El doctor Arellano era un hombre de mediana edad, pelo canoso y abundante, cara ancha y sonriente, nariz gruesa y unos grotescos lentes de pinza y cristales sin montura, que se ponía y quitaba constantemente mientras hablaba para humedecerlos de vaho y limpiarlos después con una pequeña gamuza. "Si no fuera por esos lentes -pensó Alicia-, podría pasar por un hombre atractivo".
- Siéntese, señora.
Del mismo modo que Alicia apreció de un solo vistazo que el doctor Ruipérez no era un individuo de mucha categoría, juzgó que este otro médico tenía peso específico.
Irradiaba serenidad, equilibrio, inteligencia y, sobre todo, autoridad. Su cara, de tez sanguínea, era más joven que lo que correspondía a la blancura de su pelo.[...]
Apenas ocupó un asiento frente a la mesa escritorio del médico, éste le ofreció un cigarrilo.
Tras ver la marca, Alicia lo rehusó.
- Fumo "rubio", doctor. El "negro" me hace toser.
Abrió el médico un cajón y le ofreció otra marca.
- Gracias -dijo Alice Gould aceptándolo.
- Señora de Almenara: junto a la solicitud de ingreso había una particulas carta del doctor Donadío dirigida al doctor Alvar, con determinadas sugestiones clínicas, que sólo el directos deberá decidir si son convenientes o no. Es usted, por tanto, una paciente directa del doctor Alvar... y, en consecuencia, el doctor Ruipérez y yo hemos considerado más conveniente no someterla a ningún tratamiento en tanto no regrese de sus vacaciones el director del hospital. Él decidirá, por tanto, qué médico ha de cuidarse de usted. Veo que esta noticia le produce alegría.
- ¡No he movido ni un músculo de la cara -respondió Alicia con jovialidad-: es usted un buen lector de almas, doctor!
- Es mi profesión -replicó amablemente el médico.
Y volviendo a tomar el hilo de sus palabras, prosiguió.
- Ello quiere decir que permanecerá usted aquí en régimen de observación hasta que él llegue. Nuestra última labor será la de almacenar datos y ponerlos a disposición suya para que él decida la medicación más apropiada.
- Luego no seré medicada...
- Con psicofármacos, desde luego, no.[...]
- Me tranquilizas usted mucho, doctor. Pero me pregunto en qué consistirán sus método para almacenar esos datos que busca, meterlos en un saquito y dárselos al director diciendo: "Toma, Samuel: aquí tienes unos trocitos del alma de Alice Gould..."
- Su conversación, señora, es particularmente expresiva. ¡Eso es precisamente lo que pretendo! Entregarle a nuestro director, don Samuel Alvar, trocitos de su alma, para que él los junte como en un puzzle y trace el diagnóstico exacto de su personalidad. Y sin usas narcoanálisis, ni la tomografía computarizada, ni la gramagrafía cerebral.
- No le pregunto, doctor, qué significa todo eso porque no lo entendería. ¡Los médicos son ustedes amiguísimos de las palabras complicadas!
- Veamos si me entiende usted ahora: quiero, en primer lugar, conocer su consciente: lo que usted sabe de sí misma, cómo es, y cómo desearía ser. Eso lo lograremos simplemente charlando con sinceridad. Después quiero conocer lo que usted ignora de sí misma (su subconsciente) y hacerlo aflorar a su plano consciente. De modo que preciso de usted dos declaraciones: que me cuente lo que sabe... ¡y lo que no sabe de Alice Gould!
- Esa última parte -bromeó ella- debe ser un tanto complicada. ¿Cómo voy a contarle <> lo que desconozco?
- No dude que acabará contándomelo. ¿Está usted dispuesta?
[...]
- Hay una parte, doctor, que desearía reservar a don Samuel Alvar para cuando regrese. ¡No sería justo darle todo el trabajo hecho![...]
- Aceptado el trato. Cuando usted penetre en esa zona reservada al director, no tiene más que decir <<¡Acotado de caza!>> Por cierto, ¿desea usted que le sirva algo?
- Sí, doctor, se lo agradezco: una taza de té.
- ¿Acostumbra a beber alcohol?
- Nunca por las mañanas.
- ¿Y por las tardes?
- A veces.
- ¿A diario?
- No, pero sí con frecuencia. [...]
- ¿Qué opina usted de su marido?
- ¡Acotado de caza!
- Le pediré una taza de té.
[...]
- ¿Tiene usted hijos?
