"- Una historia tonta. Hela aquí en dos palabras- comenzó el general satisfecho de sí mismo-. Hace dos años, sí, o poco menos, cuando se acaba de inaugurar la línea férrea de X (estaba yo ya paisano), teniendo que atender unos asuntos sumamente importantes relacionados con la terminación de mi servicio, tomé un billete de primera clase: entré en mi compartimento, me senté y empecé a fumar a fumar. Mejor dicho, seguí fumando, porque había empezado antes. Estaba solo en el compartimento. No estaba prohibido fumar, pero tampoco estaba permitido; o sea, que estaba permitido a medias, como de costumbre; depende del fumador. La ventanilla estaba bajada. De pronto, un instante antes del silbido, entraron dos señoras con un perrito faldero y se sentaron justamente delante de mí. Llegaban con retraso. Una estaba vestida con suma elegancia, de azul claro; la otra más modestamente, de seda negra y con una capa. No eran feas. Tenían un aire desdeñoso y hablaban en inglés. Yo, por supuesto, no les hice caso y seguí fumando. Mejor dicho, dudé un momento, pero no obstante continué fumando, ya que la ventanilla estaba abierta y yo arrojaba el humo por ella. El perrito estaba acostado en las rodillas de la dama azul, un perro minúsculo, del tamaño de mi puño, negro con patitas blancas: un animalito raro. Tenía un collar de plata con una divisa. Yo no hice caso. Lo único que noté fue que las señoras parecían estar enfadadas: por supuesto, a causa de mi cigarro. Una de ellas clavó en mí los ojos a través de sus impertinentes con montura de carey. Yo seguí sin hacer caso puesto que no decían nada. ¡Si hubiesen hablado, avisado, preguntado... porque al fin y al cabo el hombre tiene lengua! Pero no dijeron ni pío... y de repente, sin el menor aviso, cabe decir que como si hubiese perdido el juicio, la de azul claro me arrancó el cigarro de la mano y lo arrojó por la ventanilla. El tren iba disparado y yo la miré como atontado. Una mujer salvaje, una mujer salvaje, igual que si hubiese salido del estado salvaje; y, por otra parte, llenita de carnes, fuerte, alta, rubia, de mejillas coloradas (quizá en demasía) y con ojos que al mirarme lanzaban rayos. Sin decir palabra, con extraordinaria cortesía, con la más perfecta cortesía, me acerqué al perrito, alargué los dedos, lo cogí delicadamente por los pelos del cogote y ¡zas! lo tiré por la ventanilla a la zaga de mi cigarro. Todo lo que hizo el pobre fue soltar un ladrido. El tren siguió a gran velocidad...
(...) -Pero perdone ¿cómo puede ser eso?- preguntó de pronto Natasya Filippovna-. Hace cinco o seis días leí en la independence, exactamente esa historia.... ¡Exactamente la misma!..."

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