domingo, 13 de julio de 2014

Polish wisdom





Solo una excentricidad






"La guerra continuaba. Los granjeros por fin habían empezado a ganar dinero con los cerdos, la remolacha azucarera y el maíz. Seguramente no tenían ninguna intención de gastarlo en enciclopedias. Pensaban más bien en neveras y automóviles. Pero esos bienes no eran fáciles de obtener, y entretanto ahí estaba mi madre, arrastrando animosamente la caja de libros, arreglándoselas para entrar en sus cocinas, en sus salones fríos con olor fúnebre, abriendo fuego con prudencia pero con optimismo en nombre del saber, un bien hostil del que casi todos los adultos están de acuerdo en que hay que prescindir. Pero nadie podía negar que era bueno para los niños. Mi madre contaba con ello.

Y si la felicidad de este mundo está en creer en lo que vendes, entonces mi madre era feliz. El saber no era para ella algo hostil, sino acogedor y entrañable. Un gran consuelo, aun en esa fase de su vida, era saber localizar el mar de Célebes y el palacio Pitti, ordenar cronológicamente las esposas de Enrique VIII y aprender algo sobre el sistema social de las hormigas, los métodos utilizados por los aztecas en sus matanzas sacrificiales o la red de instalaciones sanitarias de Cnossos. Se embalaba al hablar de esos temas y no podía parar; se los contaba a cualquiera.

-Tu madre sabe un montón de cosas -decían tía Elspeth y tía Grace con tono despreocupado, sin envidia. Y yo veía que para ciertas personas, tal vez para la mayoría, el saber era solo una excentricidad; resaltada como las verrugas."

Alice Munro, La vida de las mujeres.

martes, 8 de julio de 2014

The Secrets of Food Marketing



lunes, 7 de julio de 2014

Hasta cuándo




"Aquellos que al tomar el tren, desaparecieron en la transparencia de la tarde, 
¿Hasta cuándo conservaron la ilusión de que podrían quedarse?"

Bernardo Atxaga, 37 preguntas a mi único contacto al otro lado de la frontera.


Esploradore nekatu batek







Esploradore nekatu batek zer ikus lezake
tristeziaren metro kuadratu baten mugetan,
limoiondoz inguraturiko kaminoak ezpadira;
zer ikus lezake ardo usaineko muinoak eta
eskifaia eroek gidatu untzi gorriak salbu

Ikus lezazke apika kristalezko irla batzuk,
urre edo zilarrezko ziutate bat goizaldean;
suge erraldoiak, tigreak eta, ikus lezazke
bale urdinak ozeano epel batean murgiltzen;
ikus lezazke bi emakume soineko laranjatsuz
eguzkiak sututako horma baten ondoan eserita;

Ikus lezazke egun berreskura-ezin guzti horiek
txori imajinarioen saldoak lez pa(u)satzen

Bernardo Atxaga.
Poemas & híbridos

Un explorador cansado

Qué otra cosa podría ver un explorador cansado
dentro de los límites de un metro cuadrado de tristeza,
sino Caminos que los limoneros acompañan, sino Colinas
y ondulados Campos donde el vino ya se presiente;

Qué podría ver sino Islas de Cristal, Ciudades
plateadas, áureas, Amaneceres, Barcos Rojos
que tripulaciones enloquecidas llevan sin rumbo;

Serpientes gigantescas, tigres, podría ver también
ballenas blancas sumergiéndose en un océano cálido;
Podría ver dos mujeres de vestidos anaranjados
sentadas junto a una pared incendiada por el sol;

Podría ver todos esos días irrecuperables
posándose como una bandada de pájaros imaginarios*


Ainhoa se pasea




Nadie representaría este sol sábado tarde
como un tigre con la boca llena de fuego, 
ni como una bombilla grande, ni siquiera
los párvulos de la escuela, tan pequeños.

Este sábado el sol es una bolsa, por la tarde,
con muchas campanillas y caramelos dentro;
sus rayos bisbean en el cielo, al girar, 
como los radios de una bicicleta nueva.

Y las chimeneas de las fábricas duermen, 
la gente charla de fútbol, la ropa blanca 
flota en los tendederos de las ventanas; 

(Y Ainhoa se pasea por estas dulces calles
con un vestido de vainilla y fresa)

Bernardo Atxaga, Poemas & híbridos.


viernes, 4 de julio de 2014

Corazones de papel




"Corazones de papel, que son los que me importan."

