no parecía estar en relación correcta con el asunto; se tenía la sensación de que tu cólera no podía haber sido provocada por esa nimiedad del estar sentado lejos de la mesa, sino que existía en su entera magnitud ya desde un principio, y hubiese tomado sólo por casualidad ese preciso detalle como pretexto para su descarga. Y como uno tenía la certeza de que siempre encontrarías un pretexto y, conjuntamente, la convicción de no ser apaleado, uno no prestaba mayormente atención y se insensibilizaba además bajo la constante amenaza. Se convertía uno en una criatura huraña, desatenta, desobediente, que buscaba constantemente una forma de huída, una huída interior casi siempre. Así, tú sufrías, y sufríamos nosotros..."

"También es verdad que nunca me golpeaste realmente. Pero esos gritos, ese enrojecimiento de tu rostro, ese rápido movimiento para quitarte los tiradores y colocarlos deliberadamente en el respaldo de la silla, todo eso era casi peor para mí. "Es como uno cuando va a ser ahorcado. Si realmente lo ahorcan, está muerto y todo se acabó. Pero si tiene que asistir a todos los preparativos para su ejecución y sólo cuando el nudo corredizo ya cuelga ante sus ojos se entera del indulto, es posible que quede afectado por ello durante toda su vida. Además, de tantas veces en que, según tu opinión claramente expresada, merecía yo una paliza de la que me salvaba por poco, gracias a tu perdón, sólo conseguía acumular un sentimiento de culpa todavía más grande. Desde todos los ángulos, yo quedaba siempre culpable frente a ti."

"El resultado visible e inmediato de esta educación fue que huyera de todo lo que aún de lejos te recordase. En primer lugar, del negocio. (...)
A ti, en cambio, yo te veía gritar, insultar y rabiar en el negocio, de una manera tal que, a mi parecer de aquel entonces, no sucedía en parte alguna del mundo. Y no sólo se trataba de insultos, sino también de otras formas de tiranía. Como, por ejemplo, cuando arrojabas del mostrador, de un manotazo, mercaderías que, no querías reconocer, habías confundido con otras, y el dependiente tenía que levantarlas (sólo la inconsciencia de tu ira hubiera podido ser una pequeña excusa). O tus, palabras constantes, referidas a un dependiente tísico: "¡Que reviente, ese perro enfermo!". A tus empleados los llamabas "enemigos pagados", y lo eran, pero, aún antes de que lo fuesen, tú me parecías ser su "enemigo que paga". Allí recibí también la importante lección de que tú podías ser injusto; por mí mismo no lo hubiese llegado a notar tan rápidamente..."

"Acerca de Ottla, apenas si me atrevo a escribir; sé que con ello pongo en juego todas las esperanzas del resultado que espero de esta carta. En circunstancias normales, es decir, cuando no se halla en peligro ni padece ningún sufrimiento especial, tú sientes odio por ella; tú mismo me has confesado que, a tu parecer, ella te causa siempre intencionalmente sufrimientos y disgustos, y que, en tanto tú sufras por su causa, ella se sentirá satisfecha y alegre. Una especie de demonio, por lo tanto."

"Con mayor acierto dirigías tu aversión contra mi escribir y contra todo aquello que, desconocido para ti, se relacionaba con esa actividad. Realmente, en ella me había independizado y alejado un buen trecho de ti, aun cuando la situación recuerde la de un gusano que, aplastado por un pie en su parte trasera, avanza con la parte anterior y se arrastra hacia un costado. Me sentía en cierto modo a salvo, podía respirar; la aversión que por supuesto sentías por mis escritos me resultaba, por excepción, sumamente grata. Si bien mi vanidad y mi amor propio sufrían con ese saludo, ya famoso entre nosotros, con que recibías mis libros: "¡Déjalo sobre la mesa de luz!" (casi siempre estabas jugando a los naipes cuando llegaba mi libro), en el fondo eso me agradaba, no sólo por mi maldad no saciada todavía, no sólo por el placer de esa nueva confirmación de mi concepto acerca de nuestras relaciones, sino antes que nada porque aquella fórmula me sonaba como si dijeras: "¡Ahora eres libre!" Naturalmente, se trataba de un engaño, yo no era libre, o bien, en el caso más favorable, aún no lo era. Mis escritos trataban de ti: en ellos quedaban consignadas las quejas que yo no podía presentarte a ti, en persona."

"Por consiguiente, estudié derecho. Esto significa que en los meses inmediatos a los exámenes, y con gran perjuicio para los nervios, me alimenté de serrín, al que por lo demás ya habían premasticado mil bocas. Pero, en cierto sentido, eso me gustaba, como antes, también en cierto sentido me gustaba el colegio, y más tarde mi profesión de empleado, porque todo eso correspondía por entero a mi situación. De cualquier manera, demostré, a este respecto, una asombrosa previsión: ya desde niño tenía presentimientos bastante claros en lo que se refiere a estudios y profesión. De ellos no esperaba salvación alguna: hacía tiempo que había renunciado a lograrla con tales recursos."

