viernes, 24 de octubre de 2014

What Is Philosophy For?



jueves, 23 de octubre de 2014

We must sit and read




martes, 14 de octubre de 2014

Common Side Effects



domingo, 5 de octubre de 2014

The Man with the Beautiful Eyes



when we were kids
there was a strange house
all the shades were
always
drawn
and we never heard voices
in there
and the yard was full of
bamboo
and we liked to play in
the bamboo
pretend we were
Tarzan
(although there was no
Jane).
and there was a
fish pond
a large one
full of the
fattest goldfish
you ever saw
and they were
tame.
they came to the
surface of the water
and took pieces of
bread
from our hands.

our parents had
told us:
“never go near that
house.”
so, of course,
we went.
we wondered if anybody
lived there.
weeks went by and we
never saw
anybody.

then one day
we heard
a voice
from the house
“YOU GOD DAMNED
WHORE!”

it was a man’s
voice.

then the screen
door
of the house was
flung open
and the man
walked
out.

he was holding a
fifth of whiskey
in his right
hand.
he was about
30.
he had a cigar
in his
mouth,
needed a shave.
his hair was
wild and
and uncombed
and he was
barefoot
in undershirt
and pants.
but his eyes
were
bright.
they blazed
with
brightness
and he said,
“hey, little
gentlemen,
having a good
time, I
hope?”

then he gave a
little laugh
and walked
back into the
house.

we left,
went back to my
parents’ yard
and thought
about it.

our parents,
we decided,
had wanted us
to stay away
from there
because they
never wanted us
to see a man
like
that,
a strong natural
man
with
beautiful
eyes.

our parents
were ashamed
that they were
not
like that
man,
that’s why they
wanted us
to stay
away.

but
we went back
to that house
and the bamboo
and the tame
goldfish.
we went back
many times
for many weeks
but we never
saw
or heard
the man
again.

the shades were
down
as always
and it was
quiet.

then one day
as we came back from
school
we saw the
house.

it had burned
down,
there was nothing
left,
just a smoldering
twisted black
foundation
and we went to
the fish pond
and there was
no water
in it
and the fat
orange goldfish
were dead
there,
drying out.

we went back to
my parents’ yard
and talked about
it
and decided that
our parents had
burned their
house down,
had killed
them
had killed the
goldfish
because it was
all too
beautiful,
even the bamboo
forest had
burned.

they had been
afraid of
the man with the
beautiful
eyes.

and
we were afraid
then
that
all throughout our lives
things like that
would
happen,
that nobody
wanted
anybody
to be
strong and
beautiful
like that,
that
others would never
allow it,
and that
many people
would have to
die.

Charles Bukowski 

A brief history of melancholy



martes, 30 de septiembre de 2014

En manos de quién estamos



"Aterra el disparate perpetuo en que vivimos. Y déjenme contarles la penúltima. A él lo llamaremos Manolo, y a la embarcación Manolita II. Manolo es patrón y propietario del pesquero Manolita I. Se dedica, con sus marineros, a una pesca que se hace con redes; y para ayudarse a calar y recoger éstas lleva a remolque desde hace treinta años el Manolita II: pequeño bote auxiliar, de madera y remos, de sólo cuatro metros de eslora, que valdrá hoy unos trescientos euros. Nunca tuvo problemas hasta que una patrullera de la Benemérita le dijo hola, buenos días, y en aplicación del reglamento vigente lo informó de que el Manolita II tenía que estar registrado, llevar matrícula, bandera y demás parafernalia náutica. Manolo dijo a los guardias que él sólo usaba ese bote un par de meses al año, y que el resto lo tenía en seco, en tierra. Pero respondieron que aun así. Que lo sentían mucho, pero que era la norma y ellos eran unos mandados. Punto.

Manolo decidió hacer bien las cosas bien, y empezó los trámites: capitanía marítima, papeleo. En cada peldaño del calvario, claro, pagando. Tasa tal, certificado cual. Hasta que, en mitad del proceso, el funcionario correspondiente informa a Manolo que, según la normativa A, párrafo B, para obtener el certificado de navegación del Manolita II debe presentar un proyecto de embarcación hecho por un ingeniero naval y visado por el Colegio Oficial, donde figuren datos técnicos como cálculo del junquillo y otras informaciones vitales. A Manolo se le funden los plomos. Oiga, balbucea. Yo sólo quiero legalizar un bote de remos de cuatro metros que remolco hace treinta años. Ya, responden. Pero según la normativa con fecha tantos de tantos, si no figuran los datos del junquillo, no hay manera. ¿Y qué es el junquillo?, pregunta Manolo. Etcétera. Al fin, gracias a la buena voluntad de otro funcionario que le confía por lo bajini que el primer funcionario es un borde que no tiene ni zorra idea, Manolo consigue pasar el trámite, paga nuevas tasas y obtiene el certificado del Colegio Naval. Victoria.

Victoria un carajo, comprueba acto seguido. Pues cuando acude a la ventanilla con su certificado, responden que ahora tiene que obtener el de Seguridad, y que además tiene que colocar un puntal con las luces de navegación obligatorias. ¿En un bote de cuatro metros?, alucina Manolo. Afirmativo, confirman. Además, debe llevar a bordo bengalas y chalecos salvavidas inflables y sin inflar. Manolo objeta que todo eso lo tiene a bordo del pesquero grande, y que cuando bajan al bote llevan los chalecos salvavidas puestos. Da igual, responden. El Manolita II debe llevar sus propios chalecos, revisados cada año pagando las tasas correspondientes. Pero en cuatro metros de bote no cabe todo eso, se desespera Manolo. A lo que los funcionarios responden encogiéndose de hombros. Ya, dicen. Pero es la normativa. Artículo Tal, párrafo Cual. ¿Y quién ha hecho esa normativa?, pregunta la víctima. Y responden: ah, no sé. Uno de la consejería, o de Madrid.

Manolo lo compra todo. El puntal, las luces, los chalecos. Todo. Pero siguen sin darle el permiso, informándolo por capítulos. Falta la revisión de Sanidad y el pago de esas tasas, se entera ahora. Y un día, en el lugar donde está varado en tierra el bote, se presentan dos inspectores con mono blanco, botas asépticas y casco de seguridad. ¿Dónde está el buque Manolita II?, preguntan. Cuando se repone de la impresión, Manolo indica el bote. Lo miran, se miran entre ellos y le dicen a Manolo que falta a bordo el botiquín con la lista Alfa, o algo así. Y se van. Manolo acude a una tienda náutica, compra el botiquín -que está vacío y cuesta 100 euros- y luego lleva la lista Alfa a una farmacia. No puedo darle esos productos, dice el farmacéutico, porque para la mitad necesita receta. No joda, dice Manolo. Sí jodo, dice el otro. Etcétera. Etcétera. Y una docena de etcéteras más.

Ha pasado un año. Hoy, tras perder meses de ventanilla en ventanilla y gastarse 5895 euros en legalizar un bote que vale 300, Manolo por fin puede llevar otra vez a remolque el Manolita II. Aunque, como es imposible cargar tanto equipo a bordo, pues en cuatro metros de eslora eso impediría hasta remar, lo deja todo en tierra. De manera que cuando la Guardia Civil lo pare otra vez, lo van a crujir. Pero eso sí: gracias a la normativa Omega barra Siete, o como se llame -ideada por algún imbécil que no ha visto el mar en su vida-, el Manolita II tiene, por fin, pintado un número de registro oficial. Y en la popa, según expresa textualmente nuestra legislación náutica, ya puede llevar la bandera española «con los privilegios que ello confiere».  "  

Arturo Pérez-Reverte, Patente de corso XLSemanal - 04/8/2014

Las pequeñas cosas de la vida




"Alexander cortó dos trozos de tostada en diagonal y colocó los triángulos en un plato con dibujos geométricos. Buscó una servilleta de papel y una bandeja pequeña. Vertió el té en una taza de porcelana con un platillo a juego.
-Es un poco exagerado para una taza de té y una tostada, ¿no?
-Hay que cuidar de las pequeñas cosas de la vida, señora Brown-Bird. No hay nada que podamos hacer con respecto a las grandes."

Sue Townsend, La mujer que vivió un año en la cama.


domingo, 21 de septiembre de 2014

Respira esta insignificancia que nos rodea




"La insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento. Está presente incluso cuando no se la quiere ver: en el horror, en las luchas sangrientas, en las peores desgracias. Se necesita con frecuencia mucho valor para reconocerla en condicione tan drámaticas y para llamarla por su nombre. Pero no se trata tan sólo de reconocerla, hay que amar la insignificancia, hay que aprender a amarla. Aquí en este parque, ante nosotros, mira, amigo mío, está presente con toda su evidencia, toda su inocencia, toda su belleza. Sí, su belleza. Como has dicho tú  mismo, la animación es perfecta, y totalmente inútil, los niños ríen, sin saber por qué, ¿ acaso no es hermoso? Respira, D'Ardelo amigo mío, respira esta insignificancia que nos rodea, es la clave de la sabiduría, es la clave del buen humor."

Milan Kundera, La fiesta de la insignificancia.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Almost like the blues



I saw some people starving
There was murder, there was rape
Their villages were burning
They were trying to escape
I couldn’t meet their glances
I was staring at my shoes
It was acid, it was tragic
It was almost like the blues

I have to die a little
Between each murderous thought
And when I’m finished thinking
I have to die a lot
There’s torture and there’s killing
There’s all my bad reviews
The war, the children missing
Lord, it’s almost like the blues

I let my heart get frozen
To keep away the rot
My father said I’m chosen
My mother said I’m not
I listened to their story
Of the Gypsies and the Jews
It was good, it wasn’t boring
It was almost like the blues

There is no G-d in heaven
And there is no Hell below
So says the great professor
Of all there is to know
But I’ve had the invitation
That a sinner can’t refuse
And it’s almost like salvation
It’s almost like the blues

Leonard Cohen



jueves, 21 de agosto de 2014

Anarchy in the UK




martes, 19 de agosto de 2014

How Artisan Bakers at O Afonso make Pastel de Tentúgal




How Artisan Bakers at O Afonso make Pastel de Tentúgal from James Martin on Vimeo.
>James Martin on Vimeo.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Hi there. I´m the king




El mundo de tío Benny




"En la tarde del segundo día, tío Benny entró en nuestro patio y se quedó sentado un momento en el coche, sin mirarnos. Luego se bajó despacio y caminó con paso digno y cansino hacia la casa. No traía a Diane consigo. ¿Habíamos esperado que se la llevara?
Estábamos en la losa de cemento frente a la puerta de la cocina. Mi madre sentada en su tumbona de lona, que le evocaba jardines urbanos y tranquilidad, y mi padre en una silla de respaldo recto de la cocina. Solo había unos pocos insectos en esa época del año. Contemplábamos la puesta de sol. A veces mi madre nos reunía a todos para ver la puesta de sol, como si fuera algo que había colocado ella allí, y eso lo estropeaba un poco —no mucho después me negaría a hacerlo—, pero así y todo no había mejor lugar en el mundo para contemplar la puesta de sol que el final de Flats Road. Así lo decía mi madre.
Mi padre había colocado la puerta mosquitera ese día. Owen, desobediente, se columpiaba en ella para oír el familiar chasquido del muelle al expandirse y contraerse de golpe. Le decían que no lo hiciera, que parara, pero con mucho sigilo, a espaldas de mis padres, empezaba de nuevo.
A tío Benny lo envolvía una melancolía tan profunda que ni siquiera mi madre se
atrevió a interrogarlo directamente. Mi padre me dijo en voz baja que fuera a buscar una silla de la cocina.
—Benny, siéntate. Debes de estar agotado del viaje. ¿Qué tal te ha ido el coche?
—Ha ido bien.
Se sentó. No se quitó el sombrero. Se quedó rígido, como si estuviera en un lugar desconocido donde no esperaba ni deseaba que lo recibieran bien. Al final mi madre se dirigió a él con alegría y despreocupación forzadas.
—Bueno. ¿Viven en una casa o en un apartamento?
—No lo sé —respondió tío Benny con severidad. Al cabo de un rato, añadió—: No la encontré.
—¿No encontraste la casa donde viven?
Él hizo un gesto de negación.
—Entonces, ¿no las has visto?
—No.
—¿Perdiste la dirección?
—No. La tenía escrita en un papel. Aquí lo tengo. —De la billetera del bolsillo sacó un papel y nos lo enseñó, luego leyó en alto—: «1.249 Ridlet Street». —Lo dobló y volvió a guardarlo. Todos sus movimientos parecían ralentizados, ceremoniosos, pesarosos—. No la encontré. No logré encontrar la casa.
—Pero ¿compraste un mapa de la ciudad? ¿Recuerdas que dijimos que irías a una estación de servicio y pedirías un mapa de la ciudad de Toronto?
—Eso hice —dijo tío Benny con una especie de afligido júbilo—. Fui a una estación de servicio y pedí uno, pero me dijeron que no vendían mapas. Tenían mapas pero solo del condado.
—Tú ya tenías un mapa del condado.
—Eso les dije. Les dije que quería un mapa de la ciudad de Toronto. Me dijeron que no tenían.
—¿Probaste en otra estación de servicio?
—Si no tenían en esa, imaginé que no habría en ninguna.
—Podrías haberlo comprado en una tienda.
—No sabía a qué clase de tienda ir.
—¡Una papelería! ¡Unos grandes almacenes! Podrías haber preguntado en la estación de servicio dónde podías comprar uno.
—Me imaginé que en lugar de recorrer toda la ciudad, tratando de comprar un mapa, era mejor que preguntara a la gente cómo llegar allí, ya que tenía la dirección.
—Es muy arriesgado preguntar a la gente.
—Ni que lo digas —respondió tío Benny.
Cuando se vio con ánimos empezó a contar lo ocurrido.
—Primero pregunté a un tipo que me dijo que, cruzado un puente, llegaría a un semáforo rojo donde se suponía que tenía que torcer a la izquierda; pero cuando llegué allí no supe qué hacer. No sabía si torcer a la izquierda con el semáforo rojo o esperar a que se pusiera verde para hacerlo.
—Tuerces a la izquierda con el semáforo verde —gritó mi madre, desesperada—. Si tuerces a la izquierda con el semáforo rojo te topas con todos los coches que están cruzando delante de ti.
—Sí, lo sé, pero si tuerces a la izquierda con el semáforo verde te topas con los coches que vienen en dirección contraria.
—Pues esperas a que haya una brecha.
—Pero entonces te puedes pasar todo el día esperando, porque nadie te deja pasar. De modo que me bloqueé, no sabía qué tenía que hacer, y me quedé allí sentado tratando de averiguarlo. Todos los coches que tenía detrás empezaron a tocar la bocina, y pensé, bueno, torceré a la derecha, eso sí que puedo hacerlo sin problema, y luego daré media vuelta y regresaré por donde he venido. Entonces estaré yendo en la dirección correcta. Pero no vi ningún lugar donde dar la vuelta y continué, continué sin parar. Luego me metí por una calle que llegaba a un cruce y seguí conduciendo hasta que pensé: Bueno, estoy completamente desorientado, así que voy a preguntar a alguien más. Y paré a una mujer que paseaba un perro con correa, pero me dijo que nunca había oído hablar de Ridlet Street. Dijo que llevaba veintidós años viviendo en Toronto y nunca había oído el nombre de esa calle. Llamó a un chico que pasaba en bicicleta y a él sí que le sonaba; me dijo que estaba justo en el otro extremo de la ciudad, y que por ese camino estaba saliendo de ella. Pero me pareció que sería más fácil rodear toda la ciudad que cruzarla, aunque llevara más tiempo, de modo que seguí y seguí, describiendo lo que me pareció una especie de círculo, y entonces vi que empezaba a oscurecer y pensé: Bueno, será mejor que me dé prisa, he de dar con esa casa antes de que oscurezca porque no me gustará ni un pelo conducir de noche…
Acabó durmiendo en el coche, después de abandonar la carretera y aparcar en el solar de una fábrica. Se había perdido entre fábricas, carreteras sin salida, almacenes, desguaces y vías de tren. Nos describió cada giro que había dado y a todas las personas que había pedido indicaciones; reprodujo lo que había dicho cada una y lo que había pensado entonces, las alternativas que había considerado, por qué en cada caso había decidido lo que había decidido. Se acordaba de todo. Había grabado en su mente un mapa del viaje. Y mientras hablaba de un paisaje diferente —coches, vallas publicitarias, edificios industriales, carreteras, verjas cerradas y alambradas altas, vías de tren, altos terraplenes de bloques de hormigón, cobertizos de chapa de zinc, cajas de cartón y un montón de desechos atascados o simplemente flotando—, todo parecía surgir a nuestro alrededor gracias a su voz monótona, que recordaba meticulosamente todo, y podíamos
verlo, podíamos ver cómo era estar allí perdido, cómo era no encontrar algo o seguir buscando.
No obstante, mi madre protestó:
—¡Pero así son las ciudades! ¡Por eso hace falta un mapa!
—Y esta mañana me he despertado —dijo tío Benny como si no la hubiera oído— y me ha parecido que lo mejor que podía hacer era largarme de allí como pudiera.
Mi padre suspiró y asintió. Era cierto.
Así, paralelo a nuestro mundo, estaba el mundo de tío Benny, como un perturbador reflejo distorsionado, que era lo mismo pero sin serlo del todo. En ese mundo la gente podía hundirse en arenas movedizas, ser derrotada por fantasmas o por horribles y vulgares ciudades; la suerte y la maldad eran colosales e impredecibles; nada era merecido, todo podía suceder; las derrotas eran recibidas con demencial satisfacción. Era su gran logro sin él saberlo, hacérnoslo ver.
Owen se columpiaba en la puerta mosquitera, cantando en un tono cauteloso y despectivo, como solía hacer cuando se mantenían conversaciones largas:
Tierra de esperanza y gloria,
madre de los que son libres,
cómo podremos alzarte
nosotros que hemos nacido de ti.
Esa canción se la había enseñado yo; aquel año cantábamos esa clase de himnos todos los días en el colegio, para ayudar a salvar Gran Bretaña de Hitler. Mi madre decía que era «patriótica» pero yo no la creía.
Mi madre se quedó sentada en su silla de lona y mi padre en una de madera; no se miraron. Pero estaban conectados, y esa conexión era clara como el agua, y existía entre nosotros y tío Benny, entre nosotros y Flats Road, y seguiría existiendo entre nosotros y cualquier cosa. Eso mismo pasaba a veces en invierno, cuando repartían dos manos de cartas y se sentaban a la mesa de la cocina a jugar mientras esperaban las noticias de las diez, después de mandarnos a la cama al piso de arriba. Y el piso de arriba parecía estar a millas por encima de ellos, oscuro y lleno del ruido del viento. Allá arriba descubrías lo que nunca recordabas abajo en la cocina: que estábamos en una casa tan pequeña y cerrada como un barco en alta mar, en medio de los aullidos de un temporal. Parecían hablar y
jugar a cartas, en un pequeño punto de luz muy lejano, de forma irrelevante; sin embargo esa idea de ellos, prosaica como un hipo, familiar como el aliento, era lo que me sostenía, lo que me hacía señas desde el fondo del pozo cuando me quedaba dormida.
Tío Benny no volvió a tener noticias de Madeleine o, si las tuvo, no nos las mencionó. Cuando le tomaban el pelo o le preguntaban por ella, parecía recordarla sin pesar, y con cierto desdén por tratarse de algo o de alguien de quien se había desembarazado hacía mucho, como las tortugas.
Al cabo de un tiempo todos nos reíamos al recordar a Madeleine bajando la carretera con su chaqueta roja, las piernas como tijeras, lanzando insultos por encima del hombro a tío Benny que la seguía con su hija. Nos reíamos al pensar en el alboroto que armaba, y en lo que le había hecho a Irene Pollox y a Charlie Buckle. Tío Benny podría haberse inventado las palizas, dijo por fin mi madre, y eso la tranquilizó; ¿cómo iba uno a creerle? La misma Madeleine podría haber sido una invención suya. La recordábamos como una anécdota, y sin nada más que ofrecer le dimos nuestra extraña, tardía y cruel aprobación.
«¡Madeleine! ¡Esa loca!»"

Alice Munro, La vida de las mujeres.

Si no hubiera sido necesario ir a bailes




"El viernes por la noche echamos a andar por la carretera con nuestros vestidos de vuelo con estampado de flores. Yo había hecho un esfuerzo; me había lavado, depilado, puesto desodorante y arreglado el pelo. Llevaba un vestido de crinolina tosca que me rascaba los muslos, y un sujetador largo que en teoría tenía que comprirmirme la cintura pero que en realidad creaba un pliegue a la altura del estómago que tenía que aplastar con un cinturón de plástico. Me había ajustado el cinturón a veinticinco pulgadas y estaba sudando. Me había embadurnado la cara y el cuelo con maquillaje base como si fuera pintura, y tenía la boca tan roa y tan gruesa de carmín como una flor glaseada para decorar un pastel. Iba con sandalias y se me metía la grava de la carretera. Naomi llevaba zapatos de tacón. Era junio: el aire, cálido y suave, se estremecía zumbante de insectos, el cielo era como una piel de melocotón detrás de los pinos negros, y el mundo habría sido un lugar bastante placentero si no hubiera sido necesario ir a bailes."

Alice Munro, La vida de las mujeres.

domingo, 13 de julio de 2014

Polish wisdom





Solo una excentricidad






"La guerra continuaba. Los granjeros por fin habían empezado a ganar dinero con los cerdos, la remolacha azucarera y el maíz. Seguramente no tenían ninguna intención de gastarlo en enciclopedias. Pensaban más bien en neveras y automóviles. Pero esos bienes no eran fáciles de obtener, y entretanto ahí estaba mi madre, arrastrando animosamente la caja de libros, arreglándoselas para entrar en sus cocinas, en sus salones fríos con olor fúnebre, abriendo fuego con prudencia pero con optimismo en nombre del saber, un bien hostil del que casi todos los adultos están de acuerdo en que hay que prescindir. Pero nadie podía negar que era bueno para los niños. Mi madre contaba con ello.

Y si la felicidad de este mundo está en creer en lo que vendes, entonces mi madre era feliz. El saber no era para ella algo hostil, sino acogedor y entrañable. Un gran consuelo, aun en esa fase de su vida, era saber localizar el mar de Célebes y el palacio Pitti, ordenar cronológicamente las esposas de Enrique VIII y aprender algo sobre el sistema social de las hormigas, los métodos utilizados por los aztecas en sus matanzas sacrificiales o la red de instalaciones sanitarias de Cnossos. Se embalaba al hablar de esos temas y no podía parar; se los contaba a cualquiera.

-Tu madre sabe un montón de cosas -decían tía Elspeth y tía Grace con tono despreocupado, sin envidia. Y yo veía que para ciertas personas, tal vez para la mayoría, el saber era solo una excentricidad; resaltada como las verrugas."

Alice Munro, La vida de las mujeres.

martes, 8 de julio de 2014

The Secrets of Food Marketing



lunes, 7 de julio de 2014

Hasta cuándo




"Aquellos que al tomar el tren, desaparecieron en la transparencia de la tarde, 
¿Hasta cuándo conservaron la ilusión de que podrían quedarse?"

Bernardo Atxaga, 37 preguntas a mi único contacto al otro lado de la frontera.


Esploradore nekatu batek







Esploradore nekatu batek zer ikus lezake
tristeziaren metro kuadratu baten mugetan,
limoiondoz inguraturiko kaminoak ezpadira;
zer ikus lezake ardo usaineko muinoak eta
eskifaia eroek gidatu untzi gorriak salbu

Ikus lezazke apika kristalezko irla batzuk,
urre edo zilarrezko ziutate bat goizaldean;
suge erraldoiak, tigreak eta, ikus lezazke
bale urdinak ozeano epel batean murgiltzen;
ikus lezazke bi emakume soineko laranjatsuz
eguzkiak sututako horma baten ondoan eserita;

Ikus lezazke egun berreskura-ezin guzti horiek
txori imajinarioen saldoak lez pa(u)satzen

Bernardo Atxaga.
Poemas & híbridos

Un explorador cansado

Qué otra cosa podría ver un explorador cansado
dentro de los límites de un metro cuadrado de tristeza,
sino Caminos que los limoneros acompañan, sino Colinas
y ondulados Campos donde el vino ya se presiente;

Qué podría ver sino Islas de Cristal, Ciudades
plateadas, áureas, Amaneceres, Barcos Rojos
que tripulaciones enloquecidas llevan sin rumbo;

Serpientes gigantescas, tigres, podría ver también
ballenas blancas sumergiéndose en un océano cálido;
Podría ver dos mujeres de vestidos anaranjados
sentadas junto a una pared incendiada por el sol;

Podría ver todos esos días irrecuperables
posándose como una bandada de pájaros imaginarios*


Ainhoa se pasea




Nadie representaría este sol sábado tarde
como un tigre con la boca llena de fuego, 
ni como una bombilla grande, ni siquiera
los párvulos de la escuela, tan pequeños.

Este sábado el sol es una bolsa, por la tarde,
con muchas campanillas y caramelos dentro;
sus rayos bisbean en el cielo, al girar, 
como los radios de una bicicleta nueva.

Y las chimeneas de las fábricas duermen, 
la gente charla de fútbol, la ropa blanca 
flota en los tendederos de las ventanas; 

(Y Ainhoa se pasea por estas dulces calles
con un vestido de vainilla y fresa)

Bernardo Atxaga, Poemas & híbridos.