-¿Verdad que sera agradable volver a casa, cuando ya haya oscurecido? Podremos tomar el té de última hora, ¿te parece? Será agradable, ¿verdad?
Birkin repuso
-He prometido cenar en Shortlands.
-Pero eso importancia... Siempre podrás ir mañana.
Con voz un tanto insegura, Birkin dijo:
Es que Hermione está allí. Se va dentro de unos días. Y creo que debo despedirla. A lo mejor jamás vuelva a verla.
Úrsula se apartó, encerrándose violentamente en el silencio. Birkin frunció el entrecejo, y en sus ojos aparecieron chispas de ira. Irritado, preguntó:
-Supongo que no te molesta.
-No. Me da igual. ¿Por qué ha de molestarme?
El tono de Úrsula había sido de burla y menosprecio. Birkin dijo:
-Exactamente es lo que me pregunto: ¿Por qué ha de molestarte? Pero al parecer te molesta.
La irritación había puesto tensas las cejas de Birkin.
Te aseguro que no me molesta, ni me importa en absoluto. Ve al lugar que te corresponde. Eso es lo que quiero.
Birkin gritó:
-¡Necia! Tú y tu “ve al lugar que te corresponde”. Entre Hermione y yo todo ha terminado. A poco que nos paremos a pensarlo, Hermione significa mucho más para ti que para mí. Sí, porque lo único que sabes hacer es revelarte contra ella, en pura reacción. Y ser lo opuesto de ella es ser su equivalente.
Úrsula gritó:
-¡Lo opuesto! Conozco muy bien tus trucos, y no me vas a engañar con tus juegos de palabras. Tú perteneces a Hermione y a su espectáculo muerto. Pero así son las cosas, y no te culpo. Ahora bien, tú y yo no tenemos nada que ver.
Llevado por su ardiente y tensa exasperación, Birkin detuvo el automóvil, y allí quedaron los dos sentados, en medio de una carretera vecinal, para arreglar cuentas. Había estallado la guerra entre los dos, por lo que no se daban cuenta de cuán ridícula era su situación.
Con amarga desesperación, Birkin gritó:
Si no fueras tan necia, y lo repito, si no fueras tan necia, sabrías que una persona puede ser decente, a pesar de haberse equivocado. Yo me equivoqué al pasar tantos años con Hermione. Fue un proceso letal. Pero, pese a todo, uno puede tener un poco de decencia humana. Pero no, tú no me lo permites, tú pretendes desgarrar mi alma con tus celos, sólo por el hecho de que yo mencioné a Hermione.
-¿Celosa yo?¿Yo celosa? Estás muy equivocado. Yo no tengo los menores celos de Hermione, porque Hermione para mí no es nada. ¡Ni eso!.
Úrsula crujió los dedos. Prosiguió:
- Ocurre que eres un embustero. Igual que un perro tienes que regresar a tu vomito. Y odio lo que Hermione representa, no a Hermione. Es todo mentira, todo falsedad, todo muerte. Pero es lo que te gusta, no puedes evitarlo, no, no puedes. Si perteneces a ese viejo y letal modo de vivir, vuelve a él. Pero no te acerques a mí porque yo no tengo nada que ver.
Llevada por la violencia de sus emociones, Úrsula bajó del coche, se acercó al seto en el borde de la carretera, e inconscientemente cogió un unos cuantos frutos de bonetero, de color carnoso, algunos de los cuales habían reventado, mostrando las semillas de color anaranjado.
No sin desprecio, airado, Birkin gritó:
-¡Eres una necia!
- Si señor, soy una necia. Y doy gracias a dios por serlo. Soy tan necia que no puedo tragar tu inteligencia. Alabado sea Dios. Anda, ve, ve con tus mujeres, esas mujeres que son las que te corresponden, que son como tú; ve con ellas, siempre has tenido una manada de ellas yéndote detrás, y siempre la tendrás. Ve con todas tus novias espirituales, pero no vengás a mí al mismo tiempo, porque no estoy dispuesta a aguantarlo. No señor no lo aguanto. Y tú, naturalmente, no estás satisfecho. Tus novias espirituales no pueden darte lo que quieres, porque, no son lo bastante vulgares y carnales para satisfacer tus gustos. ¡Por eso recurres a mí y dejas a las otras como telón de fondo! Y te casarías conmigo como mujer de uso diario. Aunque quedarías bien provisto de novias espirituales, en segundo término. Veo perfectamente tu pequeño y sucio juego.
De repente, se alzó una llama en el interiór de Úrsula, que estampó brutalmente el pie contra el suelo. Birkin se echó atrás, dominado por el temor de que le agrediera. Ella siguió:
- ¡Y yo no soy lo bastante espiritual! ¡No soy tan espiritual como la Hermione esa!
Úrsula frunció las cejas, y sus ojos llamearon como los de un tigre. Dijo:
-¡Vete con ella! Es lo único que puedo decirte. ¡Ve con ella!¡Ve! Es espiritual! ¡ah! Una sucia materialista. Eso es. ¿Espiritual ella?¿Qué es lo que le importa, en qué consiste su espiritualidad?
Parecía que su furia saliera al exterior y le quemara la cara. Birkin se estremeció levemente.