- No.
- ¿No ha deseado tenerlos?
- Fervientemente. ¡Ahí tiene usted, doctor, un campo bien abonado para encontrar en mí una frustación!
- ¿De quién es la culpa de no tener descendientes?
- Lo ignoro, doctor.
- ¿Por qué?
- Porque de ser la culpa de mi marido, hubiera representado una gran humillación para él saberlo, que de ningún modo quise ni quoero causarle.
[...]
- ¿Le ha sido siempre fiél?
- ¿Él a mí?
- Sí. Él a usted.
- No lo he indagado.
- ¿Por qué?
- Porque hubiera supuesto una ofensa para él esa muestra de desconfianza.
- Nunca se habría enterado.
- Ello no obsta que yo, en mi fuero interno, le hubiese ofendido.
- Y usted, señora de Almenara, ¿le ha sido siempre fiel?
- Siempre.
- ¿No ha sido nunca solicitada por otro hombre?
- Muchas veces, doctor, y por muchos.
- ¿Ello la halagaba?
- No puedo ocultarlo. Sí: me halagaba.
- ¿Y nunca cedió a ese halago?
- Nunca.
- ¿Alguno de sus pretendientes le agradaba?
- Sí, y mucho.
- Y a pesar de ello..
- Jamás, doctor.
[...]
- ¿Es usted creyente?
- No lo fui en mi infancia. Ahora sí.
- Eso contradice la.. norma general.
- ¡Nunca me ha interesado la norma general!
- ¿Esas convicciones las heredó usted de su padre?
- No sé si esas cosas se heredan. Ignoro si se transmiten en los genes. Más exacto sería decir que las recibí de mi padre: no las heredé. Fue conmigo un educador excepcional. A medida que pasa el tiempo, su figura se agranda dentro de mí.
[...]
- ¿No tuvo nunca celos del amor que su padre manifestaba por su madre?
- No, doctor. Sigmund Freud, que es quien ha metido esa idea en la cabeza de todos los psicoanalistas, era un perfecto cretino.
- No exactamente un cretino -murmuró el doctor.
- Pero sí equivocado en las interpretaciones exclusivamente sexuales que daba a los símbolos, los sueños y los secretos ocultos de nuestro subconsciente. ¡Vamos, vamos! Pensar que quien sueñe con la aguja de una catedral o con el obelisco de Trajano en Roma está expresando anhelos relacionados con el órgano viril..¡ésa no puede ser más que la interpretación de un obseso! ¿Por qué no podía Freud viajar en tren? ¿Qué clase de extraña fobia era ésa? ¡Me gustaría ser yo quien hiciese el psicoanálisis a ese caballero! Creo verdaderamente que el obseso sexual era él, y no sus pacientes. ¡Eso es lo que pienso! ¡Y no retiro lo de cretino!
- Si eso le sirve de consuelo, le diré, señora, que opino lo mismo que usted salvo lo de cretino... Freud era un sabio que descubrió uno de los métodos más eficaces para hacer aflorar al consciente secretos morbosos, escondidos en nuestro interior, perdidos en la memoria, como un niño abandonado en el bosque... que sabe que existe un camino para su salvación, pero que no lo encuentra. Sus error estriba en la dirección unilateral que dio a sus interpretaciones.
- ¡No sólo somos sexo, doctor! ¡Odio a Freud!
- ¿Le odia usted realmente?
- No, doctor: es una manera de decir. Yo no odio a nadie, pero siento una indecible aversión por los obsesos, por las cabezas cuadradas y por los que aplican la geometría al estudio del alma humana. [...] ¡Ah, doctor, disculpe usted mi audacia! En realidad, me estoy metiendo en el campo de usted.
- Y ello me agrada profundamente, señora. [...] ¿Puede usted escuchar a un hombre de edad, sin que ello la ofenda, que me agrada usted mucho?
- Oír eso no puede ofender a ninguna mujer, doctor. Y, además, usted no es un hombre de edad.
- Vamos a proseguir. ¿Le agrada el silencio?
- El silencio no existe, doctor.
- Anoto que eso tiene usted que desarrollarlo después. ¿Le agrada la soledad?
- A veces la busco y la necesito. Pero con limitaciones. ¡Soy humana y como humana animal social! Mis incursiones en la soledad son esporádicas... pero si persistieran contra mi voluntad, estaría dispuesta a echarme en brazos del primer ser viviente con quien me topara... ¡y traicionar todos mis prejuicios puritanos!