Juana Bignozzi


Entonces no queda otro remedio que tomar partido





"Sostiene Pereira que esas pequeñas costumbres ayudan a vivir, la lectura del periódico, el no aspirar a mucho, sus necrológicas, y esos placeres que se concede para salvar tanta rutina, los versos de Lorca y su tortilla a las finas hierbas. Pero sostiene Pereira que a veces es la vida la que le sale a uno al paso y entonces no queda otro remedio que tomar partido."

Antonio Tabucchi, Sostiene Pereira

martes, 17 de junio de 2014

My year of living biblically



sábado, 31 de mayo de 2014

Es por eso que es un pecado matar a un ruiseñor





" Atticus Finch no hacía nada que pudiera despertar la admiración de nadie: no cazaba, no jugaba al póker, no pescaba, no bebía, no fumaba... Se sentaba y leía.
(...)
Cuando nos dio nuestros rifles de aire, Atticus no nos enseño a disparar. Fue el tío Jack quien nos instruyó en sus principios, dijo que Atticus no estaba interesado en armas. Atticus le dijo a Jem un día,
-Prefiero que disparen a las latas vacías en el patio trasero, pero se que ustedes van tras los pájaros. Dispara a todos los pájaros azules que quieras, si es que les puedes acertar, pero recuerda que es un pecado matar un ruiseñor-.
Ese fue el único momento que escuché a Atticus decir que era un pecado hacer algo, y le pregunté a la señorita Maudie al respecto. -Tu padre tiene razón-, me dijo ella. Los ruiseñores no hacen otra cosa que crear música para que la disfrutemos. No se comen los jardines de la gente, no hacen nidos en los graneros, no hacen otra cosa que cantar su corazón para nosotros. Es por eso que es un pecado matar a un ruiseñor."

Harper Lee, Matar un ruiseñor 

For the wrong things




You Are Tired (I Think)




You are tired,
(I think)
Of the always puzzle of living and doing;
And so am I.

Come with me, then,
And we'll leave it far and far away—
(Only you and I, understand!)

You have played,
(I think)
And broke the toys you were fondest of,
And are a little tired now;
Tired of things that break, and—
Just tired.
So am I.

But I come with a dream in my eyes tonight,
And knock with a rose at the hopeless gate of your heart—
Open to me!
For I will show you the places Nobody knows,
And, if you like,
The perfect places of Sleep.

Ah, come with me!
I'll blow you that wonderful bubble, the moon,
That floats forever and a day;
I'll sing you the jacinth song
Of the probable stars;
I will attempt the unstartled steppes of dream,
Until I find the Only Flower,
Which shall keep (I think) your little heart
While the moon comes out of the sea.

E.E. Cummings


sábado, 12 de abril de 2014

El uncommon sense





"(...) Nada es estable, nada tiene valor ni medida en esta época: las estrellas de la fe ya no brillan sobre las cabezas y la ley hace tiempo que no habita los corazones. Desarraigados de una gran tradición, los hombres de Dostoyevski son auténticos rusos, hombres de transición que llevan dentro el caos del origen en el pecho y van cargados de inhibiciones e incertidumbres. Siempre temerosos e intimidados, siempre se sienten humillados y ofendidos, y todo por el mismo sentimiento atávico de una nación: el de no saber quiénes son. El do no saber si son mucho o poco. Eternamente basculando entre el orgullo y la contrición, la autoestima y el desprecio de sí mismos; eternamente mirando a los de su alrededor, y todos consumidos por el temor delirante de hacer el ridículo. Constantemente avergonzados, ora de un cuello de piel gastado, ora de toda su nación, pero siempre lo están, siempre están inquietos, desconcertados. Sus sentimientos, avasalladores, no tienen freno ni guía, carecen de medida y de ley, les falta el apoyo de una tradición, la muleta de una visión del mundo heredada. Todos andan desmedidos y perplejos por un mundo desconocido. Ninguna pregunta suya encuentra respuesta, ningún camino les el allanado. Todos son hombres de transición, hombres del comienzo. Todos son un Cortés: a sus espaldas, las naves quemadas: adelante, lo desconocido.