Úrsula prosiguió:
- Pues te diré lo que le interesa es basura. Basura y sólo basura. Y lo que tú quieres es basura, tienes ansias de basura. ¡Espiritual! ¿Espiritual su brutal deseo de dominio, su engreimiento, su sordido materialismo? Es una verdulera, una verdulera, es una materialista. Y sórdida además. ¿Y en qué resulta, a fin de cuentas, eso que tú llamas su pasión social? Pasión social... ¿Qué pasión social tiene ésa? ¡Muestrámela! ¿Dónde está? Quiere el poder, un poder mezquino e inmediato, quiere tener la ilusión de que es una gran mujer, y eso es todo. En el fondo, su alma es una demoníaca descreída, vulgarr y sucia. Eso es el fondo. Todo lo demás es mentira, pero a ti te entusiasma. Te gusta la falsa espiritualidad, es tu alimento. ¿Y por qué? Por la basura que hay debajo. ¿Crees que ignoro la suciedad de tu vida sexual y de la vida sexual de esa mujer? ¡La conozco muy bien! Y esa suciedad es lo que quieres, farsante. ¡Pues goza de ella! No eres más que un farsante.
Úrsula dió media vuelta sobre sí misma, arrancó unas ramitas del bonetero junto a la carretera, y, con dedos vibrantes, se las puso en la chaqueta, a la altura del pecho.
Birkin la miraba en silencio. Al ver los dedos de Úrsula sensibles y temblorosos, sintió un en su interior el ardor de una maravillosa ternura. Pero, al mismo tiempo, estaba lleno de rabia y brutalidad. Fríamente dijo:
- Es una exhibición degradante.
- Ciertamente, pero más degradante para mí que para ti.
-Tú misma has sido quien ha decidido degradarse.
Una vez más el fuego invadió la cara de Úrsula y sus ojos despidieron chispas amarillas. Gritó:
¡Tú! ¡Tú! ¡El amante de verdad! ¡El mercader de pureza! Tu verdad y tu pureza huelen que apestan. Apestan a la inmundicia con la que te alimentas, perro de carroña, devorador de cadáveres,. Estás podrido, estás podrido, y debes saberlo. Tu pureza, tu sinceridad , tu bondad,... ¡Puedes quedarte con ellas! Eres un ser podrido, sucio, letal, obsceno, eso eres obsceno y pervertido. ¡Tú y el amor! Ya puedes decirlo, ya, que no quieres amor. No, sólo te quieres a tí mismo, y a la inmundicia y a la muerte... Eso es lo que quieres. Eres pervertido animal de carroña...Y luego...
Vacilante ante aquellas feroces acusaciones, Birkin advirtió a Úrsula:
-Viene un ciclista.
Úrsula miró y gritó:
-¡Me da igual!
De todas maneras guardo silencio. El ciclista que había oído las voces alzadas en aquel altercado, dirigió una curiosa mirada al hombre y a la mujer, en pie, junto al automóvil parado. Alegremente dijo:
-Buenas tardes.
Guardaron silencio hasta que el ciclista hubo desparecido a lo lejos.
El fosco gesto de Birkin se había aclarado. Sabía que, en el fondo, ella tenía razón. Sabía que, espiritualmente era perverso, y que por otra parte, de un modo extraño, estaba degradado. Pero ¿Acaso Úrsula era mejor? ¿Había alguien que fuera mejor? Birkin dijo:
- Quizá sea verdad, todo lo de las mentiras y de la suciedad. Pero la intimidad espiritual de Hermione no es más podrida que la emotiva y celosa intimidad. Uno puede conservar la decencia, incluso ante un enemigo, aunque sólo sea em beneficio propio. Hermione se ha declarado enemiga mía hasta el último aliento. Y ésa es la razón por la que , cortésmente, debo ceder terreno ante ella.
-¡Oh, tú y tus enemigos y tus cortesías! Menudo retrato haces de ti mismo. ¡Celosa yo!
La voz de Úrsula se transformó en una llama:
-Digo lo que digo porque es verdad, y lo digo porque tú eres tú, a saber,un sucio embustero, un sepulcro blanqueado. Por eso lo digo. Y tú debes escucharlo.
Con gesto sarcástico, Birkin remató la última frase de Úrsula:
-Y darte las gracias.
- ¡Efectivamente! Si te queda una chispa de decencia, debes darme las gracias.
Birkin observó:
-Pero no me queda ni una chispa de decencia..
-Ni una chispa. En consecuencia, sigue tu camino, que yo seguiré el mío. Es inútil, absolutamente inútil. Puedes irte ahora mismo, no quiero estar ni un segundo más contigo. Vete, déjame.
- Ni siquiera sabes donde estás.
-No te preocupes, te aseguro que no me pasará nada. Llevo diez chelines en el bolso y con eso me basta para
Úrsula dudó. Todavía llevaba los anillos, dos en el meñique y uno en el anular. Seguía dudando.
- Birkin dijo:
-Muy bien en este mundo es puede luchar contra todo, salvo contra la necedad.
- Opino exactamente igual.
(…)
Después de decir estas palabras, se echó a andar, con aire indiferente, por la carretera. Birkin se quedó quieto, observando su caminar feo y triste. Úrsula, en movimientos aburridos, iba rascando, ramitas de los arbustos, al pasar. Su imagen se empequeñeció, y llegó el momento en el que Birkin casi la perdió de vista. Las tinieblas cubrieron la mente de Birkin. Sólo quedó, en sus inmediaciones, un pequeño y mecánico punto de conciencia.
(…)
Úrsula llegó y quedó frente a él, con la cabeza baja. Sosteniendo con un ademán melancólico una ramita con campanulas de color rojo purpureo bajo la vista de Birkin, Úrsula dijo:
-Mira qué flores te he traído.
(...)
Volvieron a subir al automovil y dejarón atrás aquel memorable campo de batalla.
En el automóvil anduvieron, avanzada ya la tarde silvestre, en un movimiento sonriente y transcendental. Los pensamientos de Birkin se hallabán dulcemente en paz,, la vida discurria por su cuerpo, como surgida de una fuente nueva, y tenía la impresión de haber nacido gracias a los estremecimientos dolorosos de una matriz
D. H. Lawrence, Mujeres enamoradas.
Fragmento de pelicula.


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