"Recuerdo una noche en que salimos de paseo contigo, y con mi madre; en la Plaza Joseph, cerca de donde está hoy el Banco Länder, comencé a hablar de asuntos importantes en forma tonta, grandilocuente, con aires de superioridad, orgullo, serenidad (que no era auténtica), frialdad (que sí lo era) y tartamudeando, como era normal casi siempre que hablaba contigo; les eché en cara el haberme dejado en la ignorancia, el que unos compañeros hubieran tenido que ocuparse de mí, el haberme dejado expuesto a grandes peligros (aquí, de acuerdo con mi costumbre, mentía desvergonzadamente, a fin de mostrarme valiente, ya que debido a mi carácter miedoso no tenía una idea exacta de lo que pudieran ser "grandes peligros"), pero al final di a entender que ahora, por suerte, ya lo sabía todo, no necesitaba consejo alguno y todo estaba en orden. De cualquier manera, el motivo principal para haber comenzado a hablar era el placer que me producía tocar ese tema, luego también por curiosidad y, por último, también para vengarme de ustedes de cualquier manera y por cualquier motivo. Tú, de acuerdo con tu carácter, tomaste el asunto con suma sencillez; dijiste tan sólo, más o menos, que podías darme un consejo para que yo pudiese seguir en esas cosas sin peligro. Quizá mi propósito fuera justamente inducirte a una respuesta semejante, que se avenía muy bien con la concuspicencia de un niño bien alimentado con carne y con buenos manjares, físicamente inactivo y siempre ocupado de sí mismo, pero, no obstante, mi vergüenza exterior quedó tan herida con ella, que ya no pude, en contra de mi voluntad, seguir hablando contigo, de modo que interrumpí la conversación con altiva insolencia. (...)
Su significado, real, que ya aquella vez se grabó en mí pero que sólo después llegué a comprender, y a medias, era el siguiente: aquello que me aconsejabas era, según tu opinión y más aún en la mía de entonces, lo más sucio posible. Tu cuidado para que no llevara, físicamente, nada de esa suciedad a casa, era asunto secundario, porque con ello únicamente te protegías tú, tú casa. Lo principal era, más bien, que permanecieras ajeno a tu consejo: un hombre casado, un hombre puro, que estaba por encima de esas cosas. Esta interpretación se agudizó más aún para mí por el hecho de que también el matrimonio me pareciese una unión indecente y, por lo tanto, me fuese imposible aplicar a mis padres aquellas generalidades de que había enterado con respecto al matrimonio. Por ello, tú resultabas todavía más puro, te elevabas más aún. La idea de que tal vez antes de tu matrimonio te hubieses dado a ti mismo un consejo semejante, me parecía por completo inconcebible. Así, no quedaba en ti ni el menor vestigio de suciedad terrena. Y eras tú, justamente, quien me empujaba a esa suciedad, como si yo estuviese destinado a ella. Si en ese momento el mundo hubiera estado formado por tú y yo (imagen que siempre estaba bastante cerca de mí), entonces la pureza del mundo finalizaba contigo, y comenzaba conmigo, por obra de tu consejo, su suciedad. Por sí solo, era en verdad incomprensible el hecho de que me sentenciaras de ese modo: sólo podía explicármelo una culpa antigua y el más profundo desprecio de tu parte. Y con ello, una vez más, estaba atrapado, y por cierto rigurosamente, en mi fuero más íntimo."

"¿Por qué, entonces, no me casé? Había, como siempre las hay, algunas dificultades, pero la vida consiste ciertamente en aceptarlas. La dificultad esencial, independiente por desgracia del caso en sí, era que, a ojos vista, soy espiritualmente incapaz de casarme. Esto se manifiesta en el hecho de que, desde el momento en que adopto la decisión de casarme, ya no puedo dormir, la cabeza me arde día y noche, la vida ya no es vida, y desesperado, ando tambaleándome de un lado a otro. No son en realidad las preocupaciones las que producen esto, si bien las acompañan inquietudes infinitas, surgidas de mi pesadez y pedantería, pero ellas no son lo decisivo, aunque consumen como gusanos su tarea en el cadáver; las que me derriban definitivamente son otras causas: la presión general del miedo, la debilidad, el menosprecio de mí mismo."

"Por ejemplo, en forma de preocupación por mi salud; comenzó despacio, de vez en cuando surgía un leve temor por la digestión, por la pérdida de cabello, por una desviación en la columna vertebral, etc., pero fue creciendo con innumerables gradaciones hasta concluir por último en una enfermedad verdadera. Como no estaba seguro de nada, necesitaba a cada momento una nueva confirmación de mi existencia; o no poseía nada que fuese de mi verdadera, indudable, única y exclusiva propiedad, como era, por cierto, un hijo desheredado, también lo más cercano, mi propio cuerpo, se me volvió inseguro; crecí estirándome hacia lo alto, pero no sabía qué hacer con ello, la carga era muy pesada, la espalda se me encorvó; apenas me atrevía a moverme o a realizar ejercicios físicos; quedé débil, asombrado ante aquello que aún poseía, como si fuesen milagros, así por ejemplo, mi buena digestión: eso bastó para que la perdiera y así quedó libre el camino hacia la hipocondría hasta que, como consecuencia del esfuerzo sobrehumano de mi deseo de casarme (del que hablaré luego), la sangre brotó de mis pulmones, hecho en el cual puede haber tenido sobrada participación el cuarto en el Palacio Schönborn (que sólo conservaba porque creía necesitarlo para escribir, de manera que también esto pertenece al asunto)."


Franz KafkaCarta al padre (Pdf).

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