Pero es maravilloso que, aun siendo hombres de un comienzo, en cada uno de ellos el mundo empiece de nuevo; que todas las preguntas que en nosotros han quedado convertidas en conceptos, fríos y rígidos, a ellos le sigan quemando la sangre; es maravilloso que no conozcan nuestros cómodos y trillados caminos con sus balaustradas morales y sus postes indicadores éticos: siempre y en todas partes se adentran en la maleza hacia la inmensidad y el infinito. No hay campanarios de certeza ni puentes de seguridad: todo es sacrosanto mundo primitivo. Cada individuo cree, como la Rusia de Trotski y Lenin, que debe reconstruir todo el orden mundial, y el mérito extraordinario del hombre ruso para Europa, incrustado en su cultura, es el de una curiosidad insaciable que sigue planteando todas las preguntas de la vida a la infinitud. Es maravilloso que allí donde nos mostramos negligentes en nuestra formación, otros todavía se inflamen. Cada personaje de Dostoyevski revisa de nuevo todos los problemas, con manos ensangrentadas remueve los mojones del Bien y del Mal, reconvierte su caos en mundo. Cada uno de ellos es siervo y precursor del nuevo Cristo, mártir y heraldo del Tercer Reino. En ellos perdura el caos del principio, pero también la aurora del primer día, el que creó la luz en la Tierra, y ya vislumbre del sexto,  el que crea al nuevo hombre. Los héroes de Dostoyevski construyen el camino de un mundo nuevo. La novela de Dostoyevski es el mito del hombre nuevo y de su nacimiento del seno del alma rusa.
Pero un mito, sobre todo un mito nacional, pide fe. No pretendamos, pues, comprender a estos hombres a través del cristal de la razón. Sólo el sentimiento, lo único que hermana, es capaz de comprerderlos. Para el common sense de un inglés o de un norteamericano los cuatro Karamázov son cuatro locos y todo el mundo trágico de Dostoyevski es un manicomio. Pues lo que siempre fue y siempre será alfa y omega para las simples y sanas naturalezas terrenales, a saber: ser feliz, a ellos les parece la cosa más indiferente del mundo. Abrid los cincuenta mil libros que Europa produce todos los años. ¿De qué tratan? De cómo ser feliz. Una mujer quiere a un hombre, o alguien quiere ser rico, poderoso y respetado. En Dickens al final de todos los anhelos se halla la idílica casita en el campo llena de alegres niños. En Balzac, el castillo, el título de par y los millones. Y si miramos a nuestro alrededor, en la calle, en los tenduchos, en los cuchitriles y en las salas iluminadas, ¿qué quiere la gente? Vivir contenta, ser feliz, rica y poderosa. ¿Qué personaje de Dostoyevski quiere esto? Ninguno. Ni uno solo. No quieren detenerse en ninguna parte: ni siquiera en la felicidad. Todso quieren proseguir, todos tienen ese "corazón superior" que se atormenta. Y esos extravagantes desprecian más que desean ser ricos. No quieren nada de lo que desea nuestra humanidad entera. Poseen el uncommon sense. No quieren nada de este mundo."

Stefan Zweig, Tres maestros.

Como si fuera de la más imperiosa necesidad




"Para los  que tienen una forma de ser racional, la moda es algo casi imposible de comprender. A lo largo de muchos periodos de la historia -tal vez de su  mayoría-, la sensación dominante es que el fin de la moda no ha sido otro que lucir un aspecto de lo más ridículo. Y si a ello se le suma sentirse lo más incómodo posible, mucho mejor.
Vestirse de manera poco práctica es como querer demostrarle al mundo que no tienes necesidad alguna de realizar trabajos físicos. A lo largo de la historia, y en muchísimas culturas, esta característica ha superado en importancia a la comodidad. En el siglo XVI, por tomar un ejemplo, se puso de moda el almidón. Y el resultado de su aplicación fueron esas majestuosas gorgueras escaroladas conocidas como lechuguillas. Las lechuguillas de mayor tamaño imposibilitaban prácticamente la deglución y obligaban al comensal a utilizar unas cucharas con un mango de longitud especial para llevarse la comida a la boca. Pero pese al famoso utensilio, a buen seguro muchos sufrirían turbadores accidentes y se quedarían con hambre a la hora de las comidas.
Incluso las cosas más sencillas podían llevar implícita una espléndida absurdidad. Cuando aparecieron los botones, hacia 650, fue como si la gente no fuera a hartarse nunca de ellos, pues los aplicaban en decorativa profusión en espaldas, cuellos y mangas de chaquetas, donde en realidad no cumplían función alguna. Una reliquia de aquella costumbre es esa breve fila de botones inútiles que siguen colocándose en la parte inferior de las mangas de las chaquetas, cerca del puño. Siempre han sido puramente decorativos y nunca han servido para nada, y a pesar de los trescientos cincuenta años transcurridos, seguimos cosiéndolos allí como si fuera de la más imperiosa necesidad."