- Ha dicho usted el primer ser viviente. ¿Aunque fuese una mujer?
- ¡Ay, doctor! Recuerde usted las palabras de Valle-Inclán, puestas en boca de Bradomín: "Hay sólo dos cosas que no entiendo: el amor de los efebos y la música de Wagner." Cámbieme usted a Wagner (al que adoro) por Mahler (al que no entiendo) y a los efebos por las ninfas: y mi respuesta sería igual. Carezco de esas inclinaciones, aunque me siento profundamente impresionada y atraída por la personalidad de algunas mujeres cuando reúnen al completo las cualidades esenciales de la femineidad.
[...]
- ¿Qué piensa usted de las artes?
- El arte es la ciencia de lo inútil.
El médico frunció la frente sorprendido. Aquella respuesta no cuadraba con la personalidad que había creído adivinar en su paciente.
- ¿Quiere decir que desprecia usted las artes; que las considera algo trivival, y a quienes las practican gentes desocupadas que no tienen nada mejor que hacer?
- ¡Nada de eso, doctor! ¡Considero que el arte es más sublime cuanto mayor es su inutilidad!
- Explíquese mejor.
- El hombre es el único animal que se crea necesidades que nada tienen que ver con la subsistencia del individuo y con la reproducción de la especie. No le basta comer para alimentarse, sino que condimenta los alimentos, de modo que añadan placer a la satisfacción de su necesidad. No le basta vestirse para abrigarse, sino que añade, a esta función tan elemental, la exigencia de confeccionar su ropa con determinadas formas y colores. No se contenta con cobijarse, sino que construye edificios con líneas armoniosas y caprichosas que exceden de su necesidad: lo cual no ocurre con la guarida del zorro, la madriguera del conejo o el nido de la cigüeña. ¿Hay algo más inútil que la corbata que lleva usted puesta? ¿De qué le sirve al estómgago una salsa cumberland o un chateaubriand a la Périgord? ¿Qué añade al cobijo del hombre el friso de una escayola o las orlas en forma de signos de interrogación de los hierros que sostienen el pasamanos de una escalera? Pues bien: todo eso que está inútilmente "añadido a la pura necesidad"... ¡ya es arte! La gastronomía, la hoy llamada alta costura y la decoración son las primeras artes creadas por nuestra especie, porque representan los excesos inútiles añadidos a las necesidades primarias de comer, abrigarse y guarecerse.
- Dígame, señora de Almenara, ¿dónde ha leído ese ensayo sobre la inutilidad? ¡Me gustaría conocerlo!
- ¡No necesito leer a los demás para formarme una opinión, doctor!
- Prosiga, señora: me tiene usted absolutamente fascinado.
- Pues bien -continuó Alicia -. En el momento mismo en que el espíritu creador del hombre se despegó incluso de la necesidad primaria para produucir sus lucubraciones, nacieron las grandes Artes: la Poesía, la Danza, la Música y la Pintura.
- Olvida la Arquitectura.
- Considero a la Arquitectura, como a la Gastronomía, unañadido inútil a una necesidad <>. La Danza, en cierto modo, también tiene este lastre, pero se aleja más de la necesidad. Es... ¿cómo explicarme? una... una.. ¡una mímica sublimada! ¡Eso es lo que quería decir! Tal vez la Danza sea anterior al lenguaje y tuviera en sus orígenes una intencionalidad práctica: con carga erótica, reverencial o religiosa. ¡Yo no estaba allí, y no sé qué intencionalidad tenía! Pero no hay duda que encerraba , encaminado a la consecución de un fin. No sé si me explico, pero la intencionalidad es algo muy superior a la. Está ya directamente relacionada con el juicio y la voluntad. "Quiero esto y voy a demostrarlo con gestos y ademanes rítmicos". ¡Y la humanidad se puso a danzar! ¡De ahí a la Paulova o a la Nureyev no había más que un paso! La Pintura pertenece a un género superior. ¡Es más inútil todavía! Tiene un lejanísimo parentesco con la escritura ideográfica, más una vez añadida se carga de inutilidad, la distancia entre lo necesario y lo que no sirve para nada, se hace tan grande, que la considero entre las primeras de las Artes Mayores. [...]
- [...]¿Cómo juzga usted la Poesía?
- Paralela en méritos a la Pintura, aunque un tanto más inútil todavía. ¿Qué quiere decir, o para qué sirve decir:
Mi corazón, como una sierpe,
se ha desprendido de su piel,
y aquí la miro entre mis dedos
llena de heridas y de miel?
¡Oh, doctor! Ni el corazón tiene una piel como la de las serpientes que se la cambian cada temporada como las modas de las mujeres, ni los ofidios ni el corazón acostumbran a impregnarse del zumo de las abejas; ni hay hombre que pueda contemplar víscera tan delicada entre las manos: pues si estuviese vivo moriría en el intento; y si muerto, no podría contemplarla. ¡Y sin embargo este poemilla de García Lorca es arte puro!
Queda, por último, La Música. ¿Qué mayor inutilidad que unir unos ruidos con otros ruidos que no expresan directamente nada y que pueden ser interpretados de mil distintas maneras según el estado de ánimo de quien los escuche? ¿A quién alimenta eso? ¿A quién cobija? ¿A quién abriga? ¡A nadie! La Música es la más inútil, biológicamente hablando, de todas las Artes y, por ello, por su pavorosa y radical inutilidad, es la más grande de todas ellas; las menos irracional, la más intelectual, la más espiritual, la más humana, en tanto que esto signifique superación de los seres inferiores. Porque lo cierto es que hay quien entiende, ¡equivocadamente, claro está!, por "humano..".
[...]
- Me dijo usted antes, señora de Almenara, que el silencio no existía... ¡He aquí un tema que me gustaría escucharla!
[...]
- Muchos afirman -comenzó Alice Gould con aire distraído y distante- que el hombre ha matado el silencio. Es muy injusto decir eso, porque el silencio ¡no existe! A veces huímos de la gran ciudad para escapar del bullicio, pero no hacemos sino trocar unos ruídos por otros. Cuando se acercan las vacaciones, deseamos conscientemente cambiar de ocupación: la máquina de calcular, por la bicicleta; o la de escribir, por el arpón submarino. También de un modo consciente deseamos cambiar de paisaje: la ventana del inquilino de enfrente por la montaña, el campo o la playa. Pero de una manera inconsciente, lo que anhelamos, sin saberlo, es cambiar de ruídos: el bocinazo, el chirriar de las máquinas, las radios del vecino, por otros menos apacibles como el rumoe del viento entre los pinos o la honda y angustiada respiración del mar.
- ¿Considera usted el mar como un ser vivo?
- ¡Naturalmente, doctor! La tierra no es un planera muerto. Y el mar ocupa las tres quintas partes de la tierra... o... o algo parecido. Y, aemás, se muere y hace ruído. ¡Todo lo que vive lleva el sonido consigo!
- Me sorprendió usted, señora de Almenara, desde que entró por esa puerta; sería injusto negarle que mi sorpresa va de aumento en aumento. No obstante, sigo creyendo que la total soledad se aproxima mucho al silencio.
- No, doctor, no hay bosque, por oculto y lejano que se halle, por tranquilo que esté el aire que lo envuelve, que no tenga su propio idioma sonoro. ¿Usted no ha oído hablar a los árboles? ¡Todo el mundo los ha oído hablar! No se sabe bien qué es lo que se escucha, qué es lo que suena. No hay arroyos en las proximidades, no hay pájaros, no hay insectos, y las copas están quietas. Con esto y con todo, hay un pájaro indefinible, indescifrable. Se dice entonces que se oye el silencio. Es una manera de decir potque lo cierto es que "algo" se oye... mientras que el silencio es inaudible.
[...] He aquí una palabra, "silencio", que el hombre ha inventado para expresar una ealidad que no ha experimentado jamás, para describir lo que nunca ha conocido: porque todo en él y alrededor de él es un cúmulo de mínimos estruendos. Y la voz que sonó una vez no se pierde para siempre. La vibración de la onda sonora se expande y aleja, pero permanece eternamente. Esta conversación que estamos teniendo, doctor, existirá en el futuro en algún lugar lejano.
- ¿Quiere usted decir que toda palabra es eterna?
- Es una simpleza lo que digo.No hay nada original en ello, puesto que está probado. La curiosidad insaciable del hombre creó grandes ojos (los telescopios) para ver más allá de lo que la vista alcanza. Ahora ha creado grandes orejas (los radiotelescopios) para captar los ruídos del Universo.
[...]
Quedó mudo el doctor y observó descaradamente- entre compadecido y admirado- a aquella singurar mujer, inteligente, sensitiva, fina, atacada de una enfermedad aún sin diagnosticar
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