Bill Bryson, En casa. Una breve historia de la vida privada.


lunes, 31 de marzo de 2014

Heart of Gold



You keep me searching
for a heart of gold
And I'm growing old.
I've been a miner
for a heart of gold.


martes, 25 de marzo de 2014

My Mistress' Eyes are Nothing like the Sun





My mistress' eyes are nothing like the sun;
Coral is far more red than her lips' red;
If snow be white, why then her breasts are dun;
If hairs be wires, black wires grow on her head.
I have seen roses damasked, red and white,
But no such roses see I in her cheeks;
And in some perfumes is there more delight
Than in the breath that from my mistress reeks.
I love to hear her speak, yet well I know
That music hath a far more pleasing sound;
I grant I never saw a goddess go;
My mistress, when she walks, treads on the ground.
   And yet, by heaven, I think my love as rare
   As any she belied with false compare.

William Shakespeare , Sonnet 130.

Music and life



The secret life of Walter Mitty





“We’re going through!” The Commander’s voice was like thin ice breaking. He wore his full-dress uniform, with the heavily braided white cap pulled down rakishly over one cold gray eye. “We can’t make it, sir. It’s spoiling for a hurricane, if you ask me.” “I’m not asking you, Lieutenant Berg,” said the Commander. “Throw on the power lights! Rev her up to 8,500! We’re going through!” The pounding of the cylinders increased: ta-pocketa-pocketa-pocketa-pocketa-pocketa. The Commander stared at the ice forming on the pilot window. He walked over and twisted a row of complicated dials. “Switch on No. 8 auxiliary!” he shouted. “Switch on No. 8 auxiliary!” repeated Lieutenant Berg. “Full strength in No. 3 turret!” shouted the Commander. “Full strength in No. 3 turret!” The crew, bending to their various tasks in the huge, hurtling eight-engined Navy hydroplane, looked at each other and grinned. “The Old Man’ll get us through,” they said to one another. “The Old Man ain’t afraid of Hell!” . . .

“Not so fast! You’re driving too fast!” said Mrs. Mitty. “What are you driving so fast for?”

“Hmm?” said Walter Mitty. He looked at his wife, in the seat beside him, with shocked astonishment. She seemed grossly unfamiliar, like a strange woman who had yelled at him in a crowd. “You were up to fifty-five,” she said. “You know I don’t like to go more than forty. You were up to fifty-five.” Walter Mitty drove on toward Waterbury in silence, the roaring of the SN202 through the worst storm in twenty years of Navy flying fading in the remote, intimate airways of his mind. “You’re tensed up again,” said Mrs. Mitty. “It’s one of your days. I wish you’d let Dr. Renshaw look you over.”

Walter Mitty stopped the car in front of the building where his wife went to have her hair done. “Remember to get those overshoes while I’m having my hair done,” she said. “I don’t need overshoes,” said Mitty. She put her mirror back into her bag. “We’ve been all through that,” she said, getting out of the car. “You’re not a young man any longer.” He raced the engine a little. “Why don’t you wear your gloves? Have you lost your gloves?” Walter Mitty reached in a pocket and brought out the gloves. He put them on, but after she had turned and gone into the building and he had driven on to a red light, he took them off again. “Pick it up, brother!” snapped a cop as the light changed, and Mitty hastily pulled on his gloves and lurched ahead. He drove around the streets aimlessly for a time, and then he drove past the hospital on his way to the parking lot.

. . . “It’s the millionaire banker, Wellington McMillan,” said the pretty nurse. “Yes?” said Walter Mitty, removing his gloves slowly. “Who has the case?” “Dr. Renshaw and Dr. Benbow, but there are two specialists here, Dr. Remington from New York and Dr. Pritchard-Mitford from London. He flew over.” A door opened down a long, cool corridor and Dr. Renshaw came out. He looked distraught and haggard. “Hello, Mitty,” he said. “We’re having the devil’s own time with McMillan, the millionaire banker and close personal friend of Roosevelt. Obstreosis of the ductal tract. Tertiary. Wish you’d take a look at him.” “Glad to,” said Mitty.

In the operating room there were whispered introductions: “Dr. Remington, Dr. Mitty. Dr. Pritchard-Mitford, Dr. Mitty.” “I’ve read your book on streptothricosis,” said Pritchard-Mitford, shaking hands. “A brilliant performance, sir.” “Thank you,” said Walter Mitty. “Didn’t know you were in the States, Mitty,” grumbled Remington. “Coals to Newcastle, bringing Mitford and me up here for a tertiary.” “You are very kind,” said Mitty. A huge, complicated machine, connected to the operating table, with many tubes and wires, began at this moment to go pocketa-pocketa-pocketa. “The new anaesthetizer is giving way!” shouted an interne. “There is no one in the East who knows how to fix it!” “Quiet, man!” said Mitty, in a low, cool voice. He sprang to the machine, which was now going pocketa-pocketa-queep-pocketa-queep. He began fingering delicately a row of glistening dials. “Give me a fountain pen!” he snapped. Someone handed him a fountain pen. He pulled a faulty piston out of the machine and inserted the pen in its place. “That will hold for ten minutes,” he said. “Get on with the operation.” A nurse hurried over and whispered to Renshaw, and Mitty saw the man turn pale. “Coreopsis has set in,” said Renshaw nervously. “If you would take over, Mitty?” Mitty looked at him and at the craven figure of Benbow, who drank, and at the grave, uncertain faces of the two great specialists. “If you wish,” he said. They slipped a white gown on him; he adjusted a mask and drew on thin gloves; nurses handed him shining . . .

“Back it up, Mac! Look out for that Buick!” Walter Mitty jammed on the brakes. “Wrong lane, Mac,” said the parking-lot attendant, looking at Mitty closely. “Gee. Yeh,” muttered Mitty. He began cautiously to back out of the lane marked “Exit Only.” “Leave her sit there,” said the attendant. “I’ll put her away.” Mitty got out of the car. “Hey, better leave the key.” “Oh,” said Mitty, handing the man the ignition key. The attendant vaulted into the car, backed it up with insolent skill, and put it where it belonged.

They’re so damn cocky, thought Walter Mitty, walking along Main Street; they think they know everything. Once he had tried to take his chains off, outside New Milford, and he had got them wound around the axles. A man had had to come out in a wrecking car and unwind them, a young, grinning garageman. Since then Mrs. Mitty always made him drive to a garage to have the chains taken off. The next time, he thought, I’ll wear my right arm in a sling; they won’t grin at me then. I’ll have my right arm in a sling and they’ll see I couldn’t possibly take the chains off myself. He kicked at the slush on the sidewalk. “Overshoes,” he said to himself, and he began looking for a shoe store.

When he came out into the street again, with the overshoes in a box under his arm, Walter Mitty began to wonder what the other thing was his wife had told him to get. She had told him, twice, before they set out from their house for Waterbury. In a way he hated these weekly trips to town-he was always getting something wrong. Kleenex, he thought, Squibb’s, razor blades? No. Toothpaste, toothbrush, bicarbonate, carborundum, initiative and referendum? He gave it up. But she would remember it. “Where’s the what’s-its-name?” she would ask. “Don’t tell me you forgot the what’s-its-name.” A newsboy went by shouting something about the Waterbury trial.

. . . “Perhaps this will refresh your memory.” The District Attorney suddenly thrust a heavy automatic at the quiet figure on the witness stand. “Have you ever seen this before?” Walter Mitty took the gun and examined it expertly. “This is my Webley-Vickers 50.80,” he said calmly. An excited buzz ran around the courtroom. The Judge rapped for order. “You are a crack shot with any sort of firearms, I believe?” said the District Attorney, insinuatingly. “Objection!” shouted Mitty’s attorney. “We have shown that the defendant could not have fired the shot. We have shown that he wore his right arm in a sling on the night of the fourteenth of July.” Walter Mitty raised his hand briefly and the bickering attorneys were stilled. “With any known make of gun,” he said evenly, “I could have killed Gregory Fitzhurst at three hundred feet with my left hand.” Pandemonium broke loose in the courtroom. A woman’s scream rose above the bedlam and suddenly a lovely, dark-haired girl was in Walter Mitty’s arms. The District Attorney struck at her savagely. Without rising from his chair, Mitty let the man have it on the point of the chin. “You miserable cur!” . . .

“Puppy biscuit,” said Walter Mitty. He stopped walking and the buildings of Waterbury rose up out of the misty courtroom and surrounded him again. A woman who was passing laughed. “He said ‘Puppy biscuit,’ ” she said to her companion. “That man said ‘Puppy biscuit’ to himself.” Walter Mitty hurried on. He went into an A. & P., not the first one he came to but a smaller one farther up the street. “I want some biscuit for small, young dogs,” he said to the clerk. “Any special brand, sir?” The greatest pistol shot in the world thought a moment. “It says ‘Puppies Bark for It’ on the box,” said Walter Mitty.

His wife would be through at the hairdresser’s in fifteen minutes, Mitty saw in looking at his watch, unless they had trouble drying it; sometimes they had trouble drying it. She didn’t like to get to the hotel first; she would want him to be there waiting for her as usual. He found a big leather chair in the lobby, facing a window, and he put the overshoes and the puppy biscuit on the floor beside it. He picked up an old copy of Liberty and sank down into the chair. “Can Germany Conquer the World Through the Air?” Walter Mitty looked at the pictures of bombing planes and of ruined streets.

. . . “The cannonading has got the wind up in young Raleigh, sir,” said the sergeant. Captain Mitty looked up at him through touselled hair. “Get him to bed,” he said wearily. “With the others. I’ll fly alone.” “But you can’t, sir,” said the sergeant anxiously. “It takes two men to handle that bomber and the Archies are pounding hell out of the air. Von Richtman’s circus is between here and Saulier.” “Somebody’s got to get that ammunition dump,” said Mitty. “I’m going over. Spot of brandy?” He poured a drink for the sergeant and one for himself. War thundered and whined around the dugout and battered at the door. There was a rending of wood and splinters flew through the room. “A bit of a near thing,” said Captain Mitty carelessly. “The box barrage is closing in,” said the sergeant. “We only live once, Sergeant,” said Mitty, with his faint, fleeting smile. “Or do we?” He poured another brandy and tossed it off. “I never see a man could hold his brandy like you, sir,” said the sergeant. “Begging your pardon, sir.” Captain Mitty stood up and strapped on his huge Webley-Vickers automatic. “It’s forty kilometres through hell, sir,” said the sergeant. Mitty finished one last brandy. “After all,” he said softly, “what isn’t?” The pounding of the cannon increased; there was the rat-tat-tatting of machine guns, and from somewhere came the menacing pocketa-pocketa-pocketa of the new flame-throwers. Walter Mitty walked to the door of the dugout humming “Auprès de Ma Blonde.” He turned and waved to the sergeant. “Cheerio!” he said. . . .

Something struck his shoulder. “I’ve been looking all over this hotel for you,” said Mrs. Mitty. “Why do you have to hide in this old chair? How did you expect me to find you?” “Things close in,” said Walter Mitty vaguely. “What?” Mrs. Mitty said. “Did you get the what’s-its-name? The puppy biscuit? What’s in that box?” “Overshoes,” said Mitty. “Couldn’t you have put them on in the store?” “I was thinking,” said Walter Mitty. “Does it ever occur to you that I am sometimes thinking?” She looked at him. “I’m going to take your temperature when I get you home,” she said.’

They went out through the revolving doors that made a faintly derisive whistling sound when you pushed them. It was two blocks to the parking lot. At the drugstore on the corner she said, “Wait here for me. I forgot something. I won’t be a minute.” She was more than a minute. Walter Mitty lighted a cigarette. It began to rain, rain with sleet in it. He stood up against the wall of the drugstore, smoking. . . . He put his shoulders back and his heels together. “To hell with the handkerchief,” said Walter Mitty scornfully. He took one last drag on his cigarette and snapped it away. Then, with that faint, fleeting smile playing about his lips, he faced the firing squad; erect and motionless, proud and disdainful, Walter Mitty the Undefeated, inscrutable to the last."



lunes, 24 de marzo de 2014

Introvert's brain






How to buy